En Israel, en Janucá no hay nada más popular que las “sufganiot”. Estas deliciosas y poco saludables bolas de masa frita rellenas con mermelada (en la actualidad con casi todos los sabores que existen bajo el sol) y amorosamente rociadas con azúcar impalpable, se encuentran por todos los rincones de Israel.

Durante una estación típica de Janucá se consumen en Israel más de 5.2 millones de donas (en hebreo sufganiot). Más del 80% de los israelíes comen por lo menos una sufganiá a lo largo de la festividad, lo que quizás convierte el "comer donas" en el ritual religioso más observado en la vida israelí. El principal comprador de donas es el ejército israelí. El ejército compra cerca de medio millón de donas y las distribuye a través de cien camiones a los soldados que se encuentran en todos los rincones del país.

Lo que es realmente destacable y bastante poco conocido es la identidad de quien ocupa el segundo lugar en la compra de donas. Un hombre religioso que vive en un modesto departamento en Jerusalem, ordena entre 300.000 y 350.000 donas con un precio de más de 100.000 dólares. El pedido lo efectúa un desconocido héroe del pueblo judío que insiste en permanecer anónimo. (Yo puedo dar fe que esta historia es cierta, ¡lo conozco personalmente!).

Si bien Israel puede enorgullecerse de ser la nación de los “Startups”, a pesar de sus sorprendentes innovaciones técnicas y su economía competente, lamentablemente más del 21 por ciento de los israelíes viven por debajo de la línea de pobreza. Cuando llega la festividad de Janucá y todos están saboreando sus deliciosas sufganiot, podemos imaginar cuán aislados se deben sentir los israelíes pobres que no tienen los medios para comprar ni siquiera una de estas delicias de Janucá. Estos sentimientos son todavía más difíciles para los niños israelíes que literalmente están rodeados de donas que están fuera de su alcance.

Un judío que creció en Jersey y vive desde hace 20 años en Israel se dedicó a hacer más fácil la vida de este 21 por ciento de la población israelí. Además de las más de dos millones de hogazas de pan que distribuye anualmente y las elevadas sumas de dinero que recolecta a lo largo del año para aliviar la carga de la pobreza, hace unos años comprendió cuán difícil es ser pobre en la época de Janucá. Y lo más importante, reconoció cuánto una pequeña dona rellena con mermelada puede cambiar la sensación de sentirse parte de la alegría de Janucá o de sentirse a un lado.

Cuando él vio a una familia de ocho personas dividiendo una sola dona en minúsculas rodajas para que todos pudieran probarla, supo que tenía que hacer algo al respecto. Él se embarcó en una campaña nacional para asegurar que ningún niño (ni adulto) se quede afuera y que cada israelí, sin importar su capacidad para pagarla, pueda sentir la dulzura de una dona de Janucá. Él distribuye más de 300.000 donas por todo el país, en los barrios más pobres y destituidos y en los rincones más alejados del país, llevando la alegría de Janucá a los necesitados.

Este Janucá, al celebrar la milagrosa supervivencia del pueblo judío, tomemos un momento para asegurarnos que ningún judío se quede a un costado. Que todos tengan un feliz Janucá y… ¡bon appetit!