Estaba manejando sola en mi auto, preguntándome si me perdería en la Ruta 6 camino a visitar a ni nieto recién nacido. La parte trasera del auto estaba llena con diminutas ropas de bebé y con un paquete de pañales de tela azules, ¡por los viejos tiempos! Siempre son útiles, hasta en la era post-pañal de tela.

Estaba disfrutando del paseo matutino desde Kfar Etzion. Pasé Beit Shemesh, y de repente vi dos autos parados al costado del camino. Un soldado había detenido su auto, y un hombre jasídico estaba haciéndome señas desesperadamente para que me detuviera.

“Por favor Dios, que no sea por terroristas”, la plegaria se atravesó por mi mente. “No soy lo suficientemente fuerte como para lidiar con eso”. Pero el soldado, que estaba hablando por celular, parecía bastante calmo. El hombre jasídico no lo estaba.

“¡Por favor ayúdenos! ¡Mi esposa está dando a luz en el auto! ¡Tiene que ayudarnos!”

Me detuve y abrí la ventana. El hombre vino corriendo hasta mí. “¡Por favor ayúdenos! ¡Mi esposa está dando a luz en el auto! ¡Tiene que ayudarla!”.

Asentí tontamente y apagué el motor. “Nada más me limpiaré las manos”, dije, sacando el tubo de desinfectante de manos que nunca antes había utilizado para nada ni remotamente parecido a esto. Mientras me frotaba las manos entre sí, recé por un parto fácil, para mí y para ella. ¿Mencioné que no soy buena con la sangre?

Me apuré en llegar hasta el pequeño auto, en el que su esposa estaba acostada en el asiento trasero, con su cabeza apoyada contra una puerta y sus pies hacia el otro lado. Estaba realmente dando a luz.

El soldado vino corriendo hacia mí con el teléfono celular. “¿Sabe lo que hacer?”.

“Espero”, dije, sin olvidar lo aprensiva que soy. “¿Tú no eres médico o algo útil como eso, verdad?”.

“No, pero tengo al Maguen David Adom aquí en el teléfono. Ellos te explicarán”, dijo, pasándome el teléfono.

Desafortunadamente, no soy de la generación que puede hacer otras cosas mientras mantiene una conversación con el teléfono celular sujetado entre la cabeza y el hombro. Para poder hablar por teléfono necesitaba al menos una mano para sostenerlo. Y necesitaba las dos manos para traer a este bebé al mundo. Puse el teléfono en el techo del auto. Mis manos estaban temblando, pero yo estaba en piloto automático. Tengo cuatro hijos y tres nietos en mi haber, eso debe contar para algo. Algún poder más grande me estaba guiando.

La cabeza y el pecho del bebé ya estaban en un charco de agua, básicamente todo lo que tenía que hacer era agarrarlo. Tiré gentilmente al bebé de sus hombros y lo puse sobre su madre, como en las películas. Y fue bastante limpio también. Por una fracción de segundo dejé de temblar y estuve muy contenta de haber detenido el auto.

“¿Cómo está? ¿Está bien? ¿Está respirando?”, preguntó la madre.

“Es increíble, está llorando y respirando y su color es bueno. ¡Mazal tov!” le dije. Nuestras miradas se reunieron en el asiento trasero del auto y en el bebé que estaba llorando y retorciéndose, ahora ya descansando sobre el suéter de su madre. Y nos miramos, sabiendo que solamente las mamis y Dios pueden producir milagros como el que acabábamos de atestiguar. “¿Qué número de hijo es éste?”.

“El tercero”, dijo. Yo sonreí, recordando lo rápido que fue mi tercer parto.

El soldado puso el teléfono en mi mano, devolviéndome a la realidad. Hablé con la partera.

“Está afuera, está llorando y su color es rosado. Lo acabo de poner sobre su madre”, dije orgullosamente, “y no me desmayé”.

“No, no, no debería estar sobre su madre. Póngalo al mismo nivel que su madre”, instruyó ella. Hice lo que dijo. La madre se quejó de que el asiento del auto estaba demasiado sucio.

“Tienes que envolver al bebé”, dijo la partera.

Envolver al bebé. ¿Envolver al bebé? ¿En qué? No tenía un sweater o una sábana en el auto conmigo. Los padres no habían traído nada. Luego recordé – los regalos para el bebé en el asiento trasero del auto. Eufórica con esta feliz coincidencia, corrí y saqué el paquete de pañales de tela. Envolví al bebé en uno de ellos y puse otro sobre la madre.

“¿Está bien envuelto?”, preguntó la partera. “¿Está respirando?”, preguntó.

“Sí, ambos”.

“Cierra la puerta del auto para que no tenga frío”.

Eso tenía sentido, pero era difícil de maniobrar con los pies de la madre saliendo del auto.

“Necesito cerrar la puerta para que el bebé no tenga frío”, le dije. “Deslízate hacia atrás y yo moveré al bebé”. Lo hicimos. Le quité sus zapatos y cerré la puerta.

“La ambulancia está viniendo”, dijo el soldado. “¿En dónde estamos exactamente?”.

“En frente del Moshav Mesilat Tzion”, dije. Él le dio instrucciones al conductor de la ambulancia.

El padre, quien parecía mucho más nervioso que la madre, se paró conmigo afuera del auto. “No miré para ver si el bebé es niño o niña”, le dije, no queriendo admitir que había tenido miedo de mover el cordón umbilical para mirar.

“Nos dijeron siempre que era una niña”, dijo.

“¿Y cuál es el nombre de su esposa?”, pregunté.

“Gitel”, me dijo. “No tienes idea la gran mitzvá que hiciste”, siguió repitiendo una y otra vez. ¡Para entonces, yo estaba tan alborozada que no me hubiese perdido esta experiencia por nada! ¿Acaso los doctores y las parteras se acostumbran a esto?

Mis manos todavía estaban temblando y mi corazón estaba latiendo muy fuertemente, no estaba en condiciones de conducir. La ambulancia iba a llegar pronto, y para ese momento yo ya me habría calmado.

Cuando llegó la ambulancia, dos hombres que se veían calificados salieron con una camilla. El primer paramédico miró y dijo: “Jaim, trae el kit de partos”.

Le deseé a Gitel mazal tov y shaná tová. Me dio una cansada sonrisa y un apretón de manos.

Como no tenía nadie a quien contarle, grité con todas mis fuerzas: “¡Acabo de traer un bebé al mundo!”

Mi trabajo aquí había terminado. Los miré cargar a Gitel y a su bebé a la ambulancia. De mala gana, entré al tráfico y me encaminé hacia Raanana. Mis manos estaban pegajosas pero mi corazón estaba volando por los cielos.

Como no tenía nadie a quien contarle, grité con todas mis fuerzas: “¡Acabo de traer un bebé al mundo!”.

Ninguno de los otros conductores pareció muy impresionado. Simplemente me sobrepasaron.

Cuando llegué a la casa de mi hijo, él y su esposa estaban asombrados al escuchar que acababa de traer a un bebé al mundo. Meciendo a mi nieto, pensé en la bebé recién nacida a quien probablemente nunca volvería a ver. En nuestro apuro (y shock) a nadie se le ocurrió intercambiar números telefónicos. Le deseé a la bebé lo mismo que le deseé a mi nieto: una vida feliz, saludable y larga, rodeada por una amorosa familia.