Cuando tenía 16 años, estalló la Guerra del Golfo en Israel durante las vacaciones de invierno.

Yo amaba Israel. Amaba las doradas colinas desérticas del Neguev y el verde follaje del Golán. Amaba el fragante zaatar que vendían en el shuk, y el seco suelo que siempre estaba lleno de cáscaras de semillas de girasol. Amaba todo sobre Israel.

Excepto por las guerras.

Sólo quería visitar Israel cuando había paz. Quería subir a los buses y escuchar el acento gutural marrocano del hebreo de los ancianos. Pero no quería tener que preocuparme por los terroristas suicidas. Quería pasear por los ríos y valles de Israel. Pero no quería tener miedo cada vez que sonase una sirena.

Yo era una amiga de Israel sólo en los buenos tiempos.

Cuando estalló la Guerra del Golfo, miles de misiles fueron dirigidos a la tierra que yo tanto amaba. Mi amiga Jennifer estaba en Israel en ese entonces, visitando por primera vez en las vacaciones de invierno. ¡Cuánto la compadecía! Me estremecí al pensar en ella, acurrucada en un refugio antibombas, utilizando una máscara de gas. No podía dormir por las noticias. Estaba de duelo por un país al que tanto amaba, pero al mismo tiempo me aferraba a la libertad de vivir en el mundo occidental.

Nunca podría hacer lo que hizo Jennifer, ni siquiera por unas pocas semanas.

Mi chaleco antibalas

Diez años después, vine a Israel con mi esposo a pasar nuestro primer año de casados. Él estaba terminando sus estudios y yo estaba embarazada de nuestro primer hijo. Nuevamente estaba enamorada de mi país.

Cuando surgió una oportunidad para comprar un departamento en Israel, estábamos convencidos que era lo correcto de hacer. La Guerra del Golfo era una memoria distante. Ahora todo era relativamente pacífico. Me quedaría en casa cuando los lugares públicos fueran peligrosos. Estaría bien. Construiríamos nuestra familia en la Tierra Santa.

Dos meses después de mudarnos a nuestra nueva casa en Israel estalló la segunda Intifada. Las calles que yo transitaba para ir a mi trabajo como maestra se convirtieron de pronto en el blanco de los ataques terroristas. Mi lugar de trabajo nos entregó chalecos antibalas.

Yo estaba petrificada.

"Quiero irme a casa", le dije a mi esposo.

¿Pero dónde estaba casa? La pregunta me confundía. ¿Casa era el país en el que crecí, un país que me había dado libertad, satisfacción y tranquilidad? ¿O casa era este diverso país con su tira y afloja político?

Con ocho meses de embarazo, me puse mi chaleco antibalas de 18 kilos y me dirigí al trabajo.

Nunca olvidaré la tarde en la que, con ocho meses de embarazo, me puse mi chaleco antibalas de 18 kilos y me dirigí al trabajo.

"¿Cómo lo haces?", me preguntó una amiga que vivía en Estados Unidos. "Yo nunca podría hacer algo así".

¡Ella no entendía que yo tampoco se suponía que podía hacer algo así!

"¿Te gustaría volver a casa?", me preguntaron mis padres.

Me encantaría decir que nunca se me pasó por la mente la idea de volver; que yo sólo quería montar mi caballo israelí rumbo al horizonte sin mirar hacia atrás. Pero no sería cierto. ¿Cómo podría no pensarlo cuando miraba a mi precioso e inocente hijo? ¿Cómo podría no fantasear con la vida libre de problemas que tendría de vuelta en casa?

Después de mucho pensarlo, decidimos quedarnos. ¿Por qué? Porque Israel es una tierra que está cargada de intensidad, de altos y bajos, de tiras y afloja... es el eje en torno al cual rota la Presencia Divina, por lo que, ¿cómo podría ser de otra forma? En Israel sentía que mi vida era incluso más preciada de lo que habría sido nunca en casa, a pesar de que se bamboleaba precariamente. Quería vivir una vida que importara, quería que mis hijos sintieran que ellos eran los eslabones en la luminosa cadena de nuestra heredad.

Esta es la decisión que reconsideré muchas veces, de acuerdo al ir y venir del conflicto. Cada vez que la artillería resonaba, me preguntaba si estaba haciendo lo correcto. Me imaginaba cargando bolsas llenas del centro comercial en lugar de cargar cajas llenas de máscaras de gas al trabajo.

Pero finalmente, este maravilloso país me absorbió.

Es la tierra que nos prometió Dios, lo que significa que me la prometió a mí y a mi familia. Es la tierra que tiene el último remanente del Templo sagrado. Es una tierra en la que los hermanos lloran por las tragedias de sus hermanos y celebran con alegría sus éxitos.

Y esta última semana dentro del refugio antibombas con mis hijos, he llegado a reconsiderar de qué soy realmente capaz. He escuchado el sonido de las sirenas a través de mis ventanas. Me he estremecido con el sonido de las explosiones de los misiles que caen. Y ahora, yo soy Jennifer, sólo que no estoy aquí de vacaciones.

La gente me pregunta: "No entiendo cómo lo haces. Yo nunca podría hacerlo". Todo lo que yo les digo es "No subestimes el poder de este país. No juzgues equivocadamente el poder del la asombrosa presencia de Dios, la cual es sumamente palpable en cada grieta de cada casa. No subestimes el sentimiento de andar por los mismos caminos en los que anduvieron nuestros antepasados".

La tierra de Israel me hizo pasar de ser su amiga sólo en los buenos tiempos a ser una amiga absolutamente fiel.