El domingo pasado, una mujer llamada Rajeli Frenkel hizo una de las más destacadas y conmovedoras peticiones que haya hecho una madre.

En un comentario de tan sólo noventa segundos, Frenkel, cuyo hijo de 16 años Naftalí es uno de los tres jóvenes que fueron secuestrados la semana pasada por terroristas palestinos, ejemplificó la virtud y fortaleza interna de todo el pueblo judío.

“Vine a decirles gracias”, comenzó diciendo antes de agradecer amablemente a cada uno por la ayuda y el apoyo.

No había palabras de enojo o de ira, no había odio ni llamados de venganza. De hecho parecía que esta mujer —quien seguramente había atravesado recientemente las peores 48 horas de su vida— inmediatamente había enfocado su atención en el resto, asegurándose de ofrecerles agradecimientos y ánimo, como si ella misma no necesitara estas cosas.

Nadie habría culpado a Frenkel si hubiese gritado, estallado en llantos o lanzado acusaciones. Nadie la habría condenado por criticar a quien sea, por demandar acción o por reprochar al mundo por mantenerse indiferente ante el sufrimiento judío.

Pero de forma estable y compuesta, esta madre judía expreso su apreciación por las “olas de plegaria y apoyo” y “energía positiva” que había recibido ella y su familia por parte del empático público.

“Por favor recen con nosotros”, pidió al tiempo que las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

“Son sólo niños que venían camino a casa desde la escuela”, dijo ella antes de concluir con una nota de optimismo: “Pronto los abrazaremos”, prometió Frenkel, agregando que “Si Dios quiere, podremos celebrar su retorno sanos y salvos”.

¡Qué fuerza interior más increíble! Al igual que la mayoría de los israelíes, yo pasé el fin de semana sumido en una neblina en la cual mis pensamientos se nublaban por una mezcla de preocupación, recelo e indignación.

No podía concentrarme, encontraba difícil conciliar el sueño y me sentía culpable por reírme de una broma o por saborear el aroma de una taza de café recién preparada.

Inmediatamente después del término de Shabat, corrí a revisar las noticias, con esperanza, rezando para que hubiese ocurrido un milagro y que los tres jóvenes hubiesen regresado sanos y salvos donde sus familias.

Desafortunadamente eso no ocurrió, y yo me quedé pegado a la televisión, deseando desesperadamente escuchar al presentador anunciar que había noticias de última hora que reportar.

En lugar de eso, el público tuvo que resignarse a ver una entrevista tras otra, mientras los canales de televisión intentaban rellenar el tiempo a pesar de que en realidad tenían poco o nada que reportar.

Y entonces ocurrió. En un inesperado giro de los eventos, logré vislumbrar el indomable espíritu del pueblo judío, los elementos ocultos que constituyen el secreto de nuestra supervivencia a lo largo de las generaciones: fe y determinación.

A lo largo del país, en espontáneos y simultáneos actos de solidaridad, miles de judíos se han unido para hacer lo que los judíos siempre han hecho en los momentos de angustia: Reunirse a rezar.

Tal como Rajeli Frenkel había pedido.

Y no fue sólo en la noche del sábado, cuando es fácil y conveniente. El domingo también hubo reuniones masivas de plegaria en el Kotel en Jerusalem y en establecimientos públicos y escuelas a lo largo de todo el país.

Decenas de miles de judíos de todos los espectros dejaron de lado sus discusiones y diferencias, sus peleas y riñas, y elevaron sus voces como uno, rogándole al Creador que tenga misericordia con Sus hijos, con nuestros hijos.

En la sinagoga central de Raanana, una desbordante multitud repletó el lugar, desbordándose hasta el pabellón exterior.

Muchos capítulos de Salmos fueron recitados mientras jóvenes y ancianos se mecían por igual con una creciente intensidad.

No se escuchaba gente charlando como suele ocurrir en los rezos organizados, ni tampoco se oían chismes o sarcasmos en el lugar.

Era sólo plegaria, el simple acto de verter el corazón e implorarle a nuestro Padre celestial que utilice Su atributo de la misericordia y que frustre los planes de nuestros enemigos.

Mientras los versos escritos por el Rey David se elevaban y subían incluso más arriba por la sinceridad con la que eran recitados, yo miré alrededor y reflexioné sobre esa extraordinaria escena.

Los terroristas palestinos que secuestraron a los jóvenes seguramente pensaron que al hacerlo destruirían la moral de la nación. Nuestros enemigos saben demasiado bien cuánto valoramos la vida y cuán preciada consideramos que es cada alma.

Seguramente, se deben haber dicho los unos a los otros: “Este secuestro hará que el pueblo de Israel se arrodille”.

Y ese, probablemente, fue su error más grande. Porque en lugar de destruirnos, este horripilante acto de terror nos ha unido en amor y preocupación por estos tres jóvenes israelíes.

Ha tocado un nervio en lo profundo de cada uno de nosotros, recordándonos que debemos pararnos frente al mal, confrontarlo y derrotarlo, sin mostrar piedad ante quienes buscan nuestra destrucción.

Irónicamente, al buscar romper nuestra resistencia, los terroristas sólo han logrado hacernos más fuertes. Al intentar aplacar nuestro espíritu han despertado nuestro valor y fortaleza innatas.

Nunca había estado tan orgulloso de ser parte de esta nación, de pertenecer a un pueblo que a pesar de vivir una injusticia sin precedentes, continúa aferrándose a su convicción y a su fe.

Armados con una fuerte creencia y confiados en la justicia de nuestra causa, no hay ningún poder en este mundo que pueda interponerse en nuestro camino.

Este artículo apareció originalmente en el Jerusalem Post.