Observo la fotografía de mi abuela, Klara Granek, tomada al comienzo de la guerra. Ella no tenía cincuenta años, pero se ve como si tuviera setenta. Esta parada con sus hijas y su hijo. Los nazis ya se habían llevado a su esposo y a los otros hijos varones. También a su madre. Sus hijas, Rivka y Henna tenían siete y cinco años. Su hijo Mordejai, doce.

Mi abuela estaba desesperada. Sabía que los nazis regresarían a buscar al resto de la familia y no sabía qué podía hacer. Necesitaba un plan. Sus hijos dependían de eso. Necesitaba un lugar para esconderse. Desesperada, caminó con sus hijos hasta que encontró una granja que pensó que podía ser un buen escondite. Llevó a los niños al granero, todos subieron al compartimiento superior donde guardaban el heno. Una vez que estuvieron arriba, mi abuela subió la escalera con la esperanza de borrar cualquier huella respecto a que allí había escondidos judíos. Les dijo a los niños que se acostaran y los cubrió con heno. Mientras murmuraba plegarias silenciosas, se preguntó qué haría al día siguiente.

Al prestar atención a los sonidos rutinarios de la vida en la granja, de repente oyó el espeluznante crujido de la puerta del granero seguido por el retumbar de botas. El hijo menor del granjero, un niño, había visto a mi abuela cuando entró al granero y la denunció a los nazis. Mi abuela oyó la orden: “¡Herunterkommen, herunterkommen, schnell, schnell!”. Ella señaló a Mordejai y presionó su dedo índice sobre sus labios, pidiéndole que se mantuviera en silencio. Ella bajó con Rivka y con Henna, y dejaron oculto a Mordejai.

Mordejai se arrastró hacia la pequeña ventana para ver qué ocurría con su familia. Él vio cómo les disparaban en la cabeza a su madre y a sus hermanas.

Cuando los nazis salieron del granero, Mordejai se arrastró hacia la pequeña ventana para ver qué ocurría con su familia. Él vio cómo les disparaban en la cabeza a su madre y a sus hermanas. Los granjeros polacos fueron felicitados por su buen trabajo. Horas después, en medio de la noche, Mordejai salió del granero y escapó al bosque, donde lo capturaron al día siguiente.

Mordejai sobrevivió cinco años en los campos de trabajo. Aunque era un hombre excepcionalmente apuesto y encantador, nunca se casó. Durante años, mi tío Mordejai vivió en el departamento del segundo piso de nuestra casa y yo pasé mucho tiempo con él. A menudo me daba el periódico idish y me pedía que se lo leyera. Mordejai tenía un fabuloso sentido del humor, lo que lo hizo muy popular. Además de sus cicatrices emocionales, él tenía profundas cicatrices de latigazos que cruzaban toda su espalda y que eran visibles cuando caminaba con su camiseta sin mangas.

Como me asustaba demasiado preguntar sobre esas cicatrices, nunca supe exactamente a qué se debió el castigo que soportó, y nunca nadie habló de eso. Gracias a la reacción rápida de su madre, Mordejai sobrevivió la guerra, pero al parecer fue incapaz de seguir adelante y casarse. Sin embargo, a medida que pasaban los años, cada vez se volvió más solitario. Para mí fue muy difícil verlo deteriorarse de esa forma.

Fue muy doloroso verlo vivir una existencia tan solitaria. Nunca entendí por qué no se casó. Seguramente tuvo la oportunidad de hacerlo. Al volverme adolescente, creció mi sentido de responsabilidad hacia el tío Mordejai. Aunque él vivía muy cerca de una hermana y de un hermano mayor, parecía estar solo y desconectado. Supongo que esa era su forma de enfrentar los recuerdos y los sentimientos que seguían atormentándolo.

La boda de mis padres

Mi padre llamaba al tío Mordejai cada viernes para desearle un buen Shabat. Un viernes, trató de llamarlo pero le dio ocupado. Era preocupante que el teléfono de Mordejai diera todo el tiempo ocupado. Mi padre salió de casa para ir a la sinagoga unos minutos antes de lo habitual, para poder pasar por la casa de su hermano a ver cómo estaba- La puerta estaba cerrada con llave y el dueño del edificio lo dejó entrar. El tío Mordejai estaba en el suelo con el teléfono caído a su lado. Al parecer tuvo un ataque cardíaco y volteó el teléfono cuando trató de pedir ayuda.

Cuando recuerdo a mi tío Mordejai siento una mezcla de placer y tristeza. Su sentido del humor me atraía como un imán. Él se ganó un lugar especial en mi corazón en virtud de ser el hermano de mi padre y yo lo amaba.

Rivka y Henna, como otro millón de niños, fueron asesinadas muy pequeñas. Ellas murieron antes de tener una oportunidad de vivir. Si no fuera por los niños llamados con sus nombres, no quedaría ningún recuerdo en la tierra. Incluso Mordejai, que sobrevivió, no dejó ningún recuerdo excepto por el sobrino nieto que recibió su nombre. Quienes murieron nunca serán olvidados, y aquellos que como mi tío Mordejai sobrevivieron pero quedaron con profundas cicatrices, también viven en nuestros recuerdos.

Es difícil imaginarse a seis millones de personas. Pero hace poco, cuando estaba sentada en el estadio MetLife durante el Sium HaShas, vi juntas a 92.000 personas. Era una reunión gigante, pero esa multitud representaba sólo una pequeña fracción del número de personas que fueron asesinadas por los nazis. No es poco habitual tener esa clase de pensamientos sobre el Holocausto durante grandes celebraciones. Y yo no fui la única que lo pensé.

Me levanté para entrar a la sala calefaccionada, una gran habitación con paredes de vidrio. La habitación estaba repleta y allí estaba hombro a hombro con otras mujeres que trataban de entrar en calor. Había más personas empujando para tratar de entrar, pero estaba repleto. No había forma de que entrara una persona más. En ese momento apareció en mi mente la imagen de los vagones de carga.

Regresé al estadio en el momento en el que el orador decía que Hitler se refería a los judíos como los estudiosos del Talmud.

¡Sí, nosotros somos los estudiosos del Talmud! Él quiso destruirnos y aquí estamos en masa, celebrando el estudio del Talmud.

Aunque los nazis asesinaron a millones y dejaron cicatrices en las vidas de millones de sobrevivientes y en sus hijos, ellos no lograron su objetivo de aniquilarnos ni de destruir nuestro espíritu y nuestra devoción hacia nuestra herencia. Continuamos floreciendo.


En recuerdo de Rivka bat Iaakov, Henna bat Iaakov, Mordejai ben Iaakov y Klara bat Iaakov. Que su recuerdo sea para bendición.