A continuación, un relato en primera persona de una soldado israelí que participó en la delegación de rescate de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) en Filipinas a raíz del tifón Haiyan.

Nuestro viaje a las Filipinas comenzó en el aeropuerto internacional Ben Gurion mientras esperábamos instrucciones y nos alistábamos para abordar un avión con más de 100 toneladas de equipamiento. Éramos un grupo bastante diverso: 148 oficiales, soldados, médicos, enfermeras, técnicos de laboratorio, psiquiatras, psicólogos, personal de rescate, etc.

Delegación del FDI para Filipinas en el aeropuerto Ben Gurion

Soldado del FDI en Filipinas

Después de 12 largas horas de vuelo, llegamos a Cebú. Cuando bajamos del avión, comprendimos rápidamente que uno de los grandes retos que enfrentaríamos en Filipinas era el calor sin precedentes. Aterrizamos en un pequeño aeropuerto y estábamos rodeados de cientos de cajas con comida y cosas que habían sido enviadas desde el extranjero. Fuimos recibidos inmediatamente por decenas de residentes locales que se amontonaban para darnos la bienvenida en nuestros primeros momentos en Filipinas. Luego subimos a unos buses y viajamos 4 horas hasta Bogo, una ciudad profundamente afectada por el tifón Haiyan.

Banderas de Israel y Filipinas una al lado de la otraA pesar de nuestro cansancio, no pudimos evitar sentirnos cautivados por la belleza del lugar. Llegamos a la ciudad de Bogo el jueves por la noche y pasamos nuestra primera noche en el complejo deportivo local. Esa noche experimentamos nuestra primera lluvia en Filipinas a través del cielo abierto bajo el cual dormíamos (el techo del complejo deportivo fue destruido por el tifón). Había una sensación de excitación en el ambiente; un deseo de comenzar a trabajar lo antes posible. Los miembros de la delegación pasaron la noche tocando guitarra y cantando, y comenzaron a construir fuertes lazos entre ellos.

Nuestro primer día empezó muy temprano e inmediatamente comenzamos a descargar todos los suministros médicos que habían llegado. La cantidad era asombrosa: sillas de ruedas, máquinas de ultrasonido, pañales, medicamentos e incluso refrigeradores. La atmósfera se llenó de orgullo y entusiasmo, especialmente cuando izamos las banderas. La sección de pediatría fue decorada con juguetes y, casi instantáneamente, los residentes locales comenzaron a pararse en fila para recibir asistencia médica.

El día estuvo lleno de hitos importantes: admitimos nuestro primer paciente, y trajimos al mundo a un pequeño bebé, que fue llamado acertadamente “Israel”. El Teniente Coronel Dr. Ofer Merin, director médico del hospital, mencionaba constantemente la importancia de nuestra misión y decía: "Estamos aquí para responder a la llamada de auxilio". Tuve el privilegio de estar en la sala de partos minutos después del nacimiento de Israel y lo que sentimos en esa habitación fue realmente la esencia de la esperanza; la sensación de que después de esa horrible experiencia, la vida —y sobre todo una nueva vida—, continúa.

Médicos del FDI con el bebé recién nacido llamado "Israel"

La segunda mañana fuimos recibidos por unas 150 personas que hacían fila afuera del hospital, ansiosos por ser atendidos. El segundo día fue también el primer día en el que se utilizó la estación de rayos X, el laboratorio y la estación de optometría. Ciertos momentos fueron frenéticos, sentíamos un zumbido constante mientras veíamos a los pacientes esperando en línea. Los procedimientos continuaron, se produjo la primera cesárea y una mujer dio a luz en el asiento trasero de su coche.

Fue en momentos como estos que se mostró la verdadera naturaleza de la delegación del FDI; el compromiso de ayudar, sin esperar un 'gracias' a cambio. La sensación general aquí es de persistencia y compromiso con una causa; hacer lo que sea necesario para ayudar a las personas necesitadas.

Pediatra del FDI, Dr. Albukirk, atendiendo pacientes