Estamos de pie junto a las tumbas de los nuevos soldados caídos. Son tan recientes que sólo hay un montículo de tierra cubierto con piedras y notas. Miro los pequeños pedazos de papel: "Te amamos. Te extrañamos. Siempre serás un héroe en nuestros corazones". Algunas de las tumbas tienen fotos de los soldados en ellos. Son tan jóvenes, y aparecen sonriendo, como si sus vidas recién estuvieran comenzando.

Una de las notas tiene garabateadas diez palabras en hebreo que ofrecen algo de consuelo: "La nación eterna no le teme al largo camino".

Miro estas palabras por un largo tiempo. Pienso en ellas mientras el padre de un soldado caído se encuentra de pie junto a nosotros y llora bajo el claro y despejado cielo veraniego. Y pienso en esas palabras mientras nos reunimos alrededor de la tumba de Max Steinberg, el soldado solitario que falleció hace pocas semanas en Gaza. El líder de nuestra misión, Rav Jonathan Morgenstern, se para junto a la tumba de Max y nos dice que esta tumba no tendrá muchas visitas de familiares, ya que la familia de Max vive en California, Estados Unidos. Y nos cuenta que Max era un extranjero, al igual que nosotros, que estuvo dispuesto a morir por lo que creía.

Una decena de grupos visitando Israel por primera vez que se encontraban en el cementerio se reunieron en torno a nosotros. Rav Morgenstern comenzó a recitar Kel Rajamim. Oh Dios, lleno de misericordia, Quien mora en las alturas, refúgialo en el refugio de Tus alas por toda la eternidad. Las lágrimas comenzaron a fluir por los rostros de la gente, al tiempo que una suave brisa se abría paso entre los árboles que acunaban a las nuevas tumbas. A mi lado, un joven de uno de los grupos se secaba las lágrimas mientras observaba las montañas a lo lejos. Todos estamos aquí para agradecer a estos soldados. Y a sus familias. Estamos aquí para honrar a aquello que ellos defendieron. De todas partes del mundo, nos paramos junto a estas nuevas tumbas y rezamos. La nación eterna no le teme al largo camino.

Más tarde visitamos el hospital y nos paramos junto a la cama de un comandante de tanques que había perdido a cuatro de sus soldados esa mañana en la batalla. Estaba sufriendo mucho; su pierna hecha añicos estaba situada en un artefacto de metal. Pero cuando nos vio se sentó en su cama, gimiendo de dolor. "Por favor, por favor recen por mis chicos que fueron asesinados. Eran tan buenos chicos. Recen por sus almas. Por favor, rabino, quiero que rece por mis chicos. Cuando vuelvan a casa, díganles a todos cuán valientes eran mis chicos. Cómo pelearon hasta el último aliento por ustedes. Por todos ustedes. Díganles que recen". Exhausto, se volvió a recostar y se aferró a la cama del hospital tratando de contener su dolor. "Asegúrense de que recen. Eran tan buenos chicos".

Visitamos a más soldados heridos. Les llevamos pequeños libros de Salmos que trajimos con nosotros. Les contamos que rezamos cada día por su seguridad y que pensamos en ellos; les contamos que en todas partes del mundo los judíos están rezando por su recuperación. Sus ojos se iluminan. Nos agradecen y nos piden que más gente venga de fuera de Israel a visitarlos. "Díganles cuánto los necesitamos. Cuéntenles cuánta fuerza nos da cuando vienen a visitarnos".

Más tarde, en la sala de conferencias del Hospital Barzilai en Ashkelon, el jefe de la sala de emergencias explica que cuando están bajo ataque de misiles deben evacuar al 70% de sus pacientes, y al 30% que no pueden ser enviados a casa los deben poner en los refugios. Nos muestra videos de cómo las incubadoras de bebés tienen que ser llevadas a un pequeño cuarto de concreto que se encuentra bajo el hospital. No puedo ni imaginar cómo logran hacerlo. La cantidad de maquinaria y tubos que deben ser transportados, el complejo nivel de organización que se requiere para evacuar a tantos pacientes. Nos muestra una foto de un misil que cayó a pocos metros de la sala de emergencias pero que milagrosamente no explotó. Nos muestra dónde está su casa, a 300 metros del borde con Gaza. Y nos muestra fotos de árabes de Gaza a quienes el hospital trata constantemente.

Una de las diapositivas muestra a una mujer embarazada que frenéticamente le pidió ayuda a Israel; Hamás estaba lanzando misiles desde su patio trasero, y ella estaba teniendo un embarazo complicado y quería ir al Hospital Barzilai. Israel inmediatamente envió una ambulancia a una zona extremadamente peligrosa para traerla a Ashkelon, donde tuvo a una saludable bebé. En la parte trasera de la sala de conferencia hay una muestra de lo que debe vestir el personal médico para tratar con situaciones de alerta y con traumas crónicos colectivos. La nación eterna no le teme al largo camino.

"Gracias. Nos dan fuerza. Cuando vuelvan a casa, díganles que vengan".

Más tarde visitamos la Unidad de Tratamientos Intensivos del hospital Soroka de Beersheva; sólo un soldado pudo atendernos. Le habían disparado en la garganta, pero la bala por pocos milímetros no rompió la arteria. Lo operaron en el campo de batalla y le hicieron una traqueotomía para que pudiera respirar por sí mismo. Por lo tanto no podía hablar aún, pero estaba completamente consciente y nos miraba con una cálida mirada y con una milagrosa sonrisa. "Gracias. Nos dan fuerza. Cuando vuelvan a casa, cuéntenles lo que ven. Díganles que vengan".

Los otros soldados que vemos en la Unidad de Tratamientos Intensivos son una imagen desgarradora. Heridas en la cabeza que transformaban a quien había sido un apuesto joven en un paciente hinchado e irreconocible, corazones que se habían detenido y que habían tenido que ser revividos artificialmente, metralla incrustada en orejas, frentes y cuellos. El doctor de la Unidad de Tratamientos Intensivos nos explica que la metralla no puede removerse nunca, ya que es demasiado peligroso. Nos dice que la categoría de "herido leve" no es lo que nosotros imaginamos. Puede significar haber perdido un ojo, una mano o una pierna. Imagina lo que es un herido moderado o grave.

Un soldado que se encuentra visitando a uno de sus amigos heridos nos dice: "Cuatro de mis amigos murieron ayer. Esta tarde voy a otro funeral".

Y nosotros también vamos a ese funeral en Har Hertzl luego de visitar el hospital. El funeral de Liel Gidoni. Hay cientos de judíos de todos los sectores de la sociedad. Seculares, religiosos, israelíes, extranjeros; todos se encuentran reunidos junto a las otras tumbas nuevas, aquellas que habíamos visitado por la mañana. El hermano de Liel grita al atardecer. "¡Por favor vuelve Liel, ayúdame con esto! No puedo decirte adiós. No sé cómo continuar sin ti. Liel, te has ido a un mejor lugar. Un lugar en el que no hay enemigos persiguiéndote. No hay explosiones. No hay lucha. ¿Pero a quién me voy a dirigir ahora cuando necesite a mi hermano, a mi amigo? ¿A quién me voy a dirigir cuando te necesite? Liel, no puedo creer que estoy aquí, esto no puede ser real. Pero tú eras el que siempre sonreía y decía que todo estaría bien. Eso es lo que necesitamos ahora. Liel, tu sonrisa y tu fortaleza, tu esperanza. Liel, ¡devuélvenos tu esperanza!".

Y entonces comienza el rezo por el soldado caído. "Este es un héroe que murió Al kidush Hashem, santificando el nombre de Dios. Que su alma encuentre reposo en el Gan Edén...". Hay un intenso e indescriptible sentimiento de unidad rodeando a la familia Gidoni. La nación eterna no le teme al largo camino.

Hay esperanza en el sufrimiento, plegaria en la duda y vida en la muerte. La hemos visto. La hemos sentido. La esperanza que emana de los pasillos del hospital y de la cima de Har Herzl. Vinimos a consolar y en lugar de eso, nosotros fuimos consolados. "Najamú, najamú amí, consuélense pueblo mío" leemos de Isaías en el Shabat siguiente a Tishá B'Av. Que Dios reuna a su nación eterna bajo Sus brazos y nos muestre la ruta a seguir en el largo camino que está frente a nosotros.