Martes, 18 de noviembre, 2014

Son las 6:55 a.m. y mi marido vuelve de la tefilá. Los niños todavía duermen y yo ya estoy lista para irme al trabajo, tomo mi abrigo, mi cartera, me despido y comienza mi viaje al trabajo. Pensé que sería un viaje normal, como todos los días, pero estaba equivocada. A dos cuadras paso a buscar a una amiga, se sube y comenzamos a conversar.

Estamos saliendo casi de Jerusalem, cuando vemos una fila grande de autos, “que extraño” pienso, es un lugar donde generalmente no hay tráfico. Eran las 7:15 a.m. aproximadamente y mientras avanzábamos lentamente, vimos adelante que los autos estaban andando de una forma extraña: en zigzag y luego seguían normal. Más adelante nos dimos cuenta que la policía había instalado un checkpoint humano y que cada auto tenía que pasar lento, ellos miraban y luego seguías.

Seguimos nuestro viaje, conversando, escuchando música, cuando 10 minutos después, llegamos a la intersección de otra salida de Jerusalem. Ahora la cantidad de autos era mucho mayor, y ya comenzamos a pensar en algo grave. Cuando pasamos este otro checkpoint humano, le comento a mi amiga “parece que algo no tan bueno pasó”.

Al minuto, me llama mi esposo, me pregunta si ya llegué y le respondo que no porque están revisando los autos, y me dice: “Hubo un atentado en una sinagoga en Har Nof”. No pude contener mi grito de “¿¡Qué!?”. Mi amiga comenzó rápido a preguntar qué pasa, y cuando le dije, comenzaron a caerle lágrimas y comenzó a rezar Tehilim (Salmos). Yo trataba de preguntarle más cosas a mi esposo pero todavía no había detalles. Dejamos de hablar y encendí la radio.

En ese minuto, nuestro viaje de todos los días al trabajo se convirtió en un viaje de tristeza e incertidumbre. No sabíamos bien lo que había pasado, no sabíamos los nombres de los heridos, no sabíamos cuántos muertos había… las lágrimas caían, el viaje seguía…

Llegamos al trabajo angustiadas, sin ánimo, cada persona que llegaba tenía la misma cara: la cara de haberse secado las lágrimas antes de entrar… no hay palabras.

Unos días después

Hoy, después de unos cuantos días de la tragedia de Har Nof, sigo con el corazón en la mano, sigue apretándome el pecho de la angustia, siguen cayendo mis lágrimas.

Atropellos que dejan bebés, mujeres, jóvenes y policías muertos. Acuchillamientos que roban la vida de personas jóvenes y hacen que el viaje a casa nunca llegue…

“Masacre en Har Nof” fueron los primeros titulares. Un voluntario de Hatzalá (primeros auxilios), uno de los primeros en llegar al lugar del atentado, dijo: “Vi muchas veces en mi vida sangre, incluso mucho más que ahora, vi muchas veces en mi vida cuerpos en el suelo, incluso más que ahora, pero nunca vi y nunca en mi vida imaginé que vería, cuerpos en el suelo con talit y tefilín”.

¡Hashem! ¡Estaban rezando, estaban hablando Contigo, estaban cumpliendo Tus mitzvot! Lamentablemente, hoy en día no entendemos los caminos de Dios. Como dicen nuestros sabios, la prueba del final de los días, va a ser la prueba de la emuná, 'fe'. Cosas terribles pasan, no entendemos por qué, pero tenemos que tratar de no perder la emuná, no perder la esperanza de que Dios nunca nos va a abandonar y que finalmente nos va a redimir.

El pacto que Dios tiene con el pueblo judío es denominado en el Tanaj como brit mélaj o 'pacto de sal'. ¿Por qué? Comentan nuestros sabios, que así como la sal, es algo que nunca se deteriora, nunca se pudre, así también el pacto que Dios tiene con el pueblo judío nunca se deteriorará; perdurará para siempre, como la sal.

Casi una semana después de la tragedia, el ambiente sigue tenso, las caras siguen largas y el miedo se siente en el ambiente. Dos terroristas entraron a nuestro lugar más sagrado, al lugar más santo que hoy en día tenemos, al lugar en donde la voz de la Torá nunca se detiene, en donde estos tzadikim (personas justas) estaban envueltos en sus talitot, con tefilín en la mano y en la cabeza alabando a Dios. Y así mismo se fueron de este mundo, envueltos en santidad.

Y por eso tenemos tanto miedo, porque hay gente tan mala en este mundo, gente que es capaz de hacer algo así, incluso en el lugar más seguro para el pueblo judío. Antes, caminar en la calle daba un poco de miedo y en cada esquina estábamos atentos de que no viniera un auto muy rápido por si llegara a ser un terrorista, pero ahora no sólo afuera, sino que también adentro estamos con terror. Adentro de nuestras casas, de nuestras sinagogas. Sólo tenemos una cosa que nos deja seguir viviendo: el 'pacto de sal'. Dios nunca nos abandonará, podemos vivir cosas espantosas como esta tragedia que no tiene nombre, podemos estar angustiados y con temor, pero Dios siempre recordará a su pueblo, Dios recordará su 'pacto de sal', ese que siempre perdura y que finalmente nos traerá al Mashiaj.

Son las 6:55 a.m., han pasado unos cuantos días después de la masacre en Har Nof y mi marido llega a casa después de shajarit (plegarias matutinas), gracias Dios por traerlo de vuelta. Me caen lágrimas… estas mujeres no van a ver regresar a sus maridos nunca más después de tefilá

Dios, por favor manda consuelo a estas familias, a estas viudas, a estos huérfanos. Si nosotros, gente que sólo habíamos escuchado alguna vez el nombre de alguno de estos rabinos estamos sufriendo, no me puedo imaginar el dolor de estas familias, de estos hijos que estaban esperando que su padre regresara después de tefilá, a estas mujeres que estaban preparándole algo de comer a sus maridos a la vuelta de shajarit, sin embargo, no volvieron…

Dios está esperando cumplir Su parte del pacto, quiere estar aquí con nosotros, quiere que termine el sufrimiento, sin embargo, nosotros tenemos que acordarnos de nuestra parte: Dios nos promete que va a vivir dentro de nosotros si le construimos un santuario, (Éxodo 25:8) aprendamos de todo esto para terminar de construirlo, y que así, pronto, muy pronto este mundo sea uno en donde la voz de Dios se escuche en todos lados, un mundo en donde el sufrimiento termine, un mundo de paz.