Anoche soñé que estaba de vuelta en mi ciudad natal, intentando alcanzar un autobús para dirigirme hacia mi destino. Cuando el autobús se detuvo, me di cuenta que de todas formas no pasaba por el lugar al que yo quería ir. “Tonta de mí”, pensé en mi sueño, “en mi ciudad natal no se toman buses”. Obviamente existe transporte público, pero yo crecí en los suburbios, donde todos tienen un automóvil propio.

Cuando me desperté, me di cuenta que mi subconsciente me estaba diciendo: “Quiero estar de vuelta en mi ciudad natal, donde todo es seguro y no tendría que preocuparme por tomar el autobús para llegar a mi destino. Quiero liberarme de este miedo constante en las paradas de autobús, de tren y frente a los empleados de verdulerías.

La semana pasada me preparaba para salir en autobús rumbo a mi clase de ejercicios, pero antes de que alcanzara a salir escuché las horrendas noticias de la masacre que había ocurrido en Har Nof. Era demasiado pronto para saber quiénes eran las víctimas. Dudé antes de abordar el autobús. ¿Debería ir? ¿O debería protegerme en la seguridad que brindan las cuatro paredes de mi casa?

Es verdad que esas murallas no serían seguras en caso de un ataque de misil. Pero eso pasó hace varios meses, y la mayoría de los misiles cayeron en el centro y sur del país, y no en mi tranquilo barrio de Jerusalem. Me sentía relativamente segura en ese entonces.

Pero no ahora, cuando semanalmente han ocurrido ataques terroristas en Jerusalem. El tren ligero, el cual utilizo de forma constante, ha tenido que ser detenido más de una vez porque ocurrió un ataque en alguna de las estaciones. Yo vivo en Nevé Yaakov, un barrio en el extremo norte de la ciudad, y tomar el tren ligero en dirección al centro de la ciudad me significa pasar por Shuafat y luego seguir derecho por la Carretera 1, circunvalando los barrios de Jerusalem del Este que también reciben servicios del tren.

Mi hijo de 10 años tenía que ir a su clase semanal de natación. Por lo general se va caminando con un amigo hasta la piscina, la cual queda a 10 minutos de casa. Media hora antes de que saliera, me llamó la madre de su amigo. “¿Vamos a dejar que vayan solos hoy?”.

“No, supongo que no”, le respondí. No con trabajadores de construcción árabes rondando por el vecindario. ¿Quién sabe cuándo se le podría ocurrir a alguno de ellos repetir lo acontecido en cualquiera de los ataques terroristas de las últimas semanas, apuntando esta vez a un par de niños pequeños? Quedamos en que ella los acompañaría hasta la piscina y que yo los iría a buscar. Así es Jerusalem. Algunos de mis vecinos tienen un automóvil, pero la mayoría de nosotros nos las arreglamos con el transporte público o a pie.

Otra mañana, fui con mi hijo al doctor. Después de la visita, él tenía que volver a la escuela y yo tenía que hacer una diligencia en el centro de la ciudad. Lo acompañé hasta la parada de autobús y esperé con él hasta que llegara el autobús. Así es Jerusalem, después de todo. Permitimos que niños de 10 años anden solos en autobuses, especialmente a plena luz del día y cuando se trata de una ruta que conocen bien. Lo he hecho en innumerables ocasiones.

Lo veo abordar el autobús —con el corazón en la garganta— y luego me dirijo a la estación de trenes que está a diez metros de allí, el mismo lugar en el que la bebé Jaya Zissel Braun fue asesinada hace tres semanas. Medio bromeando le digo: “Reza por mí y yo rezaré por ti”.

Gracias a Dios ambos llegamos sanos y salvos a nuestros destinos finales.

La semana pasada, cuatro honorables miembros de la comunidad de Har Nof fueron asesinados mientras recitaban sus plegarias matutinas. Otros dos siguen en el hospital, con sus vidas pendiendo de un hilo. Yo conocía personalmente a una de las víctimas del atentado: Rav Abraham Shmuel Goldberg, un alma cálida y amable, fue mi jefe en la editorial Targum Press durante tres años. A los otros tres sólo los conocía por medio de amigos y vecinos. Pero el mundo de Jerusalem es suficientemente chico como para que todos pareciéramos estar conectados esta semana.

Fui a hacer una visita de shivá a la familia Goldberg. En el ascensor del edificio, en los pasillos y en el departamento mismo había carteles que decían: “La familia Goldberg acepta la voluntad de Dios y solicita que sea respetada su privacidad y que no se realicen entrevistas”.

El departamento estaba lleno de amigos, vecinos y totales extraños que tenían los ojos llorosos y buscaban dar sus condolencias. Escuché a la familia compartir recuerdos de su padre, riendo y llorando de forma alternada mientras reflexionaban sobre su pérdida.

En la atiborrada sala, se encontraba parada a mi lado una mujer rubia que cargaba un bebé, la cual hablaba inglés con un acento israelí-sudafricano. Ella estaba junto a su madre y hermana. Se trataba de la familia de Dahlia Lemkus, la joven de 26 años que fue asesinada en una parada de autobús en Gush Etzion hace dos semanas. No conocían a los Goldberg, pero ahora estaban conectados. Eran familia.

Me sorprendió que estas valientes mujeres estuvieran allí tan sólo una semana después de su propia shivá por circunstancias similares. “Sentimos que el ataque en la sinagoga no fue algo personal, sino que fue en contra de todos los judíos”, explicó la joven. En aquel salón de Har Nof, repleto de visitantes, desaparecieron las divisiones de la sociedad israelí.

Mi infancia fue claramente más tranquila, con menos tensiones, y fue menos aterradora de lo que es mi vida hoy en día. Pero cuando dejé la casa de los Goldberg, me di cuenta que esa es la razón por la cual estoy viviendo en Jerusalem y no en otra parte del mundo: esta ciudad, este país, donde estoy rodeada de judíos y donde siento la presencia de Dios incluso cuando hay tragedias, es el lugar al cual pertenezco. Este es mi hogar.