Shana, la matrona del hospital, me dijo en tono fuerte que me sentara. Yo estaba asomándome en las oficinas del hospital, esperando que algún oficinista se diera cuenta y llamara mi nombre. Había estado esperando 45 minutos para ver al doctor para que revisara mi ultrasonido. Siendo una reciente inmigrante de Estados Unidos, yo estaba pasada en 5 días de la fecha probable de parto de mi primer hijo Sabra (nacido en Israel).

“Te llamaremos cuando estemos listos. No nos hemos olvidado de ti”, ella me miró enojada como si hubiera cometido un crimen y luego rápidamente guió por el pasillo a una mujer en trabajo de parto hacia la sala de parto. Ella ayudó a la mujer con sus brazos y murmuró suavemente en hebreo.

Yo me senté, derrotada y enojada. Sólo quería saber lo que estaba pasando. No había lista de entrada, ni números electrónicos de llamada. Sólo un montón de gente sentada en una sala de espera de hospital sin ningún orden particular, esperando ser llamados a la oficina del doctor. ¿Cómo sabían a quién debían llamar primero? Podría estar esperando toda la tarde. ¿Acaso ella no podría, por lo menos, hablarme en un tono más tranquilizador?

La última vez que traté de ser enérgica, me tomó 30 minutos reunir el valor para invadir la oficina del doctor y luego – el doctor me gritó de vuelta, “¡Por favor siéntese y espere su turno!”. Pero, ¿cuándo es mi turno?

Realmente Bueno

Una hora después de finalmente ver al doctor y salir del hospital, volví a la división de maternidad para encontrarme con Shana. Me encaminé nuevamente hacia las oficinas interiores, esta vez con gran determinación.

Casi no pude hablar. Shana dejó todos sus papeles y corrió hacia mí. “¿Está todo bien?” me preguntó mirándome y observando a mi marido que equilibraba una maleta y dos bolsas. “Pensé que el doctor te había mandado a casa”.

“Creo que llegó el momento”, dije entre dientes mientras respiraba profundamente.

Rápidamente me tomó del brazo y me llevó a su oficina.

“¡Increíble! ¡Qué emocionante!” Ella me sonrió como si fuera su hermana. Apuró a otra nueva mamá para que saliera de la sala de parto y le dio órdenes a los limpiadores para que prepararan rápidamente la sala. Se quedó conmigo hasta el final de su turno y luego prometió visitarme al día siguiente.

La noche siguiente, Shana vino a verme.

“¡Mazal Tov! Supe que estuvo bien. Te ves increíble. ¡Déjame verla!”. Conversó conmigo diez minutos antes de volver a su lugar de trabajo.

Y ahí fue cuando me di cuenta.

Cuando yo realmente necesitaba atención y ayuda, no había filas, ni tonos fuertes, ni confusión, ni esperas. Yo era el centro del mundo, un miembro de la familia. No había duda.

La semana siguiente, mi vecina israelí, Ronit, tocó mi puerta.

Era Motzei Shabat (sábado a la noche al término de Shabat). Yo estaba tirada en el sofá con mi bebé de una semana acostada en mis brazos. En el piso habían esparcidos pedazos de playmobil y piezas de lego y la mesa del comedor estaba cubierta con comida en fuentes de aluminio y pedazos de papel aluminio.

Cuando entró, me levanté rápidamente y traté de sacar las chaquetas y piezas de rompecabezas del sillón pero ella me hizo a un lado. Ella agarró las chaquetas y las colgó. Luego examinó el desorden mientras me preguntaba en hebreo cómo me sentía.

Momentos después, su marido llegó con sus tres hijos y una botella de whisky. Habían venido a hacer un Lejaim con mi marido por el nacimiento de nuestro nuevo bebé.

Ronit, al darse cuenta que los platos estaban apilados en mis dos lavaplatos, tomó una esponja.

“¡No, No!”, le rogué. “Los voy a lavar después que acueste a los niños”.

Pero ella ya estaba poniendo el jabón sobre los platos. “Quiero lavarlos”, me insistió, mientras fregaba. “Me alegra hacer esto”.

Apelé diciendo, “Tengo mucha energía, gracias a Dios. Yo quiero lavarlos. ¡En serio!”.

Pero ella me miró como diciendo. “¡¿Realmente piensas que te creo eso?!”.

Mi marido se estaba riendo en la sala, sirviendo otro trago para nuestro vecino. Le llevé al bebé y corrí a la cocina para guardar los platos.

“No, no. Siéntate”, me regañó mi vecina.

Pero, ¿cómo podía sentarme mientras ella limpiaba la pegajosa suciedad de mis platos, sacaba los guisantes y el arroz de mi colador y botaba los panes verdes que habían quedado afuera toda la semana? ¡Era una deshonra!

Y luego, tan rápido como vino, se fue.

Miré alrededor en mi brillante cocina y me sentí secretamente feliz de que mi vecina hubiera ignorado mis ruegos. Mi marido se limpió una lágrima de su ojo.

“¡Qué buena gente!”, dijo suavemente entre dientes.

“Sí…”, asentí, disfrutando la tranquilidad que acompaña a una cocina limpia. Y en ese momento, decidí que esperas caóticas en salas de hospital y largas filas no eran tan malas después de todo. De hecho, me beneficié enormemente y empecé a apreciar mi entrenamiento en terreno sobre la energía israelí.

Más aún, con mayor entrenamiento, podría ser más como Ronit, mi vecina – una persona que utiliza sus capacidades energéticas para hacer buenas acciones.

Israel no es un lugar fácil. Pero cuando es bueno, es realmente bueno. Y ese “bueno” es lo que hace la vida aquí tan especial.