Nos vamos a Israel en una semana y media.

Estoy agotada, corriendo, tosiendo, estornudando, y arrastrando mis pies. Hace unos días nos mudamos a un departamento de dos dormitorios para evitar el polvo tóxico de la construcción dentro de nuestra vieja casa de 90 años tomada por nuevos dueños. Hemos estado acarreando, transpirando, organizando, y limpiando, y aún no terminamos. Estamos durmiendo en colchones en el suelo, unos con sábanas, unos sin, y no tenemos ningún otro mobiliario excepto una pequeña mesa de bridge y unas sillas plegables. Nuestros bolsos de camping y maletas, que se desbordan de ropa y lencería, decoran el departamento, ofreciendo a mi hija de dos años muchas oportunidades de travesuras. Tenemos tan solo una olla, unas cuantas piezas de vajilla plástica y un quemador de la cocina funcionando. Definitivamente nos hemos reducido.

A pesar de tener una cantidad aplastante de cosas que hacer, no he olvidado que ahora son las tres semanas antes de Tishá B'Av. Durante este tiempo triste, cuando nos afligimos por la destrucción del Primer y Segundo Templo en Jerusalem, los siglos de antisemitismo y la violencia contra el pueblo judío, así como por la desunión de nuestra propia nación, Dios no está tan cerca de nosotros. Hay una distancia.

Y es esta distancia la que siento más intensamente cuando terminamos los preparativos finales para nuestro traslado hacia Eretz Israel.

Con nuestra casa y coche vendido, el contenedor de nuestras pertenencias más importantes navegando a través del océano, nuestros boletos de avión reservados, casa y escuela temporaria arregladas en Israel, y la mayor parte de nuestras pertenencias materiales tiradas o regaladas, nosotros encarnamos la definición de "almas pasajeras".

Ahora que es evidente que realmente nos trasladamos, los adioses comienzan. Mis suegros volvieron a Florida con sus corazones pesados después de una larga permanencia en Nueva Jersey.

"Entiendo porqué quieren trasladarse a Israel", compartió mi suegra conmigo antes de marcharse, "sólo que no quiero que ustedes se vayan". Y sus ojos se pusieron rojos. "Ustedes me están arrancando el corazón llevándose a mis nietos...".

Intenté consolarla. "Entender porqué nos vamos es un nivel muy alto…", pero yo sabía que no había nada realmente bueno para decir. Es un largo y caro viaje a Israel. "¡Pero las llamadas telefónicas serán gratis!". Nuestro teléfono de Internet y cámara web harán definitivamente la comunicación más fácil. Esto no es como hacer Aliá hace 50 o incluso 25 años atrás cuando algunas familias hablaban vía teléfono sólo una vez al mes durante unos cinco o diez rápidos minutos.

Y las amigas… a unas que he conocido desde antes del matrimonio. Compartimos historias de noviazgo, nos vimos casarnos, tener hijos. Nos hemos atormentado juntos sobre temas de crianza de los hijos y opciones escolares. Ahora ellas viven calle abajo y a pesar de que no nos vemos a diario, siempre estamos allí cuando es necesario.

Pero no será así cuando nos traslademos a Israel.

Sé que no somos pioneros.

Vagando por mi vieja casa vacía en busca de un par de ollas más y la última comida antes de irnos al nuevo departamento, organizando los papeles sueltos y la ropa restante, mis ojos se ponen acuosos. ¿Realmente nos estamos trasladando? ¿Realmente tuvimos éxito en la limpieza de esta casa? ¿Me podré conectar con la gente en Israel? ¿Encontraré lo qué busco? ¿Me convertiré en la judía que Dios quiere que yo sea?

Estoy teniendo dudas. ¿Es esto lo qué ocurre cuando estamos distantes de Dios?

Sé que no somos pioneros. Tantos otros han hecho Aliá antes de nosotros en circunstancias mucho más difíciles. Ahora, con tantos recursos disponibles y comunidades para irse, los desafíos están enormemente disminuidos.

De todos modos, el traslado a Israel, trasplantando a mi familia a través del mundo a un país, desde muchos puntos de vista ajeno a nosotros, es una tarea desalentadora y completamente loca de llevar a cabo. Sin una familia capaz de despedirnos con amor y buenos deseos, y ninguna familia para recibirnos con los brazos abiertos en el aeropuerto de Ben Gurion, sólo podemos esperar que nuestra confianza en Dios permanezca tan fuerte como durante el pasado año.

Que estemos hechos de más que solo "palabras".

Abordamos nuestros avión dos días después de Tishá B'Av. Shabat Najamú será nuestro primer Shabat. Mi esperanza consiste en que así como Dios promete traer a la gente judía cerca de Él después de Tishá B'Av, nosotros, también nos acerquemos a Él cuando comenzamos nuestra aventura en Eretz Israel. Y los sentimientos consoladores que uno a menudo siente después de Tishá B'Av nos abracen tanto más en nuestra nueva casa.