Paul Gruninger nació en 1891 en la ciudad de St. Gallen, Suiza, cerca de la frontera con Austria. En su juventud fue un destacado jugador de futbol que ayudó a Suiza a ganar su único campeonato mundial.

Después de servir como teniente en la Primera Guerra Mundial, Gruninger se unió a la policía local. Tuvo una carrera exitosa y lo promovieron a capitán de la policía de St. Gallen, además de convertirse en presidente de la Asociación de Policías Suizos.

Pero entonces la dedicación de Gruninger a su carrera colisionó con un crítico dilema moral. Cuando en agosto de 1938 los nazis anexaron Austria, los residentes judíos se encontraron en un grave peligro. Suiza era neutral, sin embargo no tardó en restringir todavía más su política de inmigración que ya antes era estricta. Temiendo repercusiones de Alemania, el gobierno suizo decidió admitir sólo a refugiados que se consideraran víctimas de persecución política y no por raza o religión. Al tener cerrados los canales oficiales de emigración, muchos judíos austríacos decidieron arriesgarse a cruzar ilegalmente la frontera a Suiza pese a las dificultades y al riesgo de ser atrapados.

Refugiados en el campo de Diepoldsau, agosto de 1938.

A pesar de las estrictas instrucciones que el gobierno suizo le dio a Gruninger respecto a que todos los refugiados judíos ilegales debían ser enviados de regreso a Austria, él tomó una heroica decisión personal.

Obligado a elegir entre la moralidad y la ley del estado, a pesar del grave peligro que eso implicaba para su carrera, él eligió salvar las vidas de más de 3.500 judíos austríacos. Cuando los refugiados judíos llegaban estaban agotados, hambrientos y asustados respecto a lo que podía ocurrirles. Gruninger no sólo les permitió entrar ilegalmente a Suiza, sino que además falsificó las fechas de sus documentos, clasificándolos como inmigrantes legales que habían llegado antes del nuevo decreto. Él se esforzó todavía más para ayudar a los refugiados, les compró ropa invernal con su propio dinero y les encontró albergues. Sus valientes esfuerzos continuaron durante un período de ocho meses, desde agosto de 1938 hasta abril de 1939.

Una mañana, cuando Gruninger llevó como era habitual a la estación de policía, encontró la entrada bloqueada por orden del comandante en jefe. Aunque Gruninger protestó y cuestionó la decisión, de inmediato entendió que habían descubierto su actividad de rescate de judíos.

En verdad, un amigo de su familia que trabajaba en un puesto fronterizo cerca de Bergenz, un pueblo austriaco anexado al tercer Reich, ya se lo había advertido. Aunque Gruninger estaba en la lista negra de la Gestapo, él no le dio demasiada importancia a esa advertencia y continuó con sus actividades ilegales, falsificando documentos para los refugiados judíos que llegaban de Austria.

Irónicamente, la Gestapo fue alertada sobre sus actividades debido a una mujer judía que Gruninger trató de ayudar. La mujer se había olvidado sus joyas en un hotel en Bergenz. Cuando llegó a Suiza, le pidió a Gruninger que la ayudara a recuperarlas. Él se puso en contacto con Ernest Prodolliet, del consulado suizo en Bergenz. Gruninger había trabajado con Prodolliet en misiones similares y sintió que era una persona confiable.

Con antecedentes penales y su heroísmo olvidado, Gruninger vivió en la pobreza sin su pensión policial. Él nunca se arrepintió de su valentía.

Después la mujer escribió una carta a miembros de su familia en Viena elogiando al hombre bondadoso que la había ayudado. “Hay un maravilloso capitán de la policía llamado Paul Gruninger. Él me prometió que se va a ocupar de recuperar mis joyas del hotel de nuetsro amigo y me las hará llegar”.

Lamentablemente esa carta fue interceptada por los nazis, quienes se llevaron prisionero al dueño del hotel y confiscaron las joyas. A partir de ese momento, la Policía Secreta siguió a Gruninger. Poco después informaron sobre sus acciones ilegales a las Autoridades Federales Suizas en Berna. Como castigo, Gruninger fue despedido de su trabajo sin ninguna compensación ni pensión. En 1940 lo juzgaron por permitir la entrada ilegal a Suiza de 3.600 refugiados judíos. Lo declararon culpable de fraude, le pusieron una multa y pasó un tiempo en prisión. Con antecedentes penales y su heroísmo olvidado, Gruninger durante mucho tiempo incluso después del fin de la guerra no logró encontrar empleo. Vivió en la pobreza sin su pensión policial. Pero pese a todas esas dificultades, nunca se arrepintió de su valentía.

El estadio que lleva su nombre en la calle Brühl en Gallen.

En 1954 Paul Gruninger dijo: “No me siento avergonzado del veredicto de la corte. Por el contrario, estoy orgulloso de haber salvado las vidas de centenares de personas oprimidas. Mi ayuda a los judíos tuvo sus raíces en mi perspectiva cristiana del mundo… Básicamente se trataba de salvar vidas humanas que estaban amenazadas de muerte. ¿Cómo podía en ese caso considerar seriamente planes y cálculos burocráticos? Por cierto, yo superé intencionalmente los límites de mi autoridad y a menudo con mis propias manos falsifiqué documentos y certificados, pero sólo lo hice para permitirles a esas personas perseguidas el acceso al país. Mi bienestar personal, en comparación con el cruel destino de esos miles de seres humanos, era tan insignificante y poco importante que nunca lo tuve en consideración”.

Básicamente se trataba de salvar vidas humanas que estaban amenazadas de muerte. ¿Cómo podía en ese caso considerar seriamente planes y cálculos burocráticos?

En 1971 Yad Vashem le otorgó a Gruninger una medalla de honor como uno de los “Justos de las naciones”. En esa ocasión, él explicó sus actos heroicos: “Mi inclinación natural a ayudar tiene sus raíces en mis profundas creencias cristianas y en mi concepción del mundo. Aunque en muchos casos me metí en problemas, siempre había una forma de salir adelante. Sentí la ayuda de Dios con fuerza y abundancia”.

Yad Vashem anunció: “Gruninger pagó un alto precio por su elección. En la lucha entre su sentido del deber como oficial de policía y la dedicación a conceptos de humanidad, lo que triunfó fue lo segundo”.

Paul Gruninger falleció en 1972 a los 81 años. En 1995, 50 años después de que terminara la guerra, en la misma sala judicial en la que fue condenado, volvieron a abrir su juicio y fue absuelto de todos los cargos. Un año más tarde fue completamente exonerado por el gobierno suizo.

Ruth Roduner, la hija de 92 años de Gruninger, descubre una placa en su honor en el cuartel de la policía de St. Gallen.

La asociación “Justicia para Paul Gruninger” fue fundada para luchar contra el racismo y el antisemitismo siguiendo su espíritu. Uno de los objetivos de esta asociación fue pedir que la ciudad de St. Gallen compensara a Paul Gruninger por los daños que había sufrido y que renombrara en su honor a una plaza pública cerca del cuartel de policía. También le dieron su nombre a una escuela y a un estadio.

“Paul Gruninger debe ser un ejemplo para todos nosotros”, dijo Fredy Fassler, jefe de policía y justicia de St. Gallen en una conmemoración en honor al oficial. Ruth Roduner, la hija de 92 años de Gruninger, descubrió una placa en su honor en el cuartel de policía de St. Gallen. Su nombre también aparece en la placa del monumento en memoria de los judíos en Washington. Paul Gruninger fue el primer ciudadano suizo honrado por el gobierno de los Estados Unidos. Su nombre y su coraje deben recordarse.