Cuando Eva Slonim tenía doce años, fue torturada por el infame Josef Mengele en Auschwitz. Las historias de los espantosos años de la Shoá y su difícil camino para reconstruir su vida después de la guerra, dejaron una marca indeleble en su nieto Ronén. A los 24 años, Ronén dejó su cómoda vida en Melbourne, Australia, y se fue a vivir en Israel, donde sirve en una unidad de paracaidistas. Ronén habló con AishLatino.com desde su base, en medio de su entrenamiento, y nos contó sobre su vida, sus decisiones y la relación con su abuela que lo guió en cada paso de su camino.

Sabía que mi abuela tenía una historia para contar

Ronén creció en el barrio de Caulfield, en Melbourne, junto a sus cuatro hermanos. Cuando era un adolescente entendió por primera vez que su abuela Eva tenía una historia importante que contar. “Vivíamos cerca. La iba a visitar cada Shabat y muchas veces también en medio de la semana. Hablábamos de nuestras vidas, de lo que ocurría durante la semana. A veces, cuando Shabat llegaba a su fin y estábamos sentados juntos, ella comenzaba a abrirse y a contarme algunas de las cosas que había vivido”.

Eva Slonim muestra el tatuaje que recibió en Auschwitz-Birkenau: A27021

Eva Slonim (Weiss de soltera) nació en 1931 en una familia judía religiosa en Bratislava, la capital de Slovakia, que en ese momento era una de las principales ciudades de Checoslovaquia. Ella era la segunda de cinco hermanos. Su padre tenía un exitoso comercio textil. Eva estudiaba en una escuela judía y disfrutaba una vida feliz en lo que en ese momento era una de las florecientes comunidades judías de Europa. Cuando Hitler subió al poder, Bratislava era parte de un protectorado que se alineó con la Alemania nazi. En medio de las constantes leyes antisemitas y los ataques, ella vio cómo atacaban a su hermano a plena luz del día y cómo le sacaron un diente a su abuelo cuando los oficiales entraron a su casa. A su padre lo arrestaron sin dar ninguna razón y lo liberaron dos semanas más tarde a cambio de una fuerte suma que su madre logró pagar.

Al entender que las cosas cada vez se ponían peores, la familia Weiss decidió separarse y esconderse, pero la niñera los traicionó. Eva tenía 12 años cuando ella y su hermana menor, Marta, fueron deportadas a Auschwitz.

La pesadilla como una de las "gemelas de Mengele"

En Auschwitz, los guardias tenían instrucciones específicas de separar de la multitud que llegaba al campo a los gemelos idénticos. Aunque se salvaban de la sentencia a muerte inmediata que esperaba a quienes eran considerados inútiles por el régimen nazi, estos niños se convertían en "ratas de laboratorio" a disposición del tristemente famoso Dr. Josef Mengele.

Aunque Eva era tres años mayor que Marta, ellas se veían muy parecidas y fueron separadas del grupo. Bajo el cruel control de Mengele, Eva fue sometida a una serie de exámenes diarios e inyecciones que la dejaban débil y la hacían sentirse mal. El “equipo médico” de Auschwitz registraba los efectos diarios de sus pruebas. Nunca le explicaron las razones de lo que le estaban haciendo, pero ella vio a otras prisioneras enfermarse y morir a su lado. Nunca sabía qué pasaría al día siguiente. En una ocasión llamaron su número y le sacaron cuatro bolsas de sangre, dejando su cuerpo ya debilitado al borde del colapso y todavía más expuesto a las enfermedades.

Eva y su hermana (en el centro) junto a otros sobrevivientes que fueron fotografiados cuando fueron liberados.

En el momento de su liberación, Eva sufría de tuberculosis, tifus y disentería. Cuando los soviéticos liberaron el campo el 27 de enero de 1945, Eva, su hermana y una decena de niños fueron fotografiados detrás del alambre de púa. Esta foto se convirtió en una imagen icónica, recreada posteriormente por Yad Vashem al reunir a Eva, a su hermana y a otros de los niños sobrevivientes que habían sido fotografiados detrás del alambre de púa.

Mantenerse con vida

Desde que tenía seis años Eva fue miembro de Bnei Akiva, un movimiento juvenil sionista, y ella aseguró que incluso durante sus experiencias más difíciles, lo que la mantuvo viva fue un enorme amor por la tierra de Israel. “Eso me daba enormes esperanzas y aspiraciones para el futuro. Era algo a lo que podía aferrarme”.

Al llegar al campo y ver el espantoso estado de las prisioneras, Eva hizo un pacto con Dios. “Las mujeres paradas contra los alambres de púa se veían completamente demacradas. Parecían más animales enjaulados que seres humanos”, dijo en un testimonio. Aterrorizada de convertirse en una más de esa masa inhumana de cuerpos que observaba, Eva se dirigió al Cielo: “Un día tendré una gran familia y trataré de reconstruir todo lo que fue destruido, pero sólo si Tú no me quitas mis sentimientos”.

Después de ser liberadas, las hermanas se reunieron con sus padres y se fueron a Australia, bien lejos de las costas bañadas de sangre de Europa. Allí Eva cumplió su parte de la promesa.

La reconstrucción

En 1953, a los 22 años, Eva se casó con Ben Slonim y juntos construyeron una familia basada en los fuertes valores judíos que Eva recordaba de su propia infancia. “Todos los viernes a la noche íbamos a lo de mis abuelos”, contó Ronén. “Las comidas de Shabat estaban llenas de cánticos y siempre había un ambiente cálido. El judaísmo ocupaba un lugar central en nuestra familia”.

Antes de escapar y esconderse, el padre de Eva enterró un Rollo de la Torá que pertenecía a la familia. Después de la guerra logró rescatarlo y se lo llevó con él a Melbourne. “En cada simjá de la familia, leíamos de ese rollo de la Torá en la sinagoga. A mi abuela le sigue dando enorme alegría oír a alguno de sus nietos leer de ese Rollo”, dijo Ronén.

Eva Slonim

“Mientras crecía, mis abuelos influyeron mucho. Era muy difícil escuchar las cosas que mi abuela había vivido”, aseguró Ronén y recordó que a veces se despertaba porque tenía pesadillas. “Las historias respecto a cómo pudo mantenerse conectada con su judaísmo también tuvieron un fuerte efecto en la forma en que yo veía a Israel y su importancia”.

Para su bar mitzvá, Ronén visitó Israel con su familia. “Fue una experiencia muy especial, sobre todo el hecho de estar allí con mis abuelos. Hubo presentes muchos amigos y parientes y yo leí de un Rollo de la Torá en el Muro Occidental”.

El sueño de la aliá

Al terminar la escuela, Ronén regresó a Israel, esta vez para continuar sus estudios judaicos en la Ieshivá Har Etzión, al sur de Jerusalem, donde su amor por el estudio de la Torá creció junto con su deseo de que un día Israel fuera su hogar.

“Era algo sobre lo que pensaba mucho”, pero lo dejó en suspenso durante algunos años y regresó a Australia para completar su título de economía en la Universidad de Melbourne.

Ronén con su tía y sus abuelos.

“Siempre pensé que si hacía aliá también serviría en el ejército. Pero ya tenía veinticuatro años”. Al comprender que se le estaba acabando el tiempo si deseaba unirse a una unidad de combate, las cosas finalmente cristalizaron en la noche del Séder durante un viaje de la familia a Israel, en el 2017. “En ese momento supe que Israel era el lugar al que yo pertenecía. Me dije a mí mismo: suficiente, voy a hacerlo”.

Como le resultaba difícil darle esta noticia a su madre, le escribió una carta. “Esa era la forma más fácil de decírselo”, dijo Ronén, y agregó que la decisión era todavía más difícil porque su padre había fallecido cuando él tenía 14 años. “Ella me brindó todo su apoyo. Melbourne es un lugar maravilloso para vivir. Pero yo quería ser parte de lo que veía y sentía en Israel”.

Una de las cosas que más le costaron a Ronén fue decirle a su abuela que se iba de Australia. “Estábamos muy apegados, incluso ahora seguimos charlando una vez a la semana para mantenernos al tanto. Ella apoya mucho a Israel y después de todo lo que vivió se siente muy orgullosa de tener un nieto que sirve en el ejército de Israel”.

Unirse a los paracaidistas

Cuando reveló su plan de ofrecerse como voluntario durante dos años en una unidad de combate donde sería cinco años mayor que sus oficiales, muchos se mostraropn escépticos. “Muchos me dijeron: ‘No podrás soportar que alguien de 18 años te diga lo que debes hacer’. Pero nada pudo estar más lejos de la verdad. Realmente me conecté con los soldados que me rodean”.

Ronén con su hermano menor

Ronén es el único soldado solitario de su unidad. “Es inmensamente satisfactorio y significativo estar aquí. Es un honor servir en el ejército de Israel. Tengo el privilegio de tener una parte en la protección del pueblo judío. Cuando hay momentos difíciles, trato de recordármelo”.

Ronén y un pequeño grupo de soldados religiosos de su unidad reciben tres veces al día tiempo para rezar. También afirma que todos los días encuentra tiempo para estudiar Torá. “Cuando estamos en la base puedo hacer un poco más, y cuando estamos en un terreno más accidentado puedo lograr un poco menos, pero siempre estudio. Es algo que forma parte esencial de mi vida y no podría estar sin eso”.

Mirar las estrellas

“Algo que siempre me impresionó de la experiencia de mi abuela, fue lo que su padre le dijo antes de que se separaran para ir a esconderse. Él le dijo: ‘No sé cuánto tiempo pasará hasta que podamos volver a conversar. Cada noche, mira las estrellas y háblales. Cuéntales tus preocupaciones, lo que te pasó ese día, lo que piensas… También yo miraré las estrellas y haré lo mismo. De esa forma nos mantendremos en contacto”.

Estas palabras, “mirar las estrellas”, se convirtieron en el título de la autobiografía de Eva Slonim, Gazing at the stars, un relato estremecedor e inspirador sobre su vida antes, durante y después del holocausto. Estas palabras también dejaron su marca en Ronén.

“Cuando tengo entrenamiento de noche y caminamos por un terreno desolado, a menudo miro las estrellas. A veces pienso en mi abuela y lo que ella describió; a veces pienso en mi padre y en mi familia, y a veces simplemente me pellizco para corroborar que todo esto es real. Para mí, servir en el ejército israelí es como vivir un sueño”.