Era junio. Había estado trabajando muy duro durante varios meses, y acababa de cerrar exitosamente un trato de negocios muy largo. Necesitaba un descanso físico y emocional.

Me llegó un email - un viaje a Israel, con oradores de los que nunca había escuchado y lugares a los que nunca había ido. Era perfecto, y mi esposa estuvo de acuerdo. Fue algo de último minuto, y el único vuelo que pude conseguir fue Los Ángeles-Nueva York-Londres-Israel. Agotador, pero valía la pena.

El domingo anterior a mi viaje estaba haciendo un asado en mi patio, y llamé a mi padre por teléfono. Mis padres, que viven en Dallas, iban a ir a Connecticut para un Bar Mitzvá el mismo fin de semana en que yo iba a estar haciendo escala en el Aeropuerto John F. Kennedy, y pensé que sería bonito tratar de encontrarnos.

Le estaba contando a mi padre sobre el viaje, y él se interesó en cada detalle. “Huau, suena maravilloso. Desearía poder ir a Israel de nuevo”.

Y en uno de esos raros momentos de claridad, dije de repente, antes de tener tiempo para pensar en todas las razones por las cuales lo que estaba a punto de decir estaba mal: “¿Por qué no vienes conmigo?”.

Él estaba pasmado (yo estaba pasmado).

“Vas a estar en Nueva York de todos modos. Sólo trae dos camisas más y un pasaporte”.

Mi padre jugó su última carta. “Pero… es demasiado caro”.

Debe haber sido porque yo estaba sentado afuera, al sol, o quizás fue por la media cerveza que me había tomado, pero lo siguiente que salió de mi boca fue: “De eso me encargo yo. Tengo una habitación doble y te puedes quedar conmigo”.

Tomado por sorpresa, mi padre dijo: “Déjame hablarlo con tu madre. Te llamo de vuelta”. El teléfono sonó cinco minutos después: “Está bien, voy”.

Lo que iba a ser un descanso del trabajo de repente se había convertido en un viaje de padre e hijo.

Tragué saliva. Lo que iba a ser un descanso del trabajo de repente se había convertido en un viaje de padre e hijo. Me conecté a Internet, y diez minutos y una gorda factura en la tarjeta de crédito después, mi padre tenía un asiento a mi lado en el avión y un lugar en mi viaje.

Antes de darme cuenta, estaba en camino a Nueva York para encontrarme con mi padre. Tenía emociones encontradas: por un lado, estaba excitado por el viaje, pero por el otro, tenía miedo por mi compañero de viaje.

Mi padre y yo éramos unidos, pero no habíamos vivido en la misma ciudad por 30 años. Ocho días juntos, sin ningún otro miembro de la familia… no podía recordar pasar tanto tiempo a solas con mi padre.

Tratando de Mantener el Ritmo

Estaba esperando en la puerta de embarque, leyendo un periódico, y de pronto sentí una mano en mi hombro. Miré hacia arriba, vi su cara sonriente, y toda la angustia desapareció. Muchas veces tomamos decisiones y podemos ver los pros y los contras, pero esta decisión sólo tenía aspectos positivos.

Después de dos vuelos y un largo viaje en taxi, estábamos en Jerusalem. Necesitaba llamar a casa y a la oficina. Mi padre (y se supone que yo soy el religioso de la familia), quería ir al Kotel a sacar fotos. Yo necesitaba descansar; él quería ver la ciudad. ¿Quién es el más viejo en esta relación?

Y toda la semana fue igual. No se cansaba nunca. Era como si quisiera llevarse a casa recuerdos de todo Israel. Nunca estaba satisfecho, siempre quería conocer a más gente, y visitar más lugares. Pasaba cada cena en otra mesa de nuestro grupo. Era la persona más popular.

Es difícil explicar lo especial que fue nuestro tiempo juntos. Ver a mi padre apasionado sobre algo que es tan central para mí, y estar juntos, fue unos de los mejores momentos de mi vida.

El viernes a la noche nos vestimos elegantes y fuimos al Kotel. Y por primera vez en mi vida, bailé Lejá Dodí con mi padre y un centenar de chicos de Ieshivá. Y pensé que, si Dios quiere, tal vez mis hijos me traerán aquí algún día.

Cuando nos abrazamos, sentimos que habíamos compartido algo especial.

En lo que pareció un abrir y cerrar de ojos, ya estábamos en el avión volviendo a casa. Israel-Londres-Nueva York. En el Aeropuerto JFK nos separamos, él iba a Dallas, y yo de regreso a Los Ángeles. Pero cuando nos abrazamos, sentimos que habíamos compartido algo especial. Algo imprevisto, para lo que no estábamos preparados, y al final resultó espectacular.

Mi padre me mencionó el viaje muchas veces durante julio y agosto. Me envió copias de sus fotos. Ahí estábamos, en Tel Aviv, mirando el Mediterráneo, sonriendo juntos. Recuerdos que quedarán para toda la vida.

En setiembre, mi padre contrajo una infección. Los doctores no sabían qué tenía, e hicieron falta semanas de penicilina para curarla. Volvió a casa envejecido, pero dispuesto a recuperarse.

Dos semanas después de ir a casa, recibió permiso para comenzar a hacer ejercicios. En su primera mañana en la cinta para caminar, murió, probablemente de un ataque al corazón.

Lo extraño muchísimo. Lo extraño tres veces al día cuando digo Kadish. Lo extraño en los momentos más insólitos, cuando debería estar trabajando, o concentrado en conducir. Me consuela saber que vivió una larga y satisfactoria vida, y que aunque quería lograr mucho más de lo que pudo, realmente logró mucho.

Pienso en lo que hubiera sido si no hubiera dicho de repente: “¿Por qué no vienes conmigo?”. Si me hubiera detenido a pensar cuánto costaría ese viaje. Si hubiera pasado incluso un momento pensando: “¿Realmente quiero cargar con mi padre?”. Hubiera perdido una de las oportunidades más grandes de mi vida.

A veces es mejor no pensar. A veces, sólo tienes que decir: “Hazlo ahora”. Porque si no lo haces ahora, tal vez nunca más tengas la oportunidad de hacerlo.