Vivo en Har Nof, un barrio en el límite norte de Jerusalem, lejos de los lugares más concurridos de la ciudad. Har Nof es un tanto aburrido. No fue muy bien planeado, no es tan prometedor como algunas de las ciudades más nuevas de Israel y tampoco tiene la magia de los barrios más antiguos de Jerusalem. No es pintoresco ni está lleno de calles tapizadas de adoquines como el bohemio barrio de Najlaot, tampoco es místico y laberíntico como el barrio de Mea Shearim. Es simplemente un barrio en su mayoría ortodoxo, de unos treinta años de antigüedad, con docenas de burdos edificios de departamentos con fachada de piedra y muy pocos espacios abiertos.

La única belleza natural que hay aquí es el bosque de Jerusalem, cuyos bordes colindan con el barrio. Incluso la gente que vive aquí no llama mucho la atención. Muchos de ellos son rabinos, estudiosos de Torá, maestros y escritores, siendo la mayoría inmigrantes de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Sudáfrica.

El martes de la semana pasada en la mañana, dos jóvenes árabes que se encontraban armados con pistolas, cuchillos y machetes, ingresaron a la sinagoga Kehilat Bnei Torá y, mientras el grupo de judíos rezaba, mataron a cuatro de ellos (todos rabinos) e hirieron a otros muchos. Los agredieron sangrientamente literalmente hasta la muerte. Un testigo ocular me relató después que no había una piscina, sino un río de sangre en la sala a la cual habían ingresado los terroristas. Una de las víctimas, Rav Aryeh Kupinsky, peleó en contra de los asesinos y sacrificó su vida en un esfuerzo por salvar a otros.

Desde el exterior pareciera que la respuesta de Har Nof ante este evento ha sido discreta. Pero si hubieras ido a la sinagoga Kehilat Bnei Torá el jueves por la tarde habrías visto y oído una plegaría que habría remecido lo más profundo de tu ser. Cientos de residentes de Har Nof se encontraban allí, rezándole a Dios con fuerza y fervor. Se recitaron plegarias especiales y también se tocó el shofar. La sinagoga resonaba con un sonido sagrado: seiscientas personas rogando al Cielo por paz y seguridad.

El erudito en Talmud con el que suelo estudiar ejemplifica esta actitud de Har Nof. Lo llamaré Rav Grinsburg, ya que odia la publicidad. Él fue testigo ocular de la masacre.

Oriundo de Sudáfrica, Rav Grinsburg es alto, delgado y de voz suave. Su ideal de placer es sentarse frente a un volumen del Talmud o del Código de Leyes Judías y perderse entre sus complejidades. Se levanta temprano cada mañana para estudiar un poco antes de las plegarias matutinas.

El martes pasado por la mañana, el reloj despertador de Rav Grinsburg no sonó, por lo que llegó tarde a la sinagoga Kehilat Bnei Torá, que es donde asiste regularmente. Cuando estaba a punto de ingresar al edificio, escuchó disparos, pero alguien que pasaba por allí le dijo que probablemente no era nada. Sin pensar mucho en ello, Rav Grinsburg subió por las escaleras en dirección a la sinagoga.

Ingresó al pasillo y vio las puertas de la sinagoga abiertas y a los dos asesinos en su interior. En ese momento, Rav Grinsburg vio la carnicería que ocurría allí: había algunos cuerpos tirados en el piso, llenos de sangre y envueltos en sus mantos de rezo. Entonces los dos terroristas voltearon hacia él y, mientras escapaba, Rav Grinsburg escuchó cómo los terroristas le disparaban.

Click-click-click fue todo lo que escuchó. Las armas estaban vacías. El rabino de 64 años salió del edificio y corrió rumbo a casa.

Cuando hablé con Rav Grinsburg ese día, me contó del horripilante encuentro que había tenido y acordamos juntarnos esa tarde para continuar con nuestros estudios. Nos juntamos en la sinagoga Kehilat Bnei Torá.

No nos sentamos en la sala donde había ocurrido la masacre, ya que nos parecía inapropiado hacerlo. Pero de todas formas, requirió una gran cantidad de coraje por parte de Rav Grinsburg volver tan pronto a la sinagoga donde había visto los cuerpos bañados en sangre de sus amigos y colegas. Yo sabía que el rabino estaba haciendo una declaración silenciosa: "Nada me detendrá de servir a mi Creador".

Esa tarde continuamos con nuestro estudio del Código de Leyes Judías, examinando los detalles sobre cómo salar y lavar la carne para hacerla casher. Ambos notamos la ironía de cuántas veces tuvimos que mencionar la palabra "sangre" en nuestros estudios. Pero Rav Grinsburg mantenía el foco mientras estudiábamos juntos la Torá de Dios. Incluso se agitó con entusiasmo en cierto momento, cuando logramos clarificar un complejo detalle de la Ley Judía.

Desde la perspectiva de un observante externo, quizás nuestra conversación se habría visto un poco aburrida: dos hombres con barba, de mediana edad, haciendo mucho lío sobre cómo salar carne. Pero si conoces el contexto, puedes llegar a ver el coraje que necesitó Rav Grinsburg para volver con firmeza y alegría a sus estudios. Fue un momento al estilo de Har Nof —en realidad fue un momento al estilo judío—, normal desde afuera, pero internamente extraordinario.