Los judíos no son ajenos al sufrimiento. A través de los siglos, muchos otros también fueron víctimas de una crueldad inconfesable, pero sin duda la expresión de Winston Churchill describe la singularidad del Holocausto: “La Solución Final es probablemente el mayor y el más espantoso crimen cometido alguna vez en toda la historia del mundo”.

Asesinos “civilizados”

Quizás el más inexplicable de todos los aspectos del Holocausto, la pregunta que nos obliga a enfrentar el significado mismo de la palabra “civilizado”, es el hecho de que tuviera lugar en el siglo XX y que fuera obra de quienes eran considerados “cultos” y “civilizados”, alemanes con un alto nivel de educación.

Como señaló Franklin Littell: “Los campos de exterminio fueron diseñados por profesores y construidos por personas con doctorados”. Los nazis torturaban de día y de noche escuchaban a Wagner y a Bach. Dejaban su violín a un lado y hacían una pausa para torturar a un judío hasta matarlo. Utilizaron su avanzado conocimiento científico para diseñar los crematorios y, lo más sorprendente de todo, personas altamente capacitadas planificaron los experimentos médicos más diabólicos para poner a prueba los niveles de dolor, para ver cuánto tiempo una persona podía ser sumergida en agua helada antes de morir e incluso como le gustaba hacer al infame Dr. Joseph Mengele (“médico” principal de Auschwitz), efectuar espantosos experimentos con mellizos, tal como coser juntos a dos niños para crear un “par de siameses” y poder medir sus reacciones.

Romain Gary, autor de The Dance of Genghis Cohn, con amargura llegó a esta impactante conclusión: “En los tiempos antiguos de Simba, una sociedad cruel, canibalística, la gente consumía a sus víctimas. Los alemanes modernos, herederos de miles de años de cultura y civilización, convirtieron a sus víctimas en jabón. El deseo de estar limpios, eso es civilización”.

El Holocausto fue diferente porque fue llevado a cabo por aquellos que hubiéramos creído que eran incapaces de cometer atrocidades. El Holocausto nos obliga a volver a pensar en el significado de una cultura que no tiene raíces en una base religiosa o ética.

¡Nunca más!

¿Qué es esta obsesión que parecen tener los judíos por recordar el Holocausto?
Los judíos son un pueblo con memoria. En los Diez Mandamientos se nos ordena “recordar el día de Shabat”. En la Torá nos dicen que tenemos que recordar el Éxodo de Egipto, así como a los amalequitas que nos atacaron cuando estábamos en el desierto. La memoria es fundamental para la supervivencia. De hecho, el filósofo George Santanya lo dijo con gran percepción: “Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.

Por eso es que los judíos sienten hoy una obligación especial de agregar un mandamiento más a su liturgia de “recordatorios”. Recordar el Holocausto, para que sus millones de víctimas por lo menos tengan el mérito de vivir en nuestro recuerdo. Recordar el Holocausto, para que como dijo el filósofo Emil Fackenheim no le demos a Hitler la victoria póstuma de lograr que olvidemos nuestro pasado y nuestra herencia. Recordar el Holocausto, porque como dijo Elie Wiesel en la inauguración del Museo en recuerdo del Holocausto de los Estados Unidos en Washington en 1993, “Olvidar implicaría matar por segunda vez a las víctimas. No pudimos evitar la primera muerte, pero no debemos permitir que los vuelvan a matar”.


Tomado de: "The Complete Idiot's Guide to Jewish History and Culture" (Alpha Books)