¿Debo ir al Kotel?”.

Mi amiga asintió con la cabeza. Era a principios de los 90’s, yo estudiaba en la universidad y estaba a punto de viajar por primera vez a Israel. Luego de crecer escuchando sobre Israel, finalmente había decidido ir a verlo por mí misma: durante todo el año, trabajé en dos empleos en la universidad, ahorré cada centavo y ahora iba a pasar todo el verano en Jerusalem, viajando de un lado a otro, asistiendo a clases de judaísmo y estudiando hebreo.

Mis planes eran vagos aún; ni siquiera había pensado qué haría en Shabat. Mi amiga me advirtió que debía estar preparada: el viernes las tiendas cerraban antes del atardecer y el transporte público se paralizaba. Si quería experimentar el verdadero Israel, tendría que unirme a una celebración familiar, y podía hacerlo —me aseguró mi amiga— si simplemente me aparecía en el Kotel al atardecer.

¿Una comida gratis simplemente por ir a un lugar turístico? No podía ser verdad. Además, cuando me acerqué al Kotel mi primer viernes en Israel me di cuenta que estaba repleto; era imposible que encontrara a ese hombre en el Kotel con tanta gente alrededor, incluso si él efectivamente estaba allí.

A medida que me abría paso entre la multitud, observé a los otros visitantes vestidos en sus ropas de Shabat. De pronto, ser parte de una cena de Shabat se transformó en algo que yo anhelaba. Puse mi mano en la piedra; luego del calor de ese día, la piedra se sentía cálida, como si estuviera viva. “Por favor ayúdame”, suspiré. “Déjame ser parte de esto”.

Y cuando levanté la vista los vi: dos hombres estaban parados en la plaza frente al Kotel, y cada uno estaba rodeado por una multitud de personas. A medida que me acercaba a uno de los círculos, el hombre que estaba en el centro me avistó. Él era alto, un poco serio, y vestía un sombrero negro. Yo iba a dar media vuelta para irme de allí, pero él me llamó la atención antes de que lo hiciera. “Tú”, me dijo con una sonrisa, “¿tienes dónde comer esta noche?”. Negué con la cabeza. Echó un vistazo rápido y luego, como si estuviera decidiendo algo, ladeó la cabeza hacia un lado. “Espera aquí”, me dijo. “Pronto te llevaré con una familia”.

Me quedé allí conversando con otras tres chicas; ellas también estaban en la universidad y también estaban explorando Israel por el verano. Una vez que nos habíamos familiarizado unas con otras, el hombre del sombrero nos ordenó: “¡Síganme!”, y nos guió por el camino. Caminamos por las calles de la ciudad vieja de Jerusalem, y recordé el cuento del Flautista de Hamelín, sólo que aquí, en lugar de niños siguiendo al flautista hacia el campo, éramos una manada de turistas principalmente estadounidenses yendo en grupos a varias casas y apartamentos para cenar.

Mis nuevas amigas y yo fuimos de las últimas. “Las estoy llevando donde una familia fantástica, son gente muy especial”, dijo el hombre, y nos llevó al interior de Mea Shearim, un barrio de Jerusalem que es famoso por sus profundamente religiosos residentes. Yo ya había estado allí —mi libro de viajes decía que ese barrio era un lugar imperdible, único por su similitud a un antiguo barrio judío europeo— y yo estaba un poco asustada de visitar este extraño ambiente no como una turista, sino como una invitada.

El hombre —nunca se me habría ocurrido preguntarle su nombre— nos introdujo rápidamente a una joven mujer que bajó a recibirnos. Con un rápido “Shabat Shalom”, él dio media vuelta y se fue.

Mis nuevas amigas y yo miramos a nuestra anfitriona. Ella se veía como de nuestra edad, pero parecía ser mucho más sofisticada, con su elegante traje y peinado y maquillaje perfectos. Nunca olvidaré esa noche. Las angostas calles de Mea Shearim estaban llenas de personas que se deseaban mutuamente un cálido “Shabat Shalom”. Nuestra cena estuvo deliciosa; nuestra anfitriona era divertida e inteligente. Al final de la velada, ella insistió en acompañarnos una parte de nuestro camino de vuelta. A ella no le importaba el ejercicio que eso implicaba, nos explicó; gracias a las clases de aeróbica estaba en buen estado físico. Las otras chicas y yo estábamos sorprendidas: ¿una mujer ultraortodoxa que hacía aeróbica? Yo quería encontrar otras familias como la de ella, para pasar otra velada de viernes inmersa en Shabat. Estaba totalmente enganchada.

El viernes siguiente, y el siguiente, y el siguiente, volví al Kotel, a veces con amigos y a veces sola. Cada vez, me uní a la multitud que había en torno a aquellos dos hombres del Kotel. Un hombre era más bajo y extrovertido (luego me enteraría que su nombre era Jeffrey Seidel). Y el otro hombre era alto y más reservado; sólo me enteré mucho tiempo después que él era Rav Meir Schuster, un distinguido rabino quien —entre otras muchas actividades que realizaba— había fundado Heritage House, una hostal en la ciudad vieja de Jerusalem que ha recibido a miles de jóvenes judíos a lo largo de los años para que puedan explorar el judaísmo.

Pese a ser por naturaleza tímido y reservado, Rav Schuster se forzaba a sí mismo a hablar con los muchos visitantes y turistas del Kotel. Cada día, por más de 40 años, Rav Schuster estaba presente en el Kotel, ofreciéndole ayuda a los visitantes para que pudieran encontrar una comida de Shabat, una clase, o un lugar para alojar. Él era conocido por la absoluta dedicación y compromiso que emergía de su profunda preocupación por cada judío.

Yo me fui de Israel ese verano sin decirle gracias a Rav Schuster, y nunca lo volví a ver.

El mes pasado, estábamos visitando Jerusalem con mi esposo. Nos perdimos entre las calles de la ciudad vieja de Jerusalem, y paramos a un hombre para que nos ayudara a orientarnos. Lo mire por un momento. “¿Jeffrey Seidel?”, le pregunté incrédula. Habían pasado 25 años desde que él y Rav Schuster me habían organizado las comidas y ahora, increíblemente, estaba ayudándome nuevamente.

Conversamos un poco y finalmente tuve la oportunidad para decirle gracias. Saqué de mi cartera una fotografía de mis hijos y se la mostré al Sr. Seidel. Le dije que ellos estaban creciendo en una casa en la que Shabat era parte central de nuestra semana principalmente debido a aquellas cenas de Shabat que ellos me habían arreglado. “Gracias”, le dije. Me tomó 25 años decirlo, pero gracias.

Lamentablemente nunca tuve la oportunidad de agradecerle personalmente a Rav Meir Schuster, bendita sea su memoria. El falleció, luego de una larga enfermedad, el 17 de febrero del 2014. Este Shabat planeo hablarle a mis hijos sobre él. Les contaré cómo por un largo tiempo yo no supe el nombre de Rav Schuster. Para mí, él era simplemente el hombre del Kotel.