El turno de noche era diferente, porque de noche, todo se escuchaba con otra intensidad. La llegada de los trenes, los gritos, los ladridos de los perros. El olor.

Tenía 15 años cuando llegué a Auschwitz junto a mi madre y a mi hermano en el invierno de 1944. Ese día fue el último día en que los vi. A mi padre se lo habían llevado en el año 1942 a Ucrania para trabajos forzados. Recibimos más tarde una carta en la que lo daban por “desaparecido”; lo habían asesinado. Por entonces nosotros todavía vivíamos en nuestra casa en Vásárosnamény, Hungría. Poco tiempo después fuimos llevados al gueto de Bereczas en Checoslovaquia. Desde ahí fuimos deportados.

Llegamos a Auschwitz sin saber nada de lo que iba a pasar después. Jamás nos imaginamos lo que íbamos a vivir en ese lugar. Cuando bajamos de los trenes nos esperaban los nazis de las SS. No sabía todavía que uno de esos hombres era Joseph Menguele esperando para realizar la selección. Me llamaron la atención sus botas, brillantes, bonitas.

Ellos fueron a la izquierda, yo fui a la derecha. Había tanta gente. No nos despedimos.

Me separaron de mi mamá y de mi hermano inmediatamente. Mi mamá no quiso soltar a mi hermano de la mano. Ellos fueron a la izquierda, yo fui a la derecha. Había tanta gente. No nos despedimos.

Los llevaron juntos a la cámara de gas. Caminando. La gente pensaba que iba a ducharse, pero en vez de agua, morían gaseados. Al terminar, los cuerpos eran llevados al crematorio, en donde a las dos horas de haber llegado, eran convertidos en cenizas.

Inmediatamente nos cortaron el pelo, y nos dieron vestidos hechos de sacos. Nos llevaron a nuestra barraca. A mí me tocó el F-K-L LAGER. Después de dos o tres semanas nos tatuaron y nos llevaron a trabajar. Mi trabajo era muy apetecido. Me tocó trabajar en “Miami”, así le decíamos nosotros los prisioneros. Ordenábamos, separábamos y clasificábamos las montañas de ropa de los que habían ido directamente a las cámaras de gas. Zapato con zapato, chaqueta con chaqueta, y así sucesivamente. Todo esto bajo la mirada de los guardias nazis de las SS. ¿Por qué era un trabajo tan apreciado, se preguntarán? Porque podías encontrar pequeños pedazos de alguna galletita, un poco de mermelada o un dulce para chupar que alguien dejó atrás. Eso nos mantenía un poco más fuertes. Yo trabajaba muy cerca de los crematorios. Vi con mis ojos lo que pasaba ahí, día tras día.

Tuve varios trabajos en Auschwitz. En el Verberay, un “taller” donde hacíamos unas trenzas gruesas, que nunca supimos para qué se usaban. Después me tocó trabajar haciendo caminos con un chuzo; tampoco sé como yo, una niña de 15 años, podía con ese trabajo terrible.

No creo haber sido más inteligente, ni mejor que nadie. No sé de dónde saca uno la fuerza, pero hay un instinto casi animal por sobrevivir, que te hace tomar decisiones que nunca hubieses tomado de haberlas pensado antes. Tu deseo es sobrevivir, sobrevivir y sobrevivir.

Cuando los rusos estaban cerca, por primera vez en un año vi abrirse las puertas del campo. No podía creer lo que mis ojos veían. Cuando sentíamos los aviones, rezábamos que bombardearan y nos liberaran, pero eso no ocurrió. Ni el campo, ni las líneas de los trenes. Nada.

A los que podíamos caminar, nos empujaron fuera y comenzamos a andar. Los que no aguantaban, caían y les disparaban. Los bordes del camino estaban llenos de cuerpos de los que no aguantaron.

Llegamos a Bergen Belsen. Ahí el caos era total. No había crematorio. Pero había tifus y hambre, un hambre terrible que mató a miles. Había que tener cuidado de no pisar los cuerpos fuera de las barracas. Aprendí que los que se mueren de hambre se mueren gorditos, hinchados de agua. No había ya fuerza para nada, sólo resignación.

Los alemanes arrancaron antes de que llegaran los aliados. Cuando los aliados llegaron para liberar el campo, no podían creer lo que sus ojos veían. Casi se murieron ellos de la impresión. No sabían qué hacer para ayudarnos. Construyeron hospitales en las barracas y comenzaron a atendernos. Nos dieron leche condensada, chocolates y otras comidas que muchos no toleraron dentro de sus estómagos después de tantos meses de desnutrición.

Me entregó un huevo; en ese momento pensé que era el manjar más grande que había comido en mi vida.

Tengo alrededor de tres días borrados de mis recuerdos. Me enfermé y me llevaron al hospital. Cuando desperté, una enfermera con una gran capa me atendía en mi cama, una cama con sábanas. Hablaba un idioma que no conocía, hoy sé que era inglés. Me entregó un huevo; en ese momento pensé que era el manjar más grande que había comido en mi vida.

Completamente sola, me llevaron en un barco de la Cruz Roja a Suecia. Desnuda, cubierta de una frazada y cubierta en un grueso polvo blanco. Nos atendieron y cuidaron. Por primera vez en mucho tiempo fui al colegio, me alimenté de a poco, hice amistades. Hasta que un día dos hombres de una organización judía pasaron recopilando nombres de familiares que alguna de nosotras tuviese en algún país del mundo para poder contactar.

Fue así como en una radio chilena leyeron el nombre de un tío mío que había emigrado muchos años antes allí. Mi tío se convirtió en un nuevo padre para mí, y Chile en mi nuevo país. Un país que me recibió con los brazos abiertos, y que me permitió construir una vida y una familia.

Mientras los nazis pasaron a la historia como una de las mayores vergüenzas de la historia de la humanidad, yo, Marta Neuwirth Grossman, hija de Aladart y Sara, sobreviví a Auschwitz y Bergen Belsen, y dejo en este mundo 3 hijos, 8 nietos y 18 bisnietos… por el momento.