Era un hermoso día de verano en Jerusalem, y yo acababa de subir al autobús #14 camino a encontrarme con una amiga para cenar. Era el tipo de día que nunca pensarías que terminaría como lo hizo. Era el 11 de junio del año 2003, el día en que un terrorista suicida subió al autobús de la línea #14 en Jerusalem y se inmoló, asesinando a 16 personas inocentes y mutilando a muchas más. Fue el día en que mi vida cambió para siempre.

Yo estaba en ese autobús.

Recuerdo que elegí mi asiento sin mucho interés; esa elección salvó mi vida.

Lo siento como si hubiese sido ayer. Cuando cierro mis ojos, vuelvo a los eventos de ese día, los cuales continúan sumamente frescos en mi memoria. Recuerdo que elegí mi asiento sin mucho interés; esa elección salvó mi vida. Recuerdo que oí el ruido del metal doblándose y que sentí la onda expansiva mientras la explosión hacía pedazos el autobús. Recuerdo que inmediatamente cerré mis ojos, un aparentemente insignificante instinto neurológico que salvó mi vista. Y luego, recuerdo el momento de escalofriante silencio que siguió a continuación, un silencio tan aterrador, tan revelador; el silencio de las personas muertas a mi alrededor.

Luego grité. Grité tan fuerte que una extraña —que había escuchado la explosión a tres cuadras de distancia— escuchó mis gritos y corrió hacia el destrozado autobús para sacarme de él. Nunca olvidaré a la anciana que permaneció a mi lado cuando yo estaba quemada, sangrando y asustada. Nunca olvidaré la bondad y el amor que mostraron tanto las personas que conocía de toda la vida como quienes eran absolutos extraños para mí.

La gente siempre me pregunta cuáles fueron las lecciones que aprendí de mi experiencia. Son tantas. Vivo de otra forma. Siento que Dios me dio una segunda oportunidad y no la doy por sentado. Fue en ese momento, en medio de mi tragedia personal, que entendí que el mundo estaba lleno de actos de terror y destrucción, y que la única manera para perseverar y prevalecer frente a ellos era propagar la bondad y ayudar a quienes lo necesitan. En ese momento nació Strength to Strength (Fortaleza para Fortalecer), la organización que fundé para ayudar a las víctimas del terror en todo el mundo a superar el duradero trauma sicológico y físico, para que de esta forma puedan avanzar en sus vidas.

Creo que mi misión es vivir una vida que promueva todo lo opuesto a lo que ese día representa. Ahora entiendo cuán frágil es realmente la vida. Me doy cuenta de que controlo mucho menos de lo que pensaba, pero que eso no me exime de la obligación de dar lo mejor de mí. Mi misión se ha convertido en ayudar a la gente, y con esa misión he viajado por el mundo a muchos países que han sido impactados por el terror, y allí he conocido a algunas de las personas más asombrosas. Sé que nuestros caminos nunca se hubieran cruzado de no haber sido por una experiencia en común que nos unió.

Mi misión es vivir una vida que promueva todo lo opuesto a lo que ese día representa.

Lo más importante que he aprendido con el pasar de los años es que conectarse a otros sobrevivientes es un componente vital para salir adelante. Una sobreviviente en particular se ha vuelto una amiga tan cercana que no puedo imaginar mi vida sin ella. Hace tres años recibí una llamada del Departamento de Estado en Washington DC diciéndome que había una americana sobreviviente de Mumbai viviendo y trabajando en Ámsterdam. Ella estaba buscando ponerse en contacto con otros sobrevivientes de eventos similares. Yo ya les había ofrecido previamente asistir a víctimas americanas del terror internacional que necesitaran ayuda.

Nos conectamos en un nivel muy profundo en los primeros minutos de la conversación telefónica, la cual duró más de dos horas. Ahora ella es como parte de mi familia. Es la única persona que puede entender mis sentimientos cuando escucho sobre un ataque terrorista en algún lugar del mundo, y es alguien con quien puedo compartir mis preocupaciones y mi perspectiva de vida. Venimos de entornos, ciudades y religiones diferentes, pero nuestra experiencia y nuestra misión en común nos han unido para toda la vida.

Hace poco volví de un viaje a Israel. Ya no son sólo vacaciones; la mitad de mi tiempo la paso visitando personas que, en el día del atentado, abrieron su corazón y su mundo a mí, y se han convertido en parte de mi familia desde ese momento.

—¿Nu? —me dicen— ¿has viajado en autobús aquí?

—No —contesto yo.

—¿Por qué?

—Porque a pesar de que han pasado muchos años, sigo asustada.

—Sarri, no puedes vivir asustada. Te ocurrió algo terrible y es entendible que tengas miedo de subir a otro autobús. Pero tú viajas por todo el mundo como la líder de Strength to Strength, diciéndole a otras víctimas que no pueden permitir que sus miedos controlen y dicten los caminos de sus vidas. Tú tampoco puedes permitirlo. Vamos a subir a un autobús hoy mismo y tú vendrás con nosotros.

Esa tarde, a sólo unas horas de abordar mi vuelo de vuelta a casa, me encontraba nuevamente en un autobús, en la misma ruta que el autobús hubiese tomado ese día si hubiese continuado su camino.

La vida está llena de incertidumbre, de cosas que atemorizan, de desafíos del tamaño de una montaña y de días en los que no sabes cómo sobrevivirás. Pero la vida también está llena de extraños que te sacarían de un autobús en llamas y que te abrazarían mientras lloras. Estas son personas que conociste toda tu vida o que no habías visto nunca antes, pero que cruzarían océanos y desiertos por ti. Mi vida ha estado llena de ambas y es la combinación de ellas lo que me recuerda a diario que estoy viva y que mi vida aún no está completa. Gracias, Dios, por darme una segunda oportunidad.