En la milésima de segundo que llevó hasta que el misil Kornet pasó a mi lado, no vi toda mi vida pasar ante mis ojos ni pensé ideas elevadas tales como morir por mi país, ni siquiera pensé en mi familia. Lo único que cruzó por mi mente fue: “¡Oh no!”.

Una hora antes de ese incidente, habíamos estado ocupados rescatando a los heridos de un tanque que fue bombardeado fuertemente. Nunca olvidaré los gritos ni la mirada del comandante del tanque cuando lo evacuamos del tanque en una camilla. Eran las 6:30 de la mañana y buscábamos cómo ocultarnos cuando de repente nos atacaron. Habíamos caído en una emboscada de los guerrilleros de Hezbolá. Fui muy afortunado, el misil que dispararon no cayó sobre mí, pasó literalmente a unos cuantos centímetros, pero el impacto del misil sobre una pared posterior fue tan intenso que sufrí graves heridas en todo mi cuerpo y perdí una pierna.

Unos pocos minutos antes había sido parte de un equipo de rescate y ahora yo era el herido que necesitaba ser evacuado. Perdí mucha sangre, a mi alrededor la lucha era feroz y en lo único que podía pensar era en mi madre. ¿Qué iba a decirle?

Estaba completamente consciente mientras me evacuaban en una camilla y cuando pusieron a mi lado la pierna que se había desprendido de mi cuerpo. Estuve consciente todo el tiempo que me asistieron en una casa abandonada bajo fuego, y cuando un médico reservista gritó por su transmisor: “¡Si no lo evacuamos de inmediato, en la noche no habrá nadie a quien evacuar!”. El helicóptero llegó como un ángel que bajó del cielo.

Cuando llegué al hospital en Naharía, hablé con mi padre. Logré decirle: “Papá, soy yo, estoy herido pero estoy vivo”. Entonces quedé inconsciente.

Ese fatídico momento en Bint Jbeil me dio una nueva identidad como veterano discapacitado de las Fuerzas Armadas de Israel. Yo no elegí ni quería esta insignia de honor. Simplemente era un joven árabe israelí de 21 años de Nazaret que se ofreció como voluntario para luchar en las brigadas Golani, y como muchos de mis compatriotas que sirven en el ejército, también soñaba con mi gran viaje al exterior al terminar mi servicio, unos pocos meses después de ese ataque. Pero todo cambió.

En este país, formar parte de los veteranos discapacitados de las Fuerzas Armadas Israelíes es ser parte de una gran familia de decenas de miles de personas, gente que realmente es la "sal de la tierra". Somos una gran familia en la que la religión, los antecedentes o las opiniones políticas son completamente irrelevantes. Son personas para quienes el país está por encima de todo y por eso se entregaron completamente, en el sentido más intenso.

Pero también es un grupo de personas que a los veinte años tuvieron que acostumbrarse a vivir de una forma completamente diferente, a una nueva realidad. En un momento estabamos luchando en el Líbano, al siguiente, yo luchaba para volver a aprender a caminar. Las heridas no sólo dejaron cicatrices en nuestros cuerpos. También dejaron cicatrices emocionales y, a partir de mi experiencia, las cicatrices emocionales superan a las físicas. Incluso un portazo me pone nervioso hoy en día. Cada noche cierro los ojos y vuelvo a experimentar el traumático momento en que fui herido. Lo que otros llaman 'post trauma' es lo que yo llamo 'vida'.

Sin embargo, ser un veterano de las Fuerzas Armadas de Israel también es ser uno de los afortunados, porque fácilmente podría haber sido uno de los muertos, ese mismo grupo de amigos que luchó a tu lado y no pudo regresar a su hogar. La misma pregunta hace eco en mi cabeza: ¿Por qué yo estoy aquí y ellos no? ¿Por qué yo me salvé y ellos no? ¿Qué es lo que quedó de esos días además de recuerdos, dolor y un pequeño país?

El pasado 15 de diciembre fue Iom Haokará el ‘Día de reconocimiento’ de los discapacitados y las víctimas del terror en Israel. No es un día triste como el ‘Día de recuerdo de los caídos’, porque nosotros estamos vivos, pero tampoco es un día alegre, porque fuimos heridos.

Pero es una oportunidad para detenernos un momento, dar un paso atrás en esta realidad loca de nuestro país y tratar de unirnos. En definitiva, el país nos pertenece a todos, todos somos parte de él, hemos pagado un precio muy caro por él y continuamos pagándolo. Incluso si no todos estamos de acuerdo respecto a cuál es el camino, todos estamos de acuerdo con el análisis final: no tenemos otro país. Dejemos de lado nuestras diferencias y unámosnos.