Hace lo que pareciera muchísimo tiempo atrás, yo estaba haciendo la transición de trabajar en el campo del entretenimiento a trabajar para causas judías. El primer trabajo que tuve fue como un enlace norteamericano para Itzkak Shamir durante su período como Primer Ministro israelí (en la fotografía, los dos).

Shamir se había mudado a Israel en 1935, dejando atrás a su familia que había sido asesinada en el Holocausto. Su padre había logrado escapar de un tren de la muerte alemán, sólo para volver a su pueblo polaco donde inmediatamente fue golpeado hasta la muerte por sus amigos de la infancia.

En gran medida, esos eventos formaron la visión política de Shamir, y en los años 40 se convirtió en un líder de la Banda de Stern (Leji), cuyo objetivo era expulsar a los colonialistas británicos de Israel y allanar el camino para la independencia judía.

Aunque Shamir era un idealista, su grandeza yacía en su habilidad de ser pragmático al mismo tiempo. A pesar de estar comprometido a poblar con judíos todo el territorio de Israel, asistió a la Conferencia de Madrid en 1991, convirtiéndose en el primer PM israelí en entrar en negociación con los palestinos.

Por un lado, Shamir expresaba abiertamente el derecho de Israel a defenderse, mientras que por el otro, durante la guerra del Golfo de 1991, tomó la difícil medida estratégica de no contraatacar cuando Saddam Hussein estaba lanzando misiles scud hacia Tel Aviv.

Esas dos facetas – duro pero flexible – le permitieron desempeñarse con tanta eficiencia.

Recién llegado a Israel cambió su apellido a Shamir, que de acuerdo al Talmud (Gitín 68b) es el nombre de un gusano que puede cortar piedras. Este gusano fue utilizado para cortar los bloques del Sagrado Templo, porque los utensilios metálicos no eran apropiados para cortar las piedras de un lugar dedicado a la paz.

Para mí, esto resume a Itzjak Shamir: dedicado a la paz pero más fuerte que el hierro, y sin temor a utilizarlo cuando es necesario.

Itzjak Shamir murió a los 96 años y fue enterrado la semana pasada en Jerusalem. No fue un político que buscó la gloria, la fama o la riqueza. En cambio, sirvió con recato y una devoción inquebrantable. Que su recuerdo sea una bendición.