Durante mi infancia en occidente, la guerra era algo de lo cual sólo leíamos en los libros de historia. Pero desde que me vine a Israel hace 29 años he pasado por cinco guerras.

La primera fue la guerra del golfo, en 1991. Las amenazas de Saddam Hussein de quemar Israel nos mantuvieron ocupados sellando los cuartos con plástico y cinta de pegar. Cuando sonó la sirena por primera vez, corrimos a los cuartos sellados y nos pusimos nuestras máscaras de gas. Mi hija de tres años no quería ponerse la máscara de gas. Aterrada, le puse la máscara a la fuerza. A la mañana siguiente los noticiarios reportaron que, a pesar de que no había víctimas fatales por los misiles Scud, una niña árabe de 4 años había muerto de asfixia cuando sus padres le pusieron la máscara a la fuerza. Escuché la radio temblando. Treinta y nueve misiles Scud cayeron en Israel, destruyendo edificios pero sólo matando a una persona. En lugar de gas venenoso, el aire de Israel estaba lleno de milagros.

En lugar de gas venenoso, el aire de Israel estaba lleno de milagros.

Pero la guerra del terror que hubo entre los años 2000 y 2004 no fue como esa. El frente de combate estaba en nuestros buses, nuestros centros comerciales, nuestros Bar Mitzvot y Sedarim, y en los lugares más céntricos de nuestras ciudades. Más de 1.000 israelíes fueron asesinados en esa guerra, la gran mayoría por terroristas suicidas. Durante cuatro años vivimos en miedo y plegaria. Nos cansamos de asistir a funerales de niños. Nuestros libros de Salmos estaban empapados con nuestras lágrimas.

La segunda guerra del Líbano, a mediados del 2006, comenzó como un esfuerzo por rescatar a dos soldados reservistas que habían sido secuestrados por terroristas de Hezbollah en el borde con el Líbano. Hezbollah lanzó una barricada de misiles a la parte norte de Israel. Cuarenta y cuatro civiles fueron asesinados en el bombardeo, y la mayoría de los residentes del norte escaparon rumbo al sur. Cuando los hoteles de Jerusalem y Tel Aviv ya no podían contener más refugiados, se abrieron centros comunitarios con camas y miles de hogares abrieron sus puertas. Una noche, mientras dábamos una caminata con mi marido, pasamos junto a una joven pareja que acarreaba un cochecito de bebé. Ellos habían escapado de su hogar cerca de Haifa y se habían quedado por tres noches en un hotel de Jerusalem. Ahora, sin embargo, el hotel los había echado porque alguien más tenía reservas. Los invitamos a nuestro hogar y vivieron con nosotros hasta que terminó la guerra. Lamentablemente, 121 de nuestros jóvenes soldados murieron. Y cuando los reservistas que habían sido secuestrados fueron finalmente devueltos en un intercambio por el terrorista Samir Kuntar y otros cuatro prisioneros que pertenecían a Hezbollah, sólo obtuvimos de vuelta sus cuerpos sin vida.

Mientras el norte de Israel luchaba para recuperarse y reconstruirse, el sur se vio sujeto a reiterados ataques de misiles por parte de Hamás, movimiento que había sido democráticamente elegido para gobernar en Gaza. Hamás lanzó más de mil misiles a objetivos civiles en Israel. La vida en el sur de Israel se volvió una continua pesadilla de sirenas que forzaban a niños y adultos a buscar con desesperación un lugar para refugiarse. Por lo tanto, en el 2008, Israel dio inicio a la operación Plomo Fundido, enviando tropas terrestres para detener a Hamás. Nuestro rol en esa guerra fue rezar, y enviar paquetes de comida y calcetines abrigados a nuestros soldados que estaban en el frente de batalla.

Después de un corto período de calma, los ataques de misiles de Gaza —los que ahora incluían misiles rusos Grad de largo alcance que aterrorizaban a grandes ciudades como Beer Sheva y Ashdod—, comenzaron a incrementar nuevamente. Por lo tanto, en noviembre del 2012, Israel lanzó la operación Pilar Defensivo. La comunidad internacional, que se había mantenido silente mientras Israel era bombardeado por Hamás, condenó enérgicamente la campaña militar de Israel para detener los misiles. Peleando contra Hamás en un frente y contra el oprobio internacional en el otro, Israel fue golpeado por 1456 misiles, los cuales mataron a seis israelíes, hirieron a 240 y dejaron a 200 en estado de shock. El Trastorno por estrés postraumático se transformó en una epidemia en el sur de Israel.

En guerra nuevamente

Y ahora estamos nuevamente en guerra. Unos 40.000 reservistas —principalmente maridos y padres de familia— fueron llamados al frente de batalla. Nuestros soldados —los que no tienen que estar encargándose de las revueltas árabes a lo largo de Israel— están reunidos en el borde de Gaza. Durante los últimos ocho días, cerca de un millón de israelíes han tenido que buscar refugio en refugios antibombas. Unos 442 misiles de Hamás han sido disparados a Israel en los últimos días, algunos de los cuales han llegado a Tel Aviv e incluso a Haifa.

El martes por la noche yo estaba dando mi Webinar semanal desde mi casa en Jerusalem a mujeres de todas partes del mundo —de Francia, Inglaterra, Irlanda, Australia, Canadá, México, Chile, Israel y Estados Unidos— y, en medio del Webinar, apareció un mensaje en el espacio para preguntas de una mujer que vive en Ashdod: “Hubo una sirena de código rojo, por lo que tuvimos que ir al refugio antibombas. Ahora tengo que hacer dormir a mis hijos de vuelta, así que tendré que escuchar la grabación del Webinar mañana”.

Seguí dando la clase, pero unos minutos después escuché el sonido de la sirena.

Quedé perpleja por el mensaje en vivo desde la zona de guerra. Les conté a mis oyentes que la noche anterior, mi hija había ido a una boda al aire libre en Beit Shemesh, que queda a 40 minutos de Jerusalem, cuando de repente sonó la sirena. El baile se detuvo, y la novia, el novio y los invitados, que no tenían ningún edificio donde refugiarse, corrieron hacia una muralla decorativa. Miraron hacia el cielo y vieron el misil que venía de Gaza, el cual formaba un rayo de luz en el cielo. De repente, el misil fue derribado por la Cúpula de Hierro (el sistema de defensa antimisiles de Israel), causando una fuerte explosión y un gran brillo en el cielo. ¡Feliz matrimonio!

En ese momento del Webinar, les dije a las participantes que íbamos a parar y rezar. Israel está en guerra. Debemos rezar por los residentes del sur y por el bienestar de nuestros soldados. Después de un minuto continué dando la clase, pero pocos minutos después escuche el sonido de la sirena. Estaba desconcertada. No habíamos escuchado sirenas en Jerusalem desde la guerra del golfo. “Estoy escuchando una sirena”, les dije a mis oyentes que estaban al otro lado del mundo.

Nuestro edificio no tiene refugio antibombas. Se supone que debemos usar el refugio que está al otro lado de la calle, pero éste apenas puede albergar a los residentes de aquel edificio. Así que simplemente me quedé allí, un tanto nerviosa, y les pedí a mis oyentes que rezaran, esta vez no sólo por los residentes del sur, sino también por los judíos de Jerusalem. Resultó ser que Tel Aviv, Rehovot y todas las grandes ciudades del poblado centro del país estaban bajo ataque.

Entonces comenzaron a aparecer comentarios en la zona de preguntas:

  • ¡Hay una sirena en Beit Shemesh ahora!

  • Mi amiga vive en Jerusalem y nos acaba de decir que un misil cayó en su barrio.

  • ¡No continúes con la clase si no es seguro para ti!

  • Mi hijo y nieto están en Tel Aviv.

  • Que sepas que todo judío en Irlanda, y seguramente en todas partes del mundo, está rezando por ustedes en Israel.

Qué cosas no ayudan

Nuevamente estamos en guerra. Acá están las cosas que no ayudan:

  • Preocuparse y lamentarse.

  • Culpar a cualquier persona del otro extremo del espectro político o religioso.

  • Obsesionarse con las noticias (llamar a un pariente anciano va a ayudar más a Israel que el hecho que revises las noticias por octava vez hoy).

  • Gastar energías en odiar a nuestros enemigos.

  • Cancelar tu viaje a Israel (esas cancelaciones nos hacen sentir abandonados).

Esto es lo que sí ayuda:

  • Reza por que nuestros soldados estén bien, por la protección de todo judío de Israel y porque nuestros líderes políticos y militares tengan la sabiduría necesaria.

  • Inscríbete en el Shmira Project (página en inglés), un proyecto que pretende emparejar combatientes de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) con judíos de todas partes del mundo, quienes harán actos de benevolencia, plegarias o estudio de Torá para aumentar el mérito espiritual y protección del soldado.

  • Apoya a Israel por medio de propagar la verdad en Cartas al Editor, cartas a tu gobierno, blogs, Facebook y comentarios en Internet: Que Hamás, el cual busca la destrucción de Israel, ha lanzado cientos de misiles a objetivos civiles en Israel, y que Israel debe defender a sus ciudadanos.

  • Apoya a las FDI enviando bienes, paquetes de ayuda y cartas de apoyo en http://www.thankisraelisoldiers.org/ (página en inglés).

  • Acepta sobre ti mitzvot, buenas acciones, donaciones a caridad y estudio de Torá en el mérito del pueblo de Israel. El judaísmo enseña que toda mitzvá genera méritos, y que tal como puedes enviarle tu dinero a quien quieras, asimismo puedes enviarle tu mérito a quien decidas.

Y una última cosa: Lucha contra tu instinto humano de evitar sentir dolor y permítete sentir el dolor de tus hermanos y hermanas en Israel. Siente el dolor de las madres y padres cuyos preciados hijos han sido enviados al frente de batalla, de las esposas cuyos maridos han sido llamados a combatir. Siente el dolor de los niños del sur de Israel que viven traumas a diario: el niño de diez años que volvió a mojar la cama, las adolescentes que dejaron de tener el período menstrual, los niños de cuatro años que no pueden dormir por el temor ante una nueva sirena.

Siente el dolor, y permite que esto te incentive a realizar las acciones constructivas que aparecen más arriba. Ahora no es el momento de ser insensibles.

Mira este pequeño video para que sientas cómo es tener 15 segundos para llegar a un refugio antibombas: