Lo más lógico sería que sienta una profunda desesperanza por el reciente atentado terrorista en contra de civiles judíos, el cual ocurrió a pocos metros de mi casa.

Sin embargo, no siento desesperanza. Obviamente no soy insensible ante el odio, ni ingenua respecto a nuestra frágil existencia. Hoy me encuentro descorazonada; las lágrimas corren por mi rostro. Pero no perderé la esperanza.

Hoy me encuentro exactamente donde debo estar: en la tierra que Dios le prometió a nuestros patriarcas, la Tierra de Israel. Desde que llegué aquí —hace trece años— hay una cosa que se ha vuelto cada vez más clara: los terroristas no me pueden decir que la Tierra Prometida les pertenece ni pueden extender su barbárica mano sobre ella.

Junto a mi esposo e hijos rezamos diariamente para ameritar la protección Divina. Y esta mañana, en el momento en que nos enteramos del atentado, tomé mi libro de Salmos y les di a mis hijos lápices y papeles para que dibujaran o escribieran y expresaran así sus sentimientos. Mis pequeños hicieron su mejor esfuerzo para mantener la calma ante el impactante desenlace de los eventos. Tranquilamente dibujaron y escribieron; mi hija mayor le escribió una carta a Dios, la cual puso en un sobre que luego selló, capturando para siempre sus pensamientos más profundos.

Pero no importa cuán horrible sea lo acontecido, cuán devastada me sienta por mis vecinos y cuán enojada me sienta por este brutal ataque; no perderé la esperanza. La Torá que Dios nos entregó le promete la Tierra de Israel a los descendientes de Abraham, Itzjak y Yaakov.

Es nuestro derecho vivir aquí, y gracias a una aparentemente inexplicable progresión de los eventos históricos, hoy tengo el privilegio de hacerlo.

La historia no comienza ni termina hoy. Estos inhumanos actos son manchas de sangre en el largo y complejo continuo del sufrimiento judío.

Así, en lugar de perder la esperanza, sé cuál es el mensaje que me ha llegado hoy: debo actuar. Debo fortalecer mi Torá, fortalecer mi observancia de las mitzvot —quizás elegir una mitzvá específica y mejorar la forma en que cumplo con ella—, y obviamente debemos rezarle a Nuestro Padre que está en el cielo para que nos ayude a mantener el foco.

Y espero que de alguna manera, mis acciones sean un mérito para el pueblo judío, y que esto nos ayude a presenciar prontamente la redención final.