Tibor Spitz, un ingeniero químico ya jubilado, renombrado artista y educador, conversó con AishLatino.com sobre los extraordinarios eventos de su vida durante y después del Holocausto.

Tibor Spitz nació en 1929 y creció en el pequeño pueblo de Dolny Kubin, ubicado en la pintoresca región montañosa de Orava, Eslovaquia, en la frontera con Polonia. "Era un lugar muy bello para crecer, pero en verdad el plan de mis padres no había sido vivir en Eslovaquia. Muchos años antes ellos se habían ido a la Tierra de Israel, pero tuvieron que regresar a Europa", explica Spitz.

Tibor Spitz cuando tenía 1 año, en 1930

En 1920, Iosef Tzvi y Shoshana Spitz, los padres de Tibor, habían concretado su sueño de asentarse en la Tierra de Israel, y vivieron en lo que en ese entonces era el pequeño pueblo de Benei Brak. "Allí nació mi hermana mayor, Ester Spitz, pero ella se enfermó y falleció cuando era muy pequeña". La suerte de la pareja siguió desmejorando cuando unos merodeadores árabes le dispararon a Iosef Tzvi. Él sufrió una infección en la herida y Shoshana estaba embarazada, por lo que les aconsejaron que regresaran a Europa para recibir atención médica.

La familia Spitz antes del holocausto (1936). Tibor está a la izquierda.

Al regresar a Eslovaquia, los Spitz tuvieron tres hijos: Ernest, Java y Tibor. "Relativamente fue una infancia feliz. Vivir en las montañas nos volvió fuertes. En el suelo había nieve entre ocho y diez meses al año y crecimos fuertes y sanos".

"Mi padre tenía una voz bellísima. Antes de irse a Israel, se había entrenado como cantante de ópera en Viena y había tenido contacto con muchos compositores famosos". En Eslovaquia consiguió trabajo como jazán. "Mi padre era una persona angelical, su voz sanaba a quienes lo escuchaban".

"La música era una parte básica de mi vida, nuestro hogar estaba repleto de cantos. Mi padre a menudo escuchaba música en un gramófono, y además de dirigir los servicios de plegarias, enseñaba hebreo y daba conferencias sobre la vida en la Tierra de Israel". El padre de Tibor también era el shojet (matarife ritual) del pueblo. "Él hacía todo menos circuncisiones, y yo era como el hijo del Rabino".

La comunidad judía de Dolny Kubin contaba con sólo 100 familias. "No había tanta gente como para tener un jéder (una escuela judía), así que yo y los otros niños judíos íbamos a la escuela pública. A pesar del pequeño tamaño de la comunidad, era rica en su diversidad".

Tibor tenía 10 años cuando los nazis comenzaron a conquistar Europa.

Las medidas antisemitas

En marzo de 1939, Eslovaquia se alineó como aliado de los nazis. Josef Tiso, un sacerdote católico que se convirtió en político, introdujo duras medidas antijudías. (Después de la guerra, en 1947, Tiso fue juzgado y ejecutado por crímenes de guerra y crímenes en contra de la humanidad).

Un día, Tibor regresó a casa con los ojos llenos de lágrimas. "Como era el único niño judío en una gran clase de escuela primaria, le pregunté a mi madre qué debía hacer, porque me habían maldecido por ser judío. Ella me dio este consejo: 'Mejor que vivas de forma tal que la gente tenga razones para envidiarte antes de que sientan pena por ti'. En ese momento aprendí que en cualquier situación debía tratar de seguir siendo un mensch, un ser humano decente".

"En 1940 nos expulsaron de la escuela pública y de la noche a la mañana mi madre se convirtió en la maestra de los 24 niños judíos que había en el pueblo, que tenían entre 6 y 16 años".

Josef Tiso se encuentra con Adolf Hitler. Eslovaquia se alinea como un estado satélite nazi.

En 1941, los judíos de Eslovaquia fueron obligados a usar el parche con la estrella y el mismo año el gobierno eslovaco negoció con la Alemania nazi la deportación masiva de los judíos hacia la Polonia ocupada por Alemania. En 1942 comenzaron las deportaciones. Para el final de la guerra, alrededor de 69.000 de los 90.000 judíos del país habían sido asesinados, aunque las deportaciones fueron escalonadas y como era típico, estaban envueltas en promesas falsas.

"Yo me preguntaba por qué simplemente no deportaban a todos los judíos de una vez. Pero entendí que obviamente hubiéramos tratado de escaparnos".

"Tiso anunció que el país mantendría su tono civilizado, pero cada una o dos semanas introducían otra medida en nuestra contra. Nos sacaron las propiedades, los equipos musicales, eventualmente también nuestros abrigos de piel, las joyas y el dinero, pero de alguna manera la vida parecía seguir adelante".

Todo era un engaño. Nos enviaban a morir.

"Cuando ordenaron la deportación, nos dijeron que aprendiéramos un oficio para nuestra nueva vida en el Este, e incluso proveyeron talleres de trabajo". Tibor aprendió a ser albañil y su padre aprendió a trabajar con vidrio. "Todo era un engaño. Nos enviaban a morir. Fueron ‘incrementando el calor del agua poco a poco’, por así decir, hasta que estuvimos demasiado débiles y estábamos atrapados".

En el último tren

Después de que comenzaran las deportaciones, dejaron a algunos judíos para que dirigieran los negocios que habían sido confiscados, farmacias, y servicios esenciales, incluyendo el cementerio. "Parte de las obligaciones de mi padre era oficiar en los funerales judíos. Mi hermano y yo también ayudábamos con el trabajo manual en el cementerio". A Iosef Tzvi le dijeron que su familia sería deportada en el último tren.

"Nosotros no confiamos en las autoridades y cada vez que había una deportación, nos escondíamos".

En 1943 los alemanes comenzaron a perder terreno frente a los rusos en el frente oriental. "Para ese entonces, casi todos los judíos ya habían partido y sólo quedaban algunos en los campos de trabajo eslovacos o esperando en el limbo, como nosotros".

Esta situación continuó hasta 1944, cuando parte del ejercito eslovaco y muchos civiles se unieron a los partisanos y comenzaron un levantamiento en contra del gobierno eslovaco fascista. El Ejército Rojo ya estaba en la vecina Ucrania en el este y en Polonia, al otro lado de la frontera al norte, por lo que los rebeldes esperaban una pronta victoria. Pero los alemanes aplastaron el levantamiento y se apoderaron de todo el territorio de Eslovaquia.

El escape al bosque

En medio de los bombardeos aéreos y los disparos de morteros, la invasión nazi provocó que muchos eslovacos abandonaran las ciudades y buscaran refugio en las aldeas periféricas. "Una noche, acompañados de mi abuelo que estaba viviendo con nosotros, recogimos nuestras cosas y partimos, haciéndonos pasar por refugiamos. Todo era un caos.

"Los alemanes colocaron carteles: 'Regresen a sus casas, incluso los judíos. Van a tener derechos'". La familia Spitz no se dejó convencer. "Mis padres dijeron que regresar a nuestros hogares era una locura".

Por un tiempo breve alquilaron una habitación en una aldea cercana, pero entendieron que todavía podían pasar varios meses hasta que el Ejército Rojo lograra entrar por la frontera oriental. Entonces Ernest, el hermano de Tibor, ideó un plan.

"Los nazis estaban en cada esquina revisando los documentos. Durante muchos meses habíamos pensado escondernos bajo la tierra en el bosque, pero mi hermano pensó en todos los pequeños detalles. Él dijo que necesitábamos encontrar una corriente de agua que nos supliera de agua, en un valle empinado, suficientemente alejado de los caminos conocidos, por donde no pasara nadie".

La ubicación aproximada de nuestro refugio en el otoño de 1944

El plan de Ernest era cortar un triángulo en la pendiente cerca del suelo del valle, lo que proporcionaría a la familia protección contra la lluvia y contra el sol.

"Como no teníamos una lapicera, ni tinta ni papel para dibujar, usamos carbón de la chimenea de ladrillos para dibujar un plano sobre la pared del departamento en donde estábamos escondidos, y tratamos de recordar cada detalle".

Cuando Ernest encontró un valle escarpado que respondía a sus necesidades, comenzaron a preparar su escape.

"Durante el día permanecíamos en la aldea, pretendiendo ser refugiados de guerra ayudando a los habitantes locales con la cosecha, pero durante la noche construíamos nuestro refugio. No teníamos herramientas, clavos ni cuerdas. Sólo una pequeña pala de trinchera militar que habíamos encontrado, una pequeña hacha y nuestras manos".

"Era sumamente difícil cavar la tierra en un bosque prístino, sacar rocas, cortar raíces y sacar la tierra. Teníamos las manos ensangrentadas. Hacer en la ladera de una colina empinada un agujero en el que pudieran entrar seis personas nos llevó varios días… Improvisamos, usamos los troncos de árboles caídos y ramas para camuflar el área, de manera que nada revelara la presencia humana".

Después de completar el refugio y camuflar el área, la familia desapareció en el bosque.

Lograr sobrevivir

"No todos los eslovacos creían fanáticamente en la victoria nazi y el ejército alemán estaba al borde del colapso, por lo que nunca se nos ocurrió que tendríamos que pasar tanto tiempo escondidos en la montaña cubierta de nieve. Tampoco nadie había pronosticado que 1944 tendría el invierno más frío del siglo.

"Nos escondimos durante 200 días, y cada día fue el más largo que experimenté en mi vida. Como todo el tiempo había patrullas montadas que registraban los bosques, cada día podía ser nuestro último día".

"Debajo de la tierra no sentíamos tanto el frío, y además teníamos tres capas de vestimenta. Recuerdo claramente que el hoyo era más pequeño de lo necesario y no podíamos estirarnos ni acostarnos. Estábamos apretujados en posiciones muy incómodas.

Un cuadro de Spitz que representa el escondite subterráneo de la familia. Las patrullas eran un peligro constante.

"Vivíamos como animales, como zorros, de forma instintiva, superviviendo de un minuto a otro. Comíamos bayas, sabíamos qué hongos podíamos comer, y chupábamos agua de la nieve y del hielo para mantenernos vivos. El bosque y la vida salvaje fueron como amigos que nos ayudaron a ocultaron de los depredadores y asesinos humanos".

"Cuando salía a buscar comida, llenaba con nieve mis huellas para evitar que alguien pudiera descubrirnos".

"Era sólo un nivel de supervivencia biológica. Eso era todo. En el nivel más bajo que uno puede llegar a imaginar, no importaba nada más".

Casi un encuentro con la muerte

En febrero de 1944, dos meses después de haber entrado al escondite, los partisanos ucranianos que ayudaban al Ejército Rojo y operaban en el bosque descubrieron a la familia Spitz.

"Nos formaron en una línea, uno de ellos nos cuidaba mientras el otro revisaba nuestras cosas. Mi madre nos dijo que rezáramos, pero mi padre sólo quería que todo terminara de una vez. Comenzaron a discutir entre ellos. "No somos sus enemigos", les suplicó mi madre. "No vale la pena, Hitler quiere matarnos a todos", la interrumpió mi padre. Mientras tanto, los soldados comenzaron a reírse al verlos discutir".

'El fin de la familia', por Spitz.

En medio de la escena, Tibor cobró coraje y se escapó. Regresó horas más tarde, después de no haber escuchado ningún disparo.

"Resultó que tenían órdenes estrictas de no matar civiles, pero se llevaron toda nuestra ropa y el poco suministro de alimentos que teníamos. Fue un milagro que no nos mataran, pero ese fue el invierno más frío del siglo y fue prácticamente una sentencia a muerte".

Esa noche, la familia se preguntó si debían arriesgarse y acercarse a una aldea vecina para pedir ayuda, o quedarse donde estaban y congelarse o morir de hambre. "La SS estaba completamente desesperada por matarnos; ya habíamos sido testigos de suficientes crímenes como para saber cuánto dinero ponían sobre las cabezas judías".

Un milagro

"Cuando nos estábamos congelando, ocurrió algo increíble que para mí fue un milagro. Teníamos muchísimo frío y de pronto, de la nada, surgió una corriente cálida de agua con un fuerte olor a azufre. Eso entibió nuestro pequeño hoyo en el valle. Fue algo que elevó nuestros espíritus".

Con fe renovada, la madre de Tibor tomó el riesgo de ir a pedir ayuda. "Esas aldeas eran sumamente pobres. Eventualmente mi madre encontró partisanos que, aunque tenían muy poco, sintieron simpatía hacia las necesidades de nuestra familia".

'Menorá', por Tibor Spitz, un mensaje de esperanza

"Si están vivos, salgan"

En abril de 1945 la noticia de que la guerra había terminado llegó a la familia Spitz que estaba escondida en el bosque. Tibor tenía 14 años. "Un día, los aldeanos fueron por el bosque diciendo: 'Si están vivos, salgan'. Esa fue nuestra liberación".

"Al principio regresamos a la casa de mi abuelo, donde él y mi abuela habían criado a sus siete hijos". El abuelo había sufrido la tensión física y emocional de la guerra. "Fuera de nosotros, todos sus otros hijos y nietos habían sido exterminados. Estaba quebrado por la pérdida y falleció tres meses más tarde".

En julio de 1945, la familia regresó a Dolny Kubin. "La gente nos miraba como si fuéramos fantasmas, incluso se nos acercaban y nos tocaban. Porque con todo lo que había sucedido, no era posible que fuéramos personas reales".

"La vida era sumamente desagradable, pero tratamos de seguir adelante. Al final de ese verano, en setiembre, volvimos a la escuela. Yo había perdido todo un año de estudios y no me resultó sencillo".

Posteriormente, la familia Spitz se mudó a otro pueblo, Liptovsky Mikulas, a 50 km de distancia, donde Iosef Tzvi una vez más tomó el rol de rabino y cantor para los judíos que quedaban allí. Más tarde, Tibor y Ernest se fueron a Praga para terminar la secundaria y estudiar en la universidad. "Yo estudié química y mi hermano estudió arte".

"Praga era el mejor lugar para estudiar química". Tibor obtuvo las mejores calificaciones en su escuela. Mientras tanto, Ernest se ganó una reputación como un talentoso artista.

"Él hablaba abiertamente de luchar contra el régimen comunista a través de su expresión artística. Abrió una galería y en sus cuadros y murales compartía mensajes promoviendo los derechos humanos". Lamentablemente, Ernest falleció a los 33 años. "No tengo pruebas, pero pienso que las autoridades tuvieron que ver con su muerte".

'Autorretrato' de Ernest Spitz, 1955, cinco años antes de morir a los 33 años.

El judaísmo era considerado una ideología hostil

"Ahora, al mirar hacia atrás, me parece lo que me motivó a contar mi historia fue el silencio obligado mientras vivimos en la Checoslovaquia comunista. El judaísmo era considerado una ideología hostil, subversiva, hablar del Holocausto y del sufrimiento judío prácticamente estaba prohibido en la política, la vida cultural, el arte y la literatura".

"No había manera de dejar salir el dolor para curarlo o reducirlo. Por el contrario, constantemente nos lo recordaban y sospechaban que teníamos conexiones con el occidente, por lo que nos convertimos en adversarios de la Unión Soviética. Las instituciones religiosas fueron perseguidas y el odio tradicional acumulado junto con la hostilidad hacia la religión judía se volvió especialmente intenso. El judaísmo, con su sabiduría y su promoción de la libertad, irritaba particularmente a los dictadores que consideraban a los judíos como enemigos subversivos".

La familia de Tibor

Mientras Tibor estaba en Praga falleció su padre. "Lo llevaron al hospital con algo trivial y nunca salió. No tenía ni siquiera 60 años".

Su hermana Java cuidó a su madre, quien murió en Eslovaquia en 1986. "Posteriormente Java se mudó a Kfar Saba, en Israel, se casó y tuvo hijos, pero murió diez años más tarde".

En 1967, a los 38 años y tras haberse graduado con un doctorado en química, alentaron a Spitz a conocer a Noemí, la hija del director de la comunidad judía de Bratislava, quien también había sobrevivido al Holocausto.

"Me habían educado dando con mucha importancia al judaísmo, así que después de la guerra para mí era esencial casarme sólo con una joven judía. Yo era un buen partido", afirma riendo. "Como esposo, tenía todo lo que una jovencita podía imaginar, era educado y tenía buenas perspectivas laborales, pero durante años me resistí al matrimonio porque sentía que tenía conflictos internos. La vida seguía muy lejos de ser normal, una persona podía acercarse y decirte que eras un judío sucio".

Tibor y Noemí se conocieron y su segundo encuentro fue en su boda, una ceremonia privada en el ayuntamiento de Praga.

Escapar del gobierno comunista

"Dios nos dio la fuerza para sobrevivir. Sobrevivir no se trata sólo de esquivar las balas. Dios nos dijo un sejel, un cerebro, y nos dio todas las herramientas que necesitábamos".

Tras aceptar un contrato de trabajo en Cuba, Tibor y Noemí partieron de Praga. Nueve meses más tarde lograron escaparse de un avión cubano que estaba reabasteciendo combustible y se convirtieron en refugiados políticos en Canadá. "En casa la corte nos sentenció a 15 años de prisión".

Después de vivir nueve años en Canadá, se asentaron en Kingston, en los Estados Unidos, donde Tibor trabajó para una compañía pionera en cabezales magnéticos de grabación.

Educar sobre el Holocausto

A lo largo de los años, Spitz asumió un rol importante en la educación sobre el Holocausto, y regularmente da conferencias en universidades, escuelas secundarias y embajadas en los Estados Unidos. Sólo en el 2019 dio 26 conferencias.

Una conferencia en mayo del 2019 en Baruch College, Nueva York.

"La ignorancia colectiva judía, la incredulidad en la crueldad ilimitada y la falta de unidad antes y durante la era nazi costó la vida de un tercio de los judíos de este planeta. Ninguna otra nación o país hubiera sobrevivido semejante impacto. Sin embargo, tres años después de que terminara la guerra, los judíos proclamamos la existencia del Estado de Israel en el territorio de nuestros ancestros.

"Yo visité Israel muchas veces. Es un sueño de 2.000 años. Es un milagro y vivimos en una generación en la que esto ocurrió delante de nuestros ojos. Tenemos que estar orgullosos de lo que somos".

"Para mí, ser judío es vivir con una lucha moral por la justicia que no da lugar a compromisos. Me educaron para sentirme orgulloso como judío y es lo que sigo sintiendo. Cada festividad es mi festividad favorita, cada una enseña lecciones importantes con una sabiduría sin precedentes. Pero ahora pienso que estoy vivo y veo cada día como una festividad".

Muchos líderes mundiales estuvieron invitados en sus conferencias, especialmente líderes de Eslovaquia, donde fue invitado a encontrarse con varios presidentes.

"Yo resalto la importancia de ver los eventos del mundo con sinceridad, sin ajustarlos para que sean más agradables o inofensivos, para aprender de nuestros errores y de los errores de los demás y para eliminar el miedo como una emoción.

"También debemos recordar que las civilizaciones occidentales basan sus valores en las Escrituras judías conectadas con la búsqueda de la paz, la cooperación y la tolerancia, incluyendo el principio judío de: 'no hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan'".

Junto a su esposa Noemí y el ex presidente de Eslovaquia, Andrej Kiska.

De visita en Dolny Kubin

En el 2002, un equipo de filmación invitó a Tibor a tratar de encontrar su escondite. "Una mujer anciana que recordaba a nuestra familia de la época de la guerra explicó que durante muchos años los aldeanos habían visitado nuestro escondite para conmemorar la supervivencia sobrehumana de una familia judía escondida en su bosque.

"Después de más de siete décadas no fue fácil encontrar los restos de nuestro escondite subterráneo que ocupaba sólo unos pocos metros cuadrados. La topografía del área había cambiado significativamente porque habían explotado la madera del bosque y las áreas cubiertas por árboles habían cambiado mucho.

En el bosque, con lo que queda del escondite

"Con la ayuda de los aldeanos que recordaban el área como era antes de la deforestación, pudimos encontrar los restos del refugio colapsado. Ahora está marcado para quienes llegan de visita".

Hace seis años, una "marcha de la paz" anual comenzó con cientos de personas que caminaron desde la aldea más cercana hasta el escondite. Tibor y su esposa participaron como testigos oculares y dieron conferencias públicas y entrevistas en la TV y en la radio local y nacional.

"Volver de visita me trajo recuerdos de los tiempos espantosos y de las muchísimas víctimas, muchas de ellas niños, mis primos y mis compañeros de la escuela. Uno de ellos fue asesinado a tiros cuando se escondía en el bosque. También sentí una celebración por la libertad y la vida. Tenía consciencia de respirar, de sentir, de amar, de la capacidad de percibir colores, formas y sonidos para escuchar música y el habla humana. No tener hambre al grado de contar la última gota de energía antes de que tu cuerpo se apague y estar ante personas a las que no tienes que tener miedo".

Obras de arte

En las últimas décadas, las obras de Tibor Spitz fueron expuestas en los Estados Unidos, Canadá y Europa. Su obra comparte una variedad de temas, no sólo el Holocausto, sino también la Kabalá, la herencia y la identidad judía. Él pinta, esculpe y trabaja con cerámica y madera, entre otras formas de arte.

'La marcha a la eternidad', Tibor Spitz.

"En el 2002 me ofrecieron exhibir mis cuadros sobre el Holocausto en Bratislava, Eslovaquia. Schuster, el presidente de Eslovaquia, patrocinó el evento y llegó personalmente junto con otros representantes del gobierno".

Desde entonces realizaron en el país varias exposiciones de las obras de arte de Tibor. Una de ellas tuvo lugar en Dolny Kubin en agosto del 2019 con motivo el 90 cumpleaños de Tibor.

El salón de los Spitz está decorado con 50 de sus obras. Una de sus últimas creaciones es un grabado en madera con la forma de un caballo y un jinete, en honor al bar mitzvá de un niño local. "Esta pieza de madera tenía un agujero, y le encontré un buen uso", afirma, y muestra cómo se transformó en el ojo del caballo. "Yo digo que no hay que llorar por la leche derramada. En la vida uno puede transformar todo en algo positivo. Uno debe mantenerse positivo, de lo contrario no puede vivir su vida en armonía".