El primer día que llegué a Israel, quería volver inmediatamente a casa. Oh no, pensé, este viaje se va a transformar en un manojo de judíos religiosos tratando de lavarnos el cerebro para que adquiramos su estilo de vida. Tengo que reservar un pasaje de vuelta a Los Ángeles ¡AHORA YA!

No podía recordar ni siquiera porque le había permitido a mi hermana mayor, Ladan, convencerme de inscribirme en este viaje de Aish HaTorá. Cuando el sol se puso esa primera tarde en Israel, corrieron lágrimas por mis ojos y sentimientos de remordimiento se asentaron en mi corazón.

Muchos pensamientos se atravesaban por mi cabeza. Me regañaba a mí misma por haber dejado L.A, y haber puesto en espera mi carrera de periodista… ¿y para qué? ¿Para tener personas forzando la religión sobre mí? Siempre he resentido la religión y a las personas religiosas.

Mientras la rabia y el arrepentimiento aumentaban, yo estaba siendo atormentada por mis intensos sentimientos. ¿Por qué podía pensar como una periodista objetiva, removiendo los prejuicios y las creencias personales cuando documentaba otras culturas, pero cuando se trataba de mi propia herencia y religión, no podía abrir mi mente? ¿De dónde venía este odio?

Desde el punto de vista psicológico, estos eran los mismos sentimientos que yo había tenido acerca del judaísmo desde que era una niña.

Yo era la niña de 11 años que gritaba a toda voz en clases: “¿Cómo sabemos que Moshé en realidad existió?”.

Yo asistí a una escuela privada judía hasta 5to grado. En la escuela estaba etiquetada como “la niña hiperactiva” “la niña problema”. Yo era la niña de 11 años que gritaba a toda voz en clases, “¿Cómo sabemos que Moshé en realidad existió?”. Yo era la niña que cruzaba sus brazos durante los rezos y gritaba: “Tú no me puedes obligar a hablarle a Dios. Además, ¿cuál es el sentido de hablarle a Dios en un lenguaje que ni siquiera entiendo?”.

Desde una temprana edad decidí que los judíos religiosos eran estúpidos e ignorantes. Ellos no me entendían a mí, ni me aceptaban; por ende, simplemente me mantendría alejada de ellos. Detestaba todas las reglas y restricciones que el judaísmo forzaba sobre mí. Odiaba la forma en la que se vestían. Odiaba la dinámica masculina y femenina en la familia religiosa. Resentía la posición de subordinación de la mujer. El estilo de vida judío me disgustaba.

Entonces hacía lo mínimo posible como judía. Tenía cenas de Shabat con mi familia los viernes en la noche, y celebrábamos Januca en casa, pero hasta ahí llegaba la observancia de mi judaísmo. Yo estaba tan enojada con el judaísmo que ni siquiera ayunaba en Iom Kipur. Las leyes de cashrut no eran existentes para mí, y salir con no judíos era completamente aceptable. Yo era judía de nacimiento y tradición exclusivamente. No había ninguna profundidad, ningún entendimiento, ninguna espiritualidad y nada de amor.

En sexto grado me cambié de escuela judía, con todas estas preguntas no resueltas. Entonces empecé con el cuestionamiento. Mirando hacia atrás, debería haber expuesto mis preguntas de una manera más respetuosa, pero siendo una enojada y frustrada niña de 12 años de edad, no podía hacerlo de otra manera. Recuerdo que gritaba en la clase de ciencia: “¡¡¡Pero no entiendo!!! ¿Quién llegó primero? ¿Los Dinosaurios o Adam y Java?”. Los profesores me sacaban de una patada fuera de la clase y dejaban mis preguntas sin respuestas.

La mayoría del tiempo en la escuela lo pasaba, ya sea sentada fuera de la clase, o en la oficina del director. Llegó un punto en el que mi profesora de hebreo simplemente me dijo: “No te molestes en venir a clases, anda directo a la oficina del director después del almuerzo”. Yo me sentía rechazada por los judíos. Incluso hoy cuando escribo esto, diez años después, todavía siento que mi corazón sangra y mis ojos se llenan de lágrimas de dolor y tristeza. Tristeza por la pequeña niña incomprendida tan ansiosa de aprender, de entender y de ser simplemente parte de algo.

Yo decidí que las personas religiosas no me entendían, que yo no les importaba, y que no querían que yo fuera parte de ellas. Como niña que se siente incomprendida, estaba enojada y resentida. Todavía no me daba cuenta en ese entonces, pero en cada experiencia que tenía con judíos religiosos, encontraba maneras para interpretar lo mal que estaban, para apoyar mi teoría. Yo no le daría ninguna opción al judaísmo.

Aprendí que el cerebro humano reacciona a ciertos estímulos al recordar el pasado, y asocia situaciones similares con experiencias y emociones anteriores.

Esa sensación de sentirme incomprendida por judíos religiosos todavía vivía dentro de mí, incluso una década más tarde. Mi rechazo automático del judaísmo era producto de los eventos de mi pasado.

Luego de dos meses en la nueva escuela, junté a mis compañeras de clase y planeé una rebelión, una revolución para probar que los judíos religiosos eran malas personas. En esa fría mañana de otoño miré a mis compañeras directo a los ojos y exigí, “Debemos dejar de escuchar a estos rabinos y profesores. Ellos están inventando historias y mintiéndonos. Están tratando de lavarnos el cerebro. NO LOS ESCUCHEN”.

Debo haber asustado a algunas de las niñas porque un par de días después me llamaron a la oficina del director. El director que también era rabino, me dijo que estaba obligada a dejar la escuela. La única cosa que pensé fue, Ahá… Yo tengo la razón una vez más. Estos judíos religiosos no me quieren. Ellos no me entienden. Ellos son malas personas.

Mi familia trató de ponerme en otra escuela judía, pero durante la entrevista con el director, decidí que iba a ser brutalmente honesta al responder las preguntas.

“¿Por qué quieres estudiar acá?”, preguntó el director.

“Realmente no quiero”, respondí. “No creo ninguna de las historias que nos cuentan en clases, y no me gusta que me digan que tengo que rezarle a Dios”. Yo pensé que si realmente pertenecía a este tipo de escuela, debía ser verdadera al responder. Y así como lo pronostiqué, no fui aceptada en la escuela judía – una vez más había sido rechazada por judíos religiosos. Mi madre estaba enojadísima porque no me habían aceptado. Y esto aumentaba mi odio aún más.

Al final de cuentas fui a una escuela pública en Beverly Hills, y estaba feliz de estar finalmente alejada de todo lo relacionado al judaísmo.

Los últimos 11 años yo había cargado con estos sentimientos de odio en contra de los judíos religiosos.

¿Como podía juzgar algo sin darle una segunda mirada como una mujer adulta y madura?

Un día mi hermana mayor me preguntó si quería acompañarla en un viaje a Israel con una organización llamada Aish Los Ángeles. Yo reaccioné inmediatamente: “Este viaje no es para personas como yo. Yo odio a los religiosos…”.

Pero luego tuve un momento de claridad; me di cuenta de que este viaje era la oportunidad perfecta para resolver o incluso responder todas las preguntas que había tenido desde los días de la escuela judía. Sé honesta Laleh, me dije a mí misma, ¿Cómo puedo juzgar algo sin darle una segunda mirada como una mujer adulta y madura? ¿Cómo puedo odiar algo que no entiendo verdaderamente?

Me inscribí para el viaje de Aish a Israel. Sí, como niña tuve experiencias terribles con judíos religiosos, y no, nunca respondieron mis preguntas. Yo estaba traumatizada, pero me di cuenta que no debía continuar por ese camino. Dios estaba abriendo la puerta, y yo estaba abriendo mi corazón.

El único problema es que yo me quería volver después del primer día.

Continuará…