Imagino lo que sería salir hoy a decirle al mundo —a toda persona que pase por mi lado— que hay un Creador, que ese Creador quiere que me acerque a Él y que el único objetivo del acercamiento es que yo reciba el bien más grande que se puede recibir: Su amor incondicional.

Cierro los ojos por un momento y me doy cuenta de que no puedo hacerlo, a pesar de que todos saben, un poco más o un poco menos, de lo que estoy hablando. La vergüenza, el miedo, las mil excusas, todo me detiene en mi intento de esparcir el conocimiento de Dios. Y en el mundo de hoy todos están familiarizados con la idea de Dios. A nadie le sorprende escuchar conceptos como “rezos”, “nada es casualidad”, “todo es para bien”.

Abraham Avinu vivió en un mundo idólatra; un mundo en el que nadie —literalmente nadie— fue capaz de no rendirle culto a un rey de carne y hueso. Sólo Abraham Avinu no se reverenció, y por eso fue condenado a ser arrojado a un horno candente.

¡Cuánta jutzpá!

Siempre imaginamos a Abraham Avinu como una persona muy amorosa, sabemos que su midá (característica personal) que más lo definía era el jésed (bondad), por lo que pensamos que debe haber caminado por la calle abrazando a todo el mundo, ayudando sin esperar nada a cambio y sonriendo sin cesar. Quizás. Ahora bien, si tú dices bendiciones antes de los alimentos y tienes gente cercana que no, y alguna vez evaluaste la idea de sugerir que digan una bendición por algo que comieron en tu casa, sabes el momento de tensión que potencialmente puede generarse.

Sin embargo, Abraham Avinu traía personas a su hogar, les daba de comer y las invitaba a bendecir. Para hacer algo así, hace falta ser muy fuerte, tener claridad absoluta en tus valores y estar dispuesto a vivir de acuerdo a ellos más allá de todo.

El Rambam nos enseña que, naturalmente, la persona sigue a la sociedad en la que vive, adquiriendo sus valores y sus costumbres. Para mantenerse inmune a la influencia de la presión exterior hace falta tener un mundo interior extremadamente desarrollado, perfeccionado hasta el punto en que queda blindado y sólo deja ingresar cosas que ya fueron sometidas a un proceso de juicio.

Gran parte de las personas que desarrollan su mundo interior hasta ese grado, quedan ensimismadas y tienen poca o nula interacción significativa con el mundo que las rodea.

Por otro lado, hay personas que son naturalmente sociables, que disfrutan de las relaciones y tratan de estar bien con todo el mundo. Muchas veces, estas personas terminan moldeando su personalidad en base a lo que los demás quieren oír o ver en ellas. Un ejemplo muy claro de esta idea son los famosos, que dado que cada vez que hablan hay un micrófono frente a sus bocas no pueden decir nada que esté en conflicto con eso que la sociedad considera aceptable. ¿Y la verdad? ¿Y la justicia? ¿Y la moral? Todo queda de lado cuando la aceptación popular está en juego.

Abraham Avinu tuvo estas dos características: un mundo interior sumamente firme y la capacidad de relacionarse con los demás, era capaz de identificar las dificultades de las personas y ayudarlas de manera desinteresada. El balance entre estas dos midot complementarias genera un resultado tan infrecuente como maravilloso: la capacidad de transmitir —de corazón a corazón— la sabiduría que posibilita la persecución y obtención de una vida significativa.

Yemima nos impactó a todos precisamente con estas mismas dos midot. Hija directa de Abraham Avinu, al igual que todos los guerim (conversos), abandonó este mundo en parashat Lej Lejá, que según el sabio Jatam Sofer significa 've hacia ti', ve hacia tu esencia, ve hacia ese purísimo interior que Yemima descubrió para conectarse a Dios en el medio de un gran vacío espiritual que la circundaba y, dejando su familia atrás, vino a Israel no para cumplir un sueño, sino para cumplir con lo que ella entendió que era su obligación.

Siete meses después de haber cumplido su primer objetivo, estaba dando lo mejor de sí para cumplir con su nueva responsabilidad, o la de siempre: crecer. En el instante en que fue brutalmente atropellada, Yemima se dirigía a un shiur (clase) de Torá.

Cuando Abraham Avinu fue arrojado al horno candente, en el Cielo hubo una evaluación. Por un lado, morir al kidush Hashem, morir sólo por ser judío, por representar a Dios en este difícil mundo, es el mérito más grande que se puede tener; por otro lado, un pueblo debía salir él, morir en ese evento era una tragedia que el mundo no podía afrontar. El futuro de la humanidad dependía de él.

Yemima no vivió en el comienzo de este mundo como lo conocemos, sino cerca de su final. En este loco mundo, nunca la escuché hablar lashón hará y siempre vistió con una modestia digna de las mujeres más rectas de nuestro pueblo. Tan cercanos a la llegada del Mesías, Yemima es llevada a lo más alto del Cielo, a lo más cercano a Dios, desde donde espero que rece por nosotros, que nos dé fuerza y que su muerte, su función como korbán elevado a Hashem en representación de todo nuestro pueblo, acelere la llegada del Mesías pronto y en nuestros días, amén.

Rav Gabriel Levcovich es mashguíaj de la midrashá Majón Roni, en la Ciudad Vieja de Jerusalem, en donde tuvo el mérito de tener a Yemima como alumna y aprender de ella durante más de un año.