Cuando mi auto alquilado comenzó a chisporrotear, avanzando a tirones mientras me dirigía hacia el carril de la izquierda, no tuve que pensar mucho para entender lo que estaba ocurriendo. Unos momentos antes, les había murmurado a mis dos hijos atados con el cinturón de seguridad en el asiento de atrás: “¿Deberíamos comprar gasolina o llevar a Abigail al jardín?, estamos tan atrasados…”. Y luego el auto se detuvo por completo en el medio del carril para doblar a la izquierda de una importante autopista israelí, sólo a unos minutos de la gasolinera.

Este era un momento aterrador para una nueva inmigrante con conocimientos mínimos de hebreo. No tenía grúa, no tenía idea de cuál era el número de la policía, tampoco sabía en qué ruta estaba, y un auto desprevenido a 90 km/h me podía chocar en cualquier momento.

Pero no estaba sorprendida de estar en esta situación. Había estado demasiado tiempo en Israel (tres semanas) sin ningún contacto con la policía israelí, sin contacto con un israelí apasionado gritándome en hebreo, y sin contacto con israelíes que pensaban que yo era una norteamericana irresponsable (yo pensaba que una vez que el tanque se vaciaba todavía tenías combustible como para recorrer por lo menos unos cincuenta kilómetros… quizás no en Israel).

"¿Qué necesitas? ¡¿Gas o gasolina?!". El hombre que me estaba ayudando estaba gritando, revoleando sus brazos en el aire, frustrado por mi falta de capacidad para entender su pregunta. Yo hice gestos con todo mi entrenamiento pantomímico tratando de expresar la acción de poner gasolina en el auto. ¿Cuál es la diferencia entre gas y gasolina? ¿No era obvio que me había quedado sin gasolina? ¿Acaso él pensaba que necesitaba gas propano para mi parrillada en un momento como éste?

Vino la policía, los encargados de la gasolinera se pusieron a llenar botellas de agua con gasolina, y yo me quedé parada atónita al costado del camino con mi hijo de dos años en mis brazos y con el de seis a mi lado, buscando algunos shekels en mi billetera vacía.

Toda la preparación que hice en Norteamérica no me podía preparar para la extenuante transición de mudarse a un país extraño embarazada de siete meses y con tres hijos.

Y esto no tenía nada que ver con Israel, con su burocracia, sus largas colas, y las extrañas horas de trabajo. Esperar en la cola por una tarjeta de seguro social en Estados Unidos tampoco es algo fácil.

Sino que se trataba de vivir en un departamento pequeño durante dos semanas, con el cambio de horario, sin lugar para desempacar, con los colchones en el piso de la cocina y con pocos juguetes con los que entretener a los niños. Tener que abrir una cuenta bancaria con tres niños a cuestas y sin chupetines suficientes con los que sobornarlos por una hora. Y las compras de supermercado y no entender lo que son la mitad de los productos, cuáles son casher y cuáles no, y cuánto cuesta la comida en mi carrito. Comer mucha pasta y pizza. Perder un giro en la autopista, no encontrar otra salida y dirigirse hacia los territorios palestinos. Esperar tres semanas para recibir nuestro cargamento de cosas y las comodidades de nuestra vida –un sofá, un sillón, la cuna del bebé, mis platos, la lavadora y la secadora. Mis bolsas de avena. No tener internet ni conexión telefónica por casi tres semanas.

Nunca culparía a Israel por todo mi estrés. En realidad, Israel ha sido muy amable con nosotros.

Y luego, por supuesto, la gran pregunta --¿Quién soy en Israel? ¿Soy Tara o Miriam, mi nombre hebreo de nacimiento? Pero va más allá del nombre. Es toda mi identidad judía.

¿Y qué si la aliá (mudarse a Israel) era mucho más complicada hace 30 años? La nuestra igual era muy difícil.

Nunca culparía a Israel por todo mi estrés. En realidad, Israel ha sido muy amable con nosotros. Fuimos recibidos en el aeropuerto con los brazos abiertos. Absolutos extraños se nos acercaron en el parque o en la calle para desearnos buena suerte. Esperaron pacientemente mientras yo trataba de comunicarme con un hebreo forzado y con señas. Me han corregido con amor y con ánimo. Ofrecieron juguetes y han ofrecido a sus hijos para que jueguen con los míos.

Antes de abordar el avión en el aeropuerto JFK de Nueva York, pensé: “Estamos a punto de embarcarnos en la mayor aventura de nuestras vidas. No tenemos idea sobre los desafíos que vendrán, pero nos están esperando. No tenemos idea sobre los éxitos que tendremos, pero seguramente nos están esperando también”. La excitación de lo desconocido nos daba alas y nos motivaba.

Cuando me senté con mi hijo en su orientación para kitá alef (primer grado), sin entender una sola palabra de la presentación del maestro, mis ojos se humedecieron. Miré a mi hijo acomodar su cartuchera, su cuaderno y su bolígrafo en su escritorio, y vi cómo observó a los otros niños en la clase, a los escritorios bajos y al anticuado pizarrón.

"¿Mi ze?" (¿Quién es?) preguntó la morá (maestra) desde el frente del salón refiriéndose a mi hijo. Con el poco hebreo que sabía, lo presenté orgullosamente, y agregué inmediatamente que éramos nuevos inmigrantes y que hablábamos poco hebreo.

Vi a mi hijo sonreír mientras era llamado al escritorio de la maestra para recibir una calcomanía en su camisa que decía: “Bienvenido a kitá alef”. La maestra le dijo algunas palabras más, y él me miró impotentemente esperando una traducción.

Las lágrimas corrieron por mi rostro. “Si yo no entiendo una palabra, él está completamente a obscuras, ¿cómo se las arreglará? ¿Por qué lo estoy sometiendo a esto?”. Me recordé a mí misma lo que me habían dicho otros. Los niños luchan durante los primeros meses, y luego un día les hace "clic", entienden hebreo y comienzan a hablarlo.

Y me consolé. Sólo podemos prepararnos a nosotros mismos y a nuestros hijos para la vida hasta cierto punto. Y luego, cuando el auto se queda sin gasolina o nos sentimos perdidos en la escuela o en el supermercado, y los desafíos se acrecientan - ahí es cuando comienza el crecimiento real.

Después de todo, vine a Israel para crecer, ¿no?

Mi ayudante de limpieza, Mazal, siempre tiene mucho que decir. Cuando se fue de casa hoy, vio los marcos de nuestras puertas desnudos. "¿Ma ze? (¿Qué es ésto?) ¿No hay mezuzá? ¡Ze lo tov! (¡Esto no es bueno!)". Como si hubiera querido decir: ¡Necesitas la protección de Dios! ¡Ahora!

Aquí en Israel mi empleada doméstica no religiosa nota un marco desnudo. El vendedor en la mueblería nos desea un Shabat Shalom. El adolescente en la gasolinera pasa diez minutos explicando cómo obtener combustible. El encargado de mi comunidad visita mi ulpán para desearnos buena suerte y para responder a nuestras preguntas. El propietario de la verdulería me brinda un mazal tov por hacer aliá y me felicita por mis habilidades para el hebreo y por mi valentía. Aquí no hay autos en Shabat, es un momento tranquilo y apacible.

¿Qué puedo decir?

A pesar de los desafíos y de las preocupaciones, hemos sido lo suficientemente bienvenidos a nuestra tierra natal.

Y, afortunadamente, no recibí una multa de 700 shekels por quedarme sin combustible en la autopista.

Gracias a Dios, todo está bien aquí en Israel.

Gracias a Dios, todo está bien aquí en Israel.