Nunca pensé mudarme a Israel. Tampoco mi marido. De hecho, como judíos seculares, ninguno de los dos creció con Israel como una prioridad. Israel era un cero a la izquierda. Eso fue hasta hace ocho años cuando los dos (por separado) pasamos un año estudiando en Jerusalem.

Era fácil vivir una vida de estudiante en el lugar espiritual más candente del mundo judío. Éramos mimados y cuidados mientras profundizábamos en nuestras identidades judías, aprendiendo Torá diariamente.

Soñar con una vida espiritual en Israel era inevitable. Y luego, nos casamos y nos mudamos a Nueva Jersey.

Nuestros pies estaban pegados como con pegamento a la rueda de la vida, y parecíamos no poder liberarnos. Dejamos de crecer. 

Con gran excitación, nos subimos a la rueda de la vida y hemos estado dando vueltas y vueltas desde entonces. Un nuevo bebé, un nuevo trabajo, una nueva casa, otro bebé, otro trabajo. Y mientras la rueda continuaba dando vueltas, seis años pasaron delante de nosotros. Nos asentamos firmemente en nuestras vidas y comunidad, y… alcanzamos el status quo. Fue un lindo cambio. Pero cuando dejamos de movernos, dejamos de crecer. Nuestros pies estaban pegados como con pegamento a la rueda de la vida, parecíamos no poder liberarnos y seguíamos dando vueltas y vueltas.

Hasta que caprichosamente (bueno, él lo había estado pensando por un tiempo, pero para mí fue un capricho), mi esposo me dijo:

“¿Por qué no nos mudamos a Israel? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¡Israel es nuestra tierra!”.

Yo me reí de él, moviendo mi cabeza como diciendo: “¿Estás loco?”. Esa respuesta física estaba cargada de razones por las cuales no podíamos empacar nuestras maletas y mudarnos a tierra santa: Dejar nuestra familia, nuestros trabajos, la polarización de la sociedad israelí, el sistema educacional, seguridad, etc.

Pero mi marido siguió hablando. Su familia se había mudado a Florida y mi familia no estaba involucrada en nuestras vidas cotidianamente.

“¡Es momento de vivir el futuro de nuestra propia familia!”. Él estaba prácticamente saltando. “¡Yo podría administrar mi negocio desde Israel… los niños hablarán hebreo! Ellos verán la tierra y las colinas donde caminaron nuestros patriarcas. Ellos entenderán y verán que están conectados a una historia grandiosa, a un pueblo. Las calles estarán vacías en Iom Kipur…”. Él ignoró todos los otros temas, repitiendo lo que había escuchado tantas veces: “¡El futuro del pueblo judío es Eretz Israel!”

Entre pañales y platos, yo no podía relacionarme con ideas intangibles. Sólo podía pensar en términos prácticos. “Mi amor, nosotros no hablamos hebreo. ¿Cómo nos vamos a comunicar con los maestros de nuestros hijos? ¿Y a qué escuela irán?”

“Detalles, mi amor. Sólo detalles”. Él sonrió confiadamente.

Estábamos entrando en nuestro séptimo año de matrimonio, y yo estaba un poco inquieta. Yo simplemente no consideraba que mudarnos a Israel era la opción correcta.

“Mi amor, no estoy diciendo que debemos desechar toda nuestra vida y mudarnos al otro lado del mundo en un día. Esto requiere mucha meditación”. Mientras mi marido avivaba el sueño y el idealismo con entusiasmo, yo pasé muchos meses evaluando los asuntos prácticos, hablando con rabinos y nuevos inmigrantes, y también con varias organizaciones. Busqué gente que se opusiera a la idea. Después de todo, el cambio es difícil.

Pero nadie lo hizo. Nuestras posibilidades eran muy buenas.

Y así, con mucha confianza en el Todopoderoso, concluí que teníamos suficientes razones para intentarlo (y pocas para nointentarlo). ¿Qué más podía decir? Sabia en mi corazón que Israel era un lugar especial. Nadie tenía que convencerme de eso.

De una sola cosa estamos seguros: vamos a crecer espiritualmente.   

Cuanto más visualizábamos vivir en Israel como una realidad, más nos dábamos cuenta de lo atascados que estábamos en nuestra rutina. De hecho, un gran cambio como este, con todos los desafíos que implica, seguramente nos sacaría de nuestra “rueda”. Si bien perderíamos el status quo, nos convertiríamos en personas más fuertes. Yo apreciaba esa idea.

Y ahora, antes de partir, mientras discutimos con algo de miedo e indecisión comunidades y escuelas para nuestros hijos, De una sola cosa estamos seguros: vamos a crecer espiritualmente.

   A medida que comenzamos nuestro octavo año de matrimonio, nos preparamos para saltar de la rutina hacia lo desconocido. Estamos organizando nuestras vidas para mudarnos al otro lado del mundo, para unirnos al pueblo judío en nuestra tierra natal. Estamos vaciando nuestra casa, previendo los desafíos y preparándonos para crecer. Esperando hacer un poquitito de historia.

Israel es nuestra prioridad.

(Y ahora, empacar también es una prioridad).

Ansío compartir con ustedes la aventura de nuestra aliá en AishLatino.com.