Israel cumplió su palabra.

Los soldados que luchan por la supervivencia del Estado de Israel saben que hay un pacto y un compromiso inquebrantable de nunca olvidarlos ni abandonarlos si fallecen. Así fue que la semana pasada, después de 37 años, el cuerpo del sargento Zejaria Baumel finalmente volvió a casa para su descanso final. El gobierno israelí dedicó casi cuatro décadas a buscar los restos de Baumel en Siria y mantuvo implacables esfuerzos diplomáticos para lograr reunir finalmente a sus héroes con el suelo por el cual dieron su vida.

Al hablar sobre su hermano, Osna Haberman dijo: “Todas nuestras plegarias durante estos 37 años se dirigieron a un solo lugar y ahora estamos aquí. Muchas veces pensé en lo que haría al encontrarme aquí en este lugar. Ni siquiera puedo abrazarte. Por eso pensé pedirle a la tierra que te abrace. Después de unos minutos entendí que ni siquiera tengo que pedirlo. La tierra te abraza con fuerza. ¿Por qué? Porque hay un amor absoluto entre el hijo que dio todo por la tierra y la tierra misma, y hay una unión perfecta. Ahora están juntos”.

Los padres de Baumel nacieron en los Estados Unidos y vivieron en Jerusalem. Sólo su madre sobrevivió para ser testigo de este momento. El padre falleció hace 10 años. Pero todo Israel reaccionó como una gran familia. Todo Israel sintió el profundo significado de un evento que captura la esencia de la fe y del pueblo judío. Benjamín Netanyahu, Primer Ministro de Israel, lo definió sucintamente: “Traer de regreso a casa a nuestros hijos toca lo más profundo de nuestra identidad como judíos y como israelíes. Zejaria fue a la guerra en el nombre de estos valores y por amor a Israel”.

Se trata sólo de un soldado. Sin embargo, profundamente en la psiquis de cada judío, se encuentra el dictamen talmúdico respecto a que quien salva a una persona es como si salvara el mundo entero; Dios nos creó a todos de Adam para enseñarnos la importancia de cada individuo sobre la tierra. De hecho, los judíos nunca pueden ser contados numéricamente. Sólo aquellos que desean destruirnos no quisieron otorgarnos el valor y la santidad de la identidad personal y en cambio eligieron tatuarnos números.

Zejaria no era un soldado. Él era todos nosotros. Él era todos nuestros hijos. Él era nuestro pueblo en microcosmos.

En el entierro de los restos de Zejaria Baumel todo el país lloró y agradeció. Zejaria no es simplemente un soldado más. Él es todos nosotros. Él es todos nuestros hijos. Él es nuestro pueblo en un microcosmos. Es nuestra juventud privada de la alegría de la edad mediana, nuestra juventud condenada a una muerte prematura por el odio irracional de nuestros enemigos. No pudimos impedir su trágica muerte. Por lo menos finalmente pudimos brindarle descanso eterno en su patria, entre el pueblo por el cual él murió.

Pero para aquellos que siguen sin entender por qué esto es tan importante, por qué esta preocupación por los muertos representa un valor judío fundamental y tan significativo, es necesario aclararlo.

Hay una destacada ley bíblica respecto a un caso conocido como met mitzvá. Un met mitzvá es un cuerpo que se encuentra abandonado en un campo y que se desconoce si tiene parientes. No hay ningún familiar que pueda ocuparse de efectuar el entierro. La Torá transfiere lo que normalmente es una obligación familiar a cualquier judío, a todos los judíos. Todavía más, a pesar de que un cohen, un miembro de la familia de los sacerdotes, en general tiene prohibido tener cualquier contacto con un muerto, en este caso se le ordena ignorar esa restricción. Honrar al muerto tiene precedencia. El Talmud continúa diciendo que esta es la ley incluso para el gran sacerdote. Sí, incluso si el gran sacerdote se encuentra camino a realizar su servicio en el Templo en Iom Kipur, el día más sagrado del año, el respeto por el cuerpo de un muerto tiene prioridad.

¿Cómo podemos brindar tanta importancia al mero receptáculo físico del alma? El alma y el cuerpo fueron inseparables durante la vida, y ellos mantienen una profunda conexión incluso después de la muerte. Nosotros vamos a rezar en las tumbas de nuestros seres queridos. Allí es donde más los recordamos. Y allí es donde sus almas rondan más cerca y tienen mayor conciencia de su conexión continua con sus amigos y familia.

Puede parecer extraño que incluso quienes dudan o incluso niegan la continuidad de la existencia del alma después de la muerte, de alguna manera se vean atraídos hacia el lugar donde están enterrados sus seres queridos. Incluso el israelí más secular comparte la poderosa necesidad de ver el retorno de los cuerpos de los soldados que cayeron en la batalla. Es una verdad intuitiva y universal. No nos atrevemos a abandonar a quienes tanto amamos cuando vivían, y faltarle el respeto a sus restos. De alguna forma mística, las almas y los cuerpos son inseparables incluso después de la muerte.

En el caso de Zejaria Baumel hubo un sorprendente recordatorio de esta verdad. Al oír la noticia de la muerte de un miembro de la familia, la ley judía ordena cumplir con la mitzvá de kriá, 'rasgar' nuestras prendas. Una explicación fascinante a esta ley es que una prenda rasgada simboliza el significado mismo de la muerte. Usamos ropa parta cubrirnos, sin embargo la ropa no es nuestra esencia; son apéndices externos de nuestro ser real. La relación de la ropa con nuestro cuerpo puede compararse con la relación entre nuestro cuerpo y nuestra alma. Si nuestra ropa es rasgada, sigue siendo la misma cosa. Así también la muerte es simplemente rasgar y quitarnos nuestros cuerpos externos. Nuestras almas, que representan nuestra imagen Divina, son inmortales y permanecen espiritualmente intactas para la eternidad.

La mitzvá constante que simboliza esta verdad es la mitzvá de tzitzit, los flecos rituales que se usan en una prenda de cuatro esquinas. Esto nos enseña que nuestra “prenda” corporal también es sagrada por ser el hogar del alma.

El cuerpo de Zejaria Baumel regresó. Y con su cuerpo, inesperada e inexplicablemente, regresaron también sus tzitzit casi intactos, prácticamente sin rastros de desgaste o deterioro…