Después de un largo viaje en avión y de todos los sentimientos de arrepentimiento que tenía por haber venido a Israel, me dije a mí misma, Laleh, trata de disfrutar este viaje, y si en dos días más todavía quieres volver, entonces, puedes reservar un pasaje de regreso a casa.

Mientras el sol se ponía esa primera noche en Israel, finalmente llegamos a una casa en el barrio de Ramat Eshkol, donde yo y otras 23 chicas nos quedaríamos.

Mientras arrastraba mi pesada maleta hasta la habitación que compartiría con otras tres amigas, comencé a sentirme cómoda y tranquila. Tomé una ducha, me puse mi pijama, y me fui directo a la cama. A la mañana siguiente todo comenzaría a caer en su lugar.

Me desperté inspirada con una nueva actitud. Decidí aproximarme al viaje como una periodista, y decidí transformarlo en mi propia aventura de aprendizaje en Israel. Esto significaba que yo:

  1. Escucharía lo que los profesores tenían para decir y trataría de entender las lecciones desde una perspectiva no prejuiciosa.

  1. No me guardaría mis preguntas, y las formularía de manera respetuosa.

  1. Si no me gustaban las respuestas, me preguntaría a mí misma por qué me molestaban y examinaría si se trataba de mi propia inseguridad interna o de una dificultad racional objetiva.

  1. En el análisis final, tendría la opción de tomar lo que me agradaba y desechar lo que no. (Finalmente entendí que el judaísmo no es todo o nada).

Este marco mental me dio la libertad para disfrutar la travesía de explorar mi herencia judía en un ambiente divertido y emocionante. No había presión ni obligación alguna.

Me permitió abrirme para aprender y entender.

Utilizando nuestros atuendos de noche, atravesamos el barrio de Mea Shearim.

Más tarde esa noche, las chicas y yo decidimos ir a la calle Ben Yehuda para pasar una noche divertida. Ben Yehuda es el Hollywood de Israel. La gente va para allá a conversar, a bailar o para tomar algo en un bar. Nosotras nos arreglamos para la ocasión. Yo llevaba puesto mi atuendo de noche. Como era una noche tan agradable, decidimos caminar hasta allá, ignorando la advertencia de nuestra Madrijá de no atravesar el barrio de Mea Shearim.

Mea Shearim es uno de los barrios más antiguos de Jerusalem, y está poblado casi exclusivamente por judíos Jaredim “ultra ortodoxos”. Yo había escuchado rumores de que si una mujer entraba al barrio utilizando ropa reveladora, ella era apedreada.

Así que ahí estábamos, atravesando las calles de Mea Shearim, y yo le pregunté a las chicas, “¿Qué les pasa a estos hombres? ¿Por qué no nos están mirando? Si estuviéramos en Los Ángeles, ¡todos nos estarían piropeando!”.

Los religiosos comenzaron a cruzar al otro lado de la calle de donde nosotras estábamos. Yo me empecé a sentir incomoda y avergonzada. Me sentí totalmente fuera de lugar y me puse completamente a la defensiva. Sólo esperaba que algún religioso hiciera algún comentario sobre mí o mi escasa vestimenta, que nos maldijera o que nos lanzara algo. ¡Yo estaba lista para pelear!

Para mi sorpresa, nadie dijo nada. Nadie nos lanzó piedras. De hecho, difícilmente alguien nos miró. Yo estaba conmocionada. Mis suposiciones de cómo estos judíos ultra ortodoxos nos tratarían, demostraron ser erradas en frente de mis ojos.

Finalmente una persona se acercó a nosotras – una mujer ultra ortodoxa de unos 50 años. Ella nos habló por unos minutos. “Shalom chicas” dijo, “mi nombre es Shoshana. Sólo quiero que sepan que ustedes son chicas verdaderamente lindas. No necesitan vestirse de esta manera porque ustedes tienen almas maravillosas y si cubren su cuerpo físico, su belleza interna será la que brillará. Por favor, respeten nuestro vecindario”.

Ahora bien, estas no fueron sus palabras exactas, pero mirando hacia atrás, este fue el mensaje principal que quería transmitirnos esa noche.

Pero yo estaba furiosa. “¡Que insolencia la de esta mujer de decirnos cómo debemos vestirnos!”.

“¿Por qué estás tan enojada?”, una de mis amigas preguntó.

“¡¿Por qué esta gente no nos puede dejar tranquilas?! Grité. “¡Yo no les digo a ellos cómo vivir, y ellos no deberían decirme acómo tengo que hacerlo tampoco!”.

“Laleh esta mujer no nos estaba atacando”, dijo una de mis amigas. “Ella estaba de nuestro lado. Nos estaba diciendo lo increíbles que somos. Ella dijo que somos las hijas de Dios. Fue dulce, y en realidad se preocupó por nosotras”.

Me calmé y luego de unos momentos de introspección y de analizar mis sentimientos, me di cuenta porqué estaba tan enojada. Muy en lo profundo de mi corazón, sabía que Shoshana tenía razón.

Ella estaba tratando de demostrarnos que le importamos, y yo la estaba rechazando. Ella estaba tratando de hacernos sentir que a pesar de nuestro nivel de religiosidad (o falta de), igual éramos parte de la familia judía. Pero yo la estaba callando. Estaba dejando que las experiencias de mi pasado y mis prejuicios de los judíos religiosos me cegaran.

Estaba alejando las mismas cosas que había estado buscando durante toda mi vida: aceptación, entendimiento, cariño y sentido de pertenencia a mis compañeros judíos.

Si alguien estaba siendo insolente, esa era yo. Yo sé que cuando tú te metes en otra cultura, lo decente es respetar su forma de vida. ¡Un periodista debe ser el maestro en esto!

Comencé a darme cuenta cuán patético era que mi apariencia externa fuera mi prioridad, y no mi personalidad, mi inteligencia o mi alma.

Yo nunca habría ingresado a la casa de una familia japonesa sin sacarme los zapatos primero. Nunca habría dicho que “no” al ofrecimiento de mi abuela persa del delicioso ghormeh sabzi, o chai sheereeni. Habría evitado a todo costo la posibilidad de menospreciar sus costumbres, valores y normas. Nunca habría sido tan desconsiderada, entonces ¿por qué no acepté o entendí que estaba en un barrio ultra ortodoxo, y que lo correcto habría sido cubrirse un poco más para demostrar respeto?

Shoshana desafió la manera en la que yo me veía a mí misma. Yo estaba acostumbrada a pensar que la mejor manera de atraer a un chico era INICIALMENTE encandilarlo con mi apariencia, y después de eso, él se daría cuenta que yo también tenía una gran personalidad y una belleza interna única. Comencé a darme cuenta cuán patético era que mi apariencia externa fuera mi prioridad, y no mi personalidad, mi inteligencia o mi alma.

El resto de la noche me sentí desnuda. Me sentí barata. Me prometí a mí misma que me respetaría y que me vestiría sólo con ropa que me hiciera sentir completamente cómoda. No quería tener que seguir ajustándome el top. No quería tener que seguir estirando mis shorts cuando se subían, y no quería tener que seguir enfocándome en la ropa o en mi cuerpo. Quería que la gente me identificara con mi alma, la cual es la parte más bella de mí. Shoshana estaba en lo cierto, y sus amables palabras de sabiduría me habían tocado.

Desde entonces cada mañana me reto a vestirme más modestamente y a dejar que mi belleza interna brille desde el interior.