Queridos Yoav, Yohan, Philippe, Francois-Michel: no es así como queríamos darles la bienvenida; no queríamos que llegaran así a la Tierra de Israel; no es así como queríamos verlos venir a casa, al Estado Judío, y a Jerusalem, su capital. Los queríamos vivos, queríamos para ustedes… vida.

En momentos como este, me paro frente a ustedes con el corazón roto, conmovido y angustiado, y a mi lado se encuentra toda una nación.

Phillipe, tú querías hacer las compras para Shabat, y qué es más judío que ir de compras el viernes para el sagrado día de Shabat.

“Mi padre es un héroe”, lloró Rafael, tu hijo. “Fue asesinado simplemente por ser judío”. ¿Qué le podemos decir a tu querida esposa, Phillipe? ¿Qué les podemos decir a tus tres pequeños hijos, cuyos llantos llamando a papá se encontraran con el silencio?

Francois-Michel, el departamento que compraste aquí en Israel estaba listo para tu llegada. Querías tanto hacer aliá, vivir aquí con nosotros. Pero ahora nunca serás capaz de fijar una mezuzá en la jamba de tu hogar en Israel. “¿Quién es el hombre que ha construido una nueva casa y no la ha estrenado? Que vaya y regrese a su casa, para que no muera en la guerra, como está escrito en nuestra Torá. Pero en tu caso, la guerra vino a ti, y las manos del terrorista lo destruyeron todo.

Yoav, tú estuviste aquí en Jerusalem por primera vez hace tan sólo dos semanas. Fuiste al Kotel y te fotografiaste envuelto en una bandera israelí. Hoy estás aquí por segunda y última vez; como un héroe judío, eres uno con nosotros.

Yohan, tú pudiste haberte salvado, haber escapado, podrías haber corrido; pero no te rendiste. Peleaste con el asesino para salvar la vida de un pequeño de tres años. Tuviste éxito en eso, pero pagaste con tu propia vida. Apenas veinte años de edad, y ya eres un héroe.

Queridas familias, pueblo de Israel. Philippe Braham, Yoav Hattab, Yohan Cohen y Francois-Michel Saada fueron asesinados justo antes de Shabat, en un supermercado casher de París, a sangre fría, por el hecho de ser judíos. El asesino se aseguró de estar en una tienda judía, y sólo entonces llevó a cabo la masacre. Esto fue maldad en su forma más pura y venenosa, la cual suscita el peor de los recuerdos. Esto es odio puro en contra de los judíos; aborrecible, oscuro, premeditado, el cual busca atacar la vida judía dónde quiera que se encuentre. En París, Jerusalem, Toulouse y Tel Aviv. En Bruselas y en Mumbai. En las calles y en las sinagogas. En las escuelas y en el supermercado local. En las estaciones de trenes y en los museos.

Al igual que muchos, vi a cientos de miles de personas que marcharon por las calles de Francia. Fue una demostración de una profunda solidaridad que reconfortó mi corazón. A pesar de que las últimas semanas y meses han probado que el terror no discrimina entre sangres, no podemos obviar el hecho de que este terrorismo se dirige especialmente en contra del pueblo judío. En contra de quienes visten tzitzit, de quienes usan kipot, de quienes comen comida casher, rezan en las sinagogas o estudian Torá.

Sería peligroso negar que estamos hablando de antisemitismo, ya sea antiguo o nuevo. Independientemente de cuáles hayan sido las enfermizas motivaciones de los terroristas, se espera que los líderes de Europa actúen y que establezcan medidas firmes que devuelvan el sentimiento de seguridad a los judíos de Europa; ya sea en Toulouse, en Paris, en Bruselas o en Burgas.

No podemos dejar que en el año 2015, setenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, los judíos tengan miedo de caminar por las calles de Europa con kipot y tzitzit. No podemos permitir frecuentemente noticias de cementerios judíos que fueron vandalizados, de judíos que fueron golpeados y de sinagogas y comunidades que se encuentran bajo ataque. Ya no es posible ignorar, o mantenerse ambiguo, o actuar con debilidad o con indulgencia en relación a las furibundas incitaciones antisemitas. La ignorancia y la violencia no desaparecerán solas.

Hermanos y hermanas, miembros de la comunidad judía francesa; hemos sido testigos en los últimos años del fortalecimiento de la vibrante y fuerte conexión que hay entre la comunidad judía de Francia y el estado y los ciudadanos de Israel. Este firme y cercano lazo encuentra expresión en épocas de disfrute y de sufrimiento; en los buenos tiempos y en los malos tiempos.

Estuvimos aquí juntos, y acompañamos en su última travesía a Miriam Monsonego, Rav Yonatan Sandler y sus pequeños hijos, Gavriel y Ariyeh. Y el verano pasado, el pueblo de Israel se unió para sepultar a Jordan Ben-Simon, un soldado proveniente de Francia. Conocí a sus padres y a sus hermanas. Gente muy especial, una familia comprometida con el amor por Israel, por la tradición judía y con el amor por el estado de Israel.

En estos difíciles tiempos, he aprendido cuán verdad es que somos un solo pueblo. He comprendido cuán importante es que estemos juntos, cercanos unos de otros, independientemente de la distancia geográfica que nos separa. Y hoy, también, somos hermanos, miembros de una familia, con las cabezas gachas, con lágrimas de tristeza. Un lazo que no puede verse debilitado por el tiempo o la distancia. Un lazo de espíritu y sangre.

Mucho ha sido dicho luego de los asesinatos sobre la inmigración de la judería francesa a Israel. Queridos hermanos y hermanas, son bienvenidos. Nuestra tierra es vuestra tierra, nuestro hogar es vuestro hogar, y añoramos el día que los veremos asentarse en Sión.

Sin embargo, el retorno a vuestra tierra ancestral no debe ser por angustia, por desesperación, por destrucción, o en la agonía del terror y el temor. El terrorismo nunca nos ha vencido, y no queremos que el terrorismo los venza a ustedes. Queremos que elijan Israel por amor.

Queridas familias, junto a las tumbas de sus seres queridos les prometemos que continuaremos luchando por vuestro derecho de vivir como judíos, donde sea que estén. Continuaremos luchando por vuestro derecho a asistir con orgullo a las sinagogas y a educar a vuestros hijos en el estudio de Torá, a amar a Israel y a tomar responsabilidad por el mundo que los rodea.

La sangre judía no es barata. La sangre humana no es barata. La tierra no cubrirá la sangre, nada curará el dolor. Aquí, entre las montañas de Jerusalem, en Har Hamenujot, nos reunimos para enterrar a nuestros hermanos, quienes han venido desde muy lejos; a nuestros hermanos, hijos de Francia, pero también hijos de Jerusalem. Que su memoria sea para bendición.