Mi bisabuelo se escapó de Europa hace unos 100 años, antes de la Primera Guerra Mundial. La leyenda dice que logró abordar el último barco que salió. Pareciera ser que todo el mundo viajó en el último barco, debe haber habido muchos últimos barcos.

De cualquier modo, eso me convierte en americano de cuarta generación. ¡Cuarta generación! Eso es bastante.

De niño, cuando tenía 10 años, me veía tan norteamericano como alguien se puede ver. Pero en el fondo llevaba una vida completamente diferente. Vivía en la sombra de los miles de judíos que huyeron de Europa para llegar a un lugar: Israel.

Puedo ver frente a mí las caras de aquellos judíos extremadamente flacos abarrotados como sardinas en barcos pesqueros, cuando veían por primera vez las costas de la Tierra Santa.

Los barcos que lo lograban entraban en el muelle, los hombres y mujeres recibían armas y eran llevados a pelear por su país, un país que habían perdido hacía mucho tiempo pero que ni siquiera conocían. Los niños y los ancianos eran llevados a diferentes kibutzim. Esas eran las historias con las que crecí. Incluso cuando vivía cerca de Beverly Hills, yo sabía que mi hogar verdadero estaba del otro lado del océano.

Cuando tenía 19 años y era el líder de una banda musical disfrutando el verano en las montañas Catskill, esas imágenes no dejaban de aparecer en mi mente. Por lo que tomé una decisión: no mirar hacia atrás. Conseguí un trabajo de heladero en un negocio en Woodbourne y ahorré suficiente dinero para comprar un pasaje de ida a Israel y también un poco de dinero para gastos.

Y ahí estaba yo a los 22 años, viviendo en Jerusalem, casado y con dos hijos. Pero por alguna razón todavía sentía que algo estaba faltando.

¿Por qué no debería unirme a esos rostros, los de aquellos guerreros judíos? Si judíos enfermos y raquíticos lo hicieron, ¡entonces también lo puede hacer un norteamericano de cuarta generación!

Bueno, con la ayuda del General Effie Eitam, mi sueño se hizo realidad. Me convertí en un soldado del ejército israelí.

Todavía no puedo olvidar esos momentos en lo que me puse el uniforme verde, las lágrimas cayendo por mis mejillas. Estaba rodeado por un grupo de otros judíos de todo el mundo – Sudamérica, Sudáfrica, Australia, Alemania, Etiopía, India, Rusia, Francia, Turquía. Hasta teníamos a uno de Irán.

Todos sentíamos las mismas mariposas en nuestros estómagos, similares a las que sentí en el día de mi boda. Era el sentimiento de ser judíos volviendo a nuestra tierra, desde literalmente todo el mundo.

Después de mi servicio sentí que aún no había hecho suficiente, por lo que me enlisté en un curso para convertirme en un oficial de combate.

Aprendimos técnicas de liderazgo, estrategias y tácticas del ejército, y por sobre todo aprendimos que “uno para todos y todos para uno” es realmente un dicho judío.

En una de nuestras sesiones de entrenamiento, fuimos dejados en parejas, en el medio del desierto, después de memorizar los mapas por un par de días. Teníamos que encontrarnos en un cierto punto al final del día, después de haber recogido ciertas banderas. El terreno se ve completamente diferente a lo que se ve en el mapa. Un pequeño hundimiento en el papel era en realidad un valle inmenso. Nos reagrupamos y escalamos el Monte Carmel (no en vano tiene el nombre de monte) en formación de guerra, mirando en todas las direcciones para detectar al enemigo falso.

La escalada fue muy dura. Sentí que no iba a lograr llegar a la cima. Vi de reojo a Asher, uno de los muchachos más grandes de mi equipo, arrodillado sobre una roca y respirando profundamente. “No lo voy a lograr…”

“¡No Asher, es todos o ninguno!”

“No puedo. Olvídense de mí. Vayan ustedes…”

“De ningún modo”.

Hizo falta tres de nosotros para llevarlo a rastras, rotando cada cinco minutos. Cuando nos acercábamos a la meta, todos los equipos comenzaron a correr hacia la línea de llegada. Respirando profundamente, Asher dijo: “Vayan, ¡yo los alcanzaré!”, pero seguimos llevándolo con nosotros.

Todos llegamos a la meta. Nuestro equipo fue el último, pero bien adentro sabíamos que éramos los primeros. Más tarde esa noche, nuestro comandante de escuadrón dijo que Asher era el soldado número uno.

El sol se estaba poniendo, y nos alineamos para el Hatikva y el “Aní Maamín”. Aquellas mismas lágrimas fluyeron, sólo que un poco menos, porque estaba deshidratado por un largo día en el desierto. Las caras de los judíos deshidratados en los barcos pesqueros se aparecieron ante mis ojos. Me dije a mí mismo: Ahora estoy con ustedes, discúlpenme por haberme tardado tanto, pero aquí estoy, y estoy para quedarme.

Unirme a las Fuerzas de Defensa Israelíes ha cambiado mi vida. Además de la confianza en mí mismo, la sensación de logro y la disciplina, descubrí una conexión con algo más grande, una conexión con mi pueblo y con su tierra. La satisfacción de ser parte de la larga cadena de mis antepasados judíos. Luchar codo a codo con otros judíos de todo el mundo, sin importar cuál es el entorno del que vienen, preparados para hacer frente a cualquier enemigo que se levante en nuestra contra.

Es por eso que asumí el proyecto de ayudar a judíos de todo el mundo para que vengan y sean voluntarios del ejército israelí. Ahora es posible, para chicos judíos sin pasaporte israelí, venir y ser voluntarios en unidades de infantería de combate en el ejército israelí. Para más información visita nuestro nuevo sitio de internet en www.aishmachal.com.

Viviendo en Israel y sirviendo a mi país siento que soy el siguiente eslabón en la cadena de la historia.