Por lo general detesto la distancia que hay entre mi lugar de residencia, Australia, y mi hogar, Israel. La distancia geográfica se manifiesta en impotencia cuando hay períodos de sufrimiento y problemas, pues al estar tan lejos me siento incapaz de ayudar al pueblo judío a cargar con el dolor. La semana pasada, el martes por la tarde a las 12 del mediodía, la distancia por primera vez no fue un factor que me impidió expresar mi tristeza. Allí, a los pies del monte Har HaMenujot, y junto con otras miles de personas, asistí a los funerales de Yoav Hattab, Philippe Braham, Yohan Cohen y Francois-Michel Saada. Cuatro hombres que en teoría eran completos extraños, pero que en realidad eran mis queridos hermanos, a quienes nunca tuve el privilegio de conocer y a los cuales sólo pude honrar de forma desgarradora.

En la parashá de hace dos semanas aprendemos un conmovedor principio del actuar de Moshé: al ver las dificultades que enfrentaban los Hijos de Israel en su esclavitud en Egipto, Moshé no sólo “observó sus cargas” (2:11), sino que, como explica Rashi, “dirigió sus ojos y su corazón para sentir angustia por ellos”. Moshé no sólo observó el dolor del Pueblo de Israel, sino que se identifico con él e hizo que el problema de ellos fuera realmente un problema propio; utilizó sus facultades para empatizar con el sufrimiento del pueblo judío, determinado a aliviar aunque fuese una fracción de la adversidad que enfrentaban y, de cualquier manera posible, compartir la pesada carga que llevaban a cuestas.

Durante un buen tiempo la gente ha hablado sobre el inestable y peligroso clima de antisemitismo en Europa y especialmente en Francia. Se han lanzado apasionadas cadenas de email que piden el fin de las hostilidades en contra de los judíos de Francia, urgiendo un boicot a los productos de quienes efectúan dichas hostilidades y expresando reportes para nada favorables sobre quienes atormentan a la judería europea. Pero ahora el tono ha cambiado. La acción ya no puede ser pasiva y reactiva, sino que debe ser proactiva: mudarse a Israel en búsqueda de seguridad y alivio.

No es una seguridad que proviene de la falta de peligro, sino que es una seguridad que proviene de la abundancia de apoyo.

En referencia al ataque que ocurrió en Francia, mucha gente ha expresado el sentimiento de que para nuestra gente, Israel es nuestro único espacio de protección y libertad. Es el único país en el cual se puede vestir una kipá sin miedo y en el cual la identidad judía no debe ser escondida por motivos de seguridad. Y a pesar de que todo esto no puede ser refutado, siento que es importante hacer notar que Éretz Israel no es solamente una casa segura, sino que es una casa compartida.

El verdadero alivio que siente el pueblo judío cuando regresa a Israel no proviene de escapar de quienes desean dañarnos. Lamentablemente nuestros enemigos intentan atacarnos incluso en Éretz Israel, como probó la reciente guerra de Gaza. El verdadero alivio, creo yo, viene de saber que en Israel uno no carga a solas con su dolor. Tal como Moshé alivianó el sufrimiento del pueblo judío al empatizar con ellos, en nuestra tierra uno rápidamente se da cuenta de que hay cientos —incluso miles— de personas que sufren cuando tú sufres y que están a tu lado para ayudarte a cargar con tu dolor.

Fieles y esquivos

Un querido amigo siempre dice que en la vida hay dos tipos de personas: los que toman responsabilidad y los que no.

Los que no toman responsabilidad son aquellas personas que rápidamente evaden sus obligaciones, logrando siempre pasar desapercibidos cuando hay que hacer alguna tarea o levantar alguna carga. Los que toman responsabilidad, por otro lado, son aquellas personas a quienes uno no alcanza ni siquiera a pedirles ayuda cuando ya se han ofrecido para ayudar.

Cuando camino por las calles de Jerusalem —y en realidad de todo Israel—, a pesar de que no comprendo completamente el lenguaje y de que a veces ni siquiera sé adónde ir, experimento un inherente sentimiento de seguridad, la misma seguridad que imagino que experimentan los judíos de todo el mundo cuando visitan nuestro hogar nacional.

No es una seguridad que proviene de la falta de peligro, sino que es una seguridad que proviene de la abundancia de apoyo.

Tenemos el honor y privilegio de pertenecer a una nación de personas que toman responsabilidad, a una familia extendida que no necesariamente puede curar el problema, pero que siempre puede compartir el dolor. Actualmente estamos compartiendo el dolor con las familias de Yoav, Philippe, Yohan y Francois-Michel, intentando asegurarles de la mejor manera que podamos que no están solos en su dolor.

En este momento de oscuridad para Am Israel, lamento profundamente lo que ha ocurrido, pero me siento honrada de tener la oportunidad de, en mi capacidad limitada, tomar responsabilidad como sólo puede hacerse en Israel. Las familias y comunidades no cargan solas con esta tragedia, y espero profundamente que pronto podamos compartir sólo alegrías, en el hogar de nuestra gran familia.