Durante las últimas tres semanas, el pueblo de Israel —tanto en la Tierra de Israel como en la diáspora— ha pasado violentamente de la desesperación a la esperanza y finalmente al duelo.

Nos desesperamos con el reporte de que tres de nuestros hijos, tres niños adolescentes, estaban perdidos. Reportes de que habían sido secuestrados nos lanzaron hacia una turbulenta e implacable preocupación y angustia. Conociendo esta parte del mundo como la conocemos, conociendo a nuestros adversarios como los conocemos, la lógica nos dijo que había poca razón para tener esperanza; el silencio de los perpetradores, el hecho de que no hayan establecido contacto, que no hayan hecho demandas, hacía las cosas incluso peor.

Sin embargo seguimos con esperanza, especialmente después de ver a las familias de los jóvenes: familias santas, unificadas por madres dignas, espiritualmente aristocráticas quienes unieron a toda la nación. Ellas nos hicieron rezar, agregar más santidad a nuestras vidas, empezar Shabat un poco más temprano, encender velas extra. Estas familias nos inspiraron para ser lo mejor que podemos ser. Sacaron a relucir la poderosa unidad que es el secreto de este impresionante pueblo. Y aún así, Rajeli Fraenkel nos advirtió, "Dios no trabaja para nosotros" y puede que no haya un final feliz. Para algunos de nosotros, su recordatorio nos dio más razón para admirar a estas familias, ya que mantenían la perspectiva mientras otros no lo hacían.

Luego seguimos rezando, “¡Regresen a nuestros niños!”.

El reporte de que los cuerpos habían sido encontrados sumergió a toda la nación en un pesado duelo. Para algunos, este trágico final levantó preguntas de fe: ¿Qué hay de todos esos rezos y buenas acciones? ¿Qué hay de nuestra unidad? ¿Fue todo en vano? Nos dimos cuenta que habíamos estado rezando por un milagro que era imposible: Aparentemente, los niños fueron asesinados antes de que nosotros nos enteráramos de que habían sido secuestrados. El rezo por su sano regreso era un rezo imposible, sin embargo todos rezamos, y creo que los rezos sí tuvieron un impacto.

Rezamos por un final muy diferente, sin embargo hay unas cuantas posibilidades incluso más espantosas de cómo esto podría haber terminado. Nos libramos de la dolorosa decisión de intercambiar terroristas vivos con sangre en sus manos a cambio de los restos de los niños. Nos libramos del daño a nuestros soldados quienes valiente e incansablemente buscaron a los niños. El 14 de octubre de 1994, día en el que el soldado de las FDI y ciudadano estadounidense Najshon Waxman y Nir Poraz, comandante de la unidad Sayeret Matkal enviado para liberarlo, fueron asesinados (el mismo día en que fue anunciado que Yasir Arafat había sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz), sirve como recordatorio de que el final podría haber sido muy diferente.

Sin embargo, recuerdo específicamente otros tres niños que desaparecieron en esta misma época en el año 1982: Zvi Feldman, Yehuda Katz y Zachary Baumel. El 10 de junio, 19 de siván de 1982, en la batalla de Sultan Yacoub, perdimos unos treinta soldados, y tres desaparecieron. Zvi, Yehuda y Zach, quienes también tenían ciudadanía estadounidense.

Yo conocí a Zach. Estudiamos juntos en la Ieshivá Har Etzion; jugamos básquetbol juntos en un kibutz cerca de la Ieshivá, muy cerca de donde Naftali Fraenkel y Eyal Yifraj iban a la escuela.

Hasta el final de su vida, el padre de Zach buscó incesantemente información en relación al destino de su hijo perdido, y se fue a su propia tumba sin haber encontrado ninguna respuesta. El ganador del Premio Nobel de la Paz y architerrorista Yasir Arafat, si regresó las "placas de identificación" de Zach, pero nunca se molestó en explicar cómo llegaron a sus manos, ni tampoco compartió ninguna otra información en relación a Zach o a los otros soldados desaparecidos.

No hubo funerales para Zvi, Yehuda o Zach. Sus padres nunca se sentaron en shivá. Sus familias nunca lograron el respiro emocional que llega con el cierre. Estas familias quedaron destrozadas.

De hecho, como Rajeli Fraenkel nos recordó, Dios no trabaja para nosotros. En algunos momentos rezamos y no sabemos para qué rezamos. Si hubiésemos sabido que los niños ya estaban muertos, quizás no hubiéramos rezado con tanto fervor para que "regresaran a los niños", sin embargo rezamos y Dios los trajo a casa, sin vernos forzados a negociar con terroristas, a liberar asesinos, o a abandonar las vidas de nuestros hijos en uniforme. Los funerales para estos tres niños le dieron a toda la nación un momento y un lugar para llorar, un lugar para unirnos y descargar nuestro dolor y frustración. Las familias están sentadas en shivá, procesando sus emociones y preparándose para enfrentar los días y años que vendrán. Con suerte, esto los ayudará a darle algún tipo de cierre a la tragedia, y eventualmente, a obtener algo de tranquilidad mental.

Dios no trabaja para nosotros, y por eso le agradezco por escuchar, por redirigir nuestros rezos, y por consolar o los dolientes de Zión y Jerusalem. Le agradezco por traer a los niños de vuelta a casa.