50,000 israelíes (después del ejército) van a India cada año buscando libertad, pasar un buen rato y espiritualidad en las religiones orientales. En la villa Bhagsu en el norte de la India, cerca de Dharamsala, aproximadamente el 60% de la población es israelí. Los carteles y los menús en todos los negocios están escritos en hebreo, los teclados en los ciber-cafés tienen letras hebreas y los menús de los restaurantes tienen humus y ensalada israelí en ellos. Cuando no están sentados en ronda tomando chai y hablando, muchos se inscriben en retiros de yoga y de meditación, curación ayurveda y cursos de masajes y todo un rango de diferentes prácticas espirituales.

Un hombre que entiende muy bien lo que ellos están buscando es Bradley Cohen, un nuevo inmigrante israelí que pasó seis años en oriente, aprendiendo tradiciones espirituales y artes marciales. Hace dos años vino a Israel, en donde encontró comprensión espiritual y la sabiduría de la Torá estudiando en Aish HaTorá. Hizo aliá en noviembre pasado. El año pasado, en abril, caminó toda la longitud de Israel para recaudar dinero para los orfanatos en África y en Israel, creyendo que debemos ser una luz para las naciones mediante el trabajo de tikún olam – reparación del mundo.

Su último proyecto lo vio regresar a India y liderar a un grupo de 15 mochileros israelíes de entre 20 y 27 años, hacia las colinas del Himalaya, para ser voluntarios en las escuelas locales por la mañana, y aprender sobre sabiduría y espiritualidad judía por las tardes. Cohen consiguió a todos los voluntarios después de poner un cartel en hebreo en la villa de Bhagsu, un lugar popular de turismo israelí ubicado a media hora de Dharamsala.

“Es asombroso que esa gente viene hasta aquí buscando espiritualidad y verdad. Ellos, al igual que yo, nunca fueron introducidos a la belleza del judaísmo, y no piensan buscar en él las respuestas a preguntas sobre la vida. Fue triste para mí ver que tanta gente había tenido experiencias negativas y mala interacción con judíos religiosos. Creo que encontraron estimulante la posibilidad de hacer todas sus preguntas a alguien con kipá y tzitzit que al mismo tiempo puede relacionarse con la realidad de ellos”.

El curso duró seis días, durante los cuales el grupo se adentró en las montañas para llegar a pie a cuatro escuelas locales. Ellos tuvieron que cocinar, sobreviviendo a menudo sólo con arroz y vegetales, durmieron en el piso de las escuelas, hicieron fuego, se bañáron en el río, etc. – una verdadera experiencia de "vida aldeana hindú". El grupo, patrocinado por el American Jewish Joint Distribution Committee, proveyó a 200 niños de cuadernos, bolígrafos, equipamiento deportivo y musical, libros de historias en inglés y en hindú, murales y pósteres, ollas a presión y todo tipo de equipamiento necesario para las escuelas. Llevaron a cabo talleres de arte creativo, lecciones de inglés, música y clases de ejercicio, y en general, pasaron un muy buen momento con los niños y les brindaron lindos recuerdos para toda la vida. En las tardes y en las noches, Cohen enseñó meditación judía, dio clases sobre temas judaicos, y respondió todas las preguntas que el grupo tenía sobre judaísmo.

Los voluntarios mismos eran variados en su nivel de observancia judía y a menudo tuvieron largas discusiones sobre cómo obviar las brechas religiosas en Israel. “Una de las mejores cosas era ver a los religiosos y a los no religiosos trabajando juntos y respetándose los unos a los otros, y discutiendo temas importantes en las noches, sacándose de encima ideas previas y prejuicios”, dice Cohen.

El programa también mejoró mucho la reputación de los viajeros israelíes entre los locales, demostrando que los israelíes quieren extender la mano y ayudar, más que solamente tomar y explotar el país.

“Como nación tenemos una obligación de hacer tikún olam y ser una luz para las naciones, una tarea en la que tuvimos éxito en este viaje. Fue un inmenso Kidush Hashem”.