“¡Apúrate! ¡Los de la mudanza estarán aquí en dos minutos y hay una pila de ropa en la cama arriba!”. Estaba corriendo por nuestra casa israelí, dándole órdenes a mi esposo, quien estuvo despierto hasta las tres de la mañana la noche anterior. Él miraba hacia afuera, por la ventana que da al patio, con las manos en los bolsillos.

“Aún tenemos tiempo querida”. No teníamos tiempo, pero no tenía tiempo para discutir. Escuché un camión retumbando desde la distancia en nuestra calle.

Esta no era nuestra mudanza de la aliá. Habíamos hecho aliá el año anterior desde Nueva Jersey a una ciudad en el centro de Israel.

Ahora, las piezas para armar junto con la vajilla de plata y las agujas de coser bajo el sofá me recordaron las pilas de chatarra que tuvimos que clasificar en Estados Unidos. En la cocina había cajas hasta la mitad de lasaña y de latas de hongos, al lado de bolsas de plástico abiertas de paprika y de chile en polvo.

Fue hace sólo dos años, sentada en la alfombra verde del dormitorio de mi hija en Nueva Jersey, que finalmente aceptamos mudarnos a Israel. “¡Es tiempo de mover un poco el bote!”, exclamó mi marido.

Bueno, mover un poco el bote era una subestimación. El bote casi se parte por la mitad cuando llegamos a Israel y nos enfrentamos a los desafíos relativos a las finanzas, a aprender hebreo, a elegir la educación apropiada para nuestros hijos, y a encontrarnos espiritualmente en nuestro nuevo lugar.

Los de la mudanza irrumpieron groseramente, liderados por su supervisor, un jasídico de Breslov de 1,80 metros. Comenzaron inmediatamente a cargar las cajas en el camión. Mi marido todavía estaba parado junto a la ventana.

¿Cómo puedo dejar este lugar, en donde cada Shabat me siento junto a un hombre que ayudó a liberar el Muro de los Lamentos?

Yo sabía lo que él estaba pensando. ¿Cómo puedo dejar este lugar, en donde cada Shabat me siento en la sinagoga junto a un hombre que ayudó a liberar el Muro de los Lamentos y junto a otro hombre que ha estado estudiando Torá por 30 años?

A pesar de nuestras luchas internas, la vida era buena. Dejar a los chicos en la escuela a la mañana era pan comido. No había embotellamientos, mucho lugar para estacionar. Teníamos una casa espaciosa (mucho más linda que cualquiera que hayamos ocupado en Estados Unidos). ¿Y qué me dices de la mujer que me hizo llorar, cuya fe se había elevado hasta niveles inéditos después de ser expulsada de su hogar por más de 25 años en Gush Katif? Había gente muy justa allí. Y por supuesto, ¿Cómo podríamos dejar a toda la gente amable con la que hicimos amistad durante el año?

Pero faltaba algo.

En un nivel práctico, necesitábamos más clases en ingles, más recursos, más gente… una ciudad.

Mi marido se presentó ante el supervisor y le dio un abrazo. Después de todo, este jasídico de Breslov sería el responsable de trasladarnos a un nuevo episodio de nuestra travesía.

“Espero que no tengamos que conseguir otro camión”, dije tímidamente, avergonzada por nuestra cantidad de cosas.

“Y si necesitan, necesitan. Sólo Dios sabe lo que necesitan”, dijo el jasídico.

Me cayó bien este encargado de mudanzas.

“¡Querida! ¡¿Dónde está la cinta?!”, gritó mi esposo desde la oficina.

“¡No tengo idea! ¡Tú la tuviste último!”. El bebé estaba llorando en su cuna arriba, y yo no podía buscar la cinta. Además estaba agotada. Todavía estaba cansada desde el año pasado. Todo ese empacar en Estados Unidos y el desempacar cuando hicimos aliá. Todo ese decir “adiós” antes de salir y el “encantada de conocerte” cuando llegamos.

Todas esas adaptaciones. Pensé que ya habíamos terminado.

Pero nos estábamos mudando nuevamente. Esta vez, era una mudanza local. De un asentamiento a una ciudad a 25 minutos de distancia.

Todas esas cajas me recordaron cuando el taxi nos dejó frente a nuestra casa hace un año, con 17 valijas. Y en aquel entonces me pregunté: ¿Habremos tomado la decisión correcta? La vida era buena en Nueva Jersey.

Saqué al bebé de la cuna. Ahora tenía una buena excusa para dejar de empacar. Mi esposo entró con la cinta. “Tenemos al menos dos mudanzas más después de ésta”, dijo, “cuando compremos una casa, y cuando nos mudemos a un hogar para ancianos”.

Alimenté al bebé afuera, mirando mientras se llenaba el camión.

Nuestro amigo jasídico miró las casas bonitas de la calle. “Se están mudando a un buen lugar. No se preocupen”, dijo, al ver mi ceño fruncido y mis labios apretados. En realidad él tenía razón, me recordé a mí misma.

Israel había fortalecido nuestra fe, y sabíamos de alguna manera que esta mudanza era claramente el próximo paso en nuestra escalera espiritual. De hecho, una semana después de tomar la decisión de mudarnos, encontramos una casa para alquilar, tres escuelas y un shul. Dios nos estaba cuidando.

Recordé cómo me estremecí en esta época el año pasado, cuando dejé a mi hijo solo en la parada de colectivos de la escuela sin amigos a los que aferrarse, y sin saber hebreo.

Y ahora después de atravesar exitosamente su primer año en Israel, entró a su escuela nueva (la semana anterior a la mudanza) con una confianza recientemente descubierta. Entendió que eventualmente se aclimataría a estos nuevos entornos.

Es difícil ser un inmigrante, pero hay algo sobre Israel que hace que todo valga la pena.

Después de que la última caja estuvo depositada en nuestro nuevo salón, once horas después, mi marido llamó al jasídico y a sus tres trabajadores no religiosos. Les pasó a cada uno un vaso de plástico con whisky, y exclamó con gratitud: “¡Lejaim tovim – por los nuevos comienzos!” Y bebieron juntos.

En Israel, nuestra claridad y voluntad de tomar riesgos ha crecido. Es difícil ser un inmigrante, pero hay algo sobre Israel que hace que todo valga la pena. Lo más probable es que sea la noción de que la presencia de Dios aquí es más fuerte.

Tengo la sensación de que esta no es nuestra parada final antes de comprar una casa y de mudarnos a un asilo de ancianos. Sé que nuestra casa nueva es sólo otra parada en nuestro viaje, y eventualmente nos empujará a la parada siguiente y a la que le siga.