Yo solía ver Shabat como un día de aburrimiento, restricción y pérdida de tiempo. De niña, me obligaban a ir a la sinagoga. Recuerdo ver rabinos muy viejos con largas barbas murmurando plegarias en un idioma extraño. ¿Cuál es la idea de sentarse en la mañana del sábado en un lugar en el que se supone debo conectarme con Dios - pensaba para mí - cuando en realidad ni siquiera hablo el idioma?

Yo pensaba que las leyes de Shabat eran contradictorias. Si Shabat era un día de descanso y de no trabajar, ¿Por qué tenía que caminar dos kilómetros para ir a la sinagoga en vez de ir más “reposadamente” en auto? ¿Por qué apretar el interruptor de la luz se considera “trabajo”? Estas preguntas eran la fuente de confusión y resentimiento que tenía hacia Shabat.

En mi infancia, generalmente íbamos en auto a celebrar Shabat en la casa de mis abuelos la noche del viernes. La única parte que esperaba con ansias era el estar con mi familia. Mi abuelo decía Kidush y Hamotzí, y el resto de la noche continuaba como cualquier otra noche. La TV estaba encendida, todos usábamos nuestros teléfonos celulares, mandábamos mensajes de texto mientras estábamos cenando, y al terminar manejábamos de vuelta a casa.

Fue solamente después de mi primer Shabat verdadero en Israel, el verano pasado, que comencé a apreciar e identificar su belleza inherente. Durante la primera semana del viaje, viajamos a través de Jerusalem, por el sur hasta Sderot y luego nos dirigimos hacia el norte para pasar Shabat en Tzfat, una ciudad conocida por su intensa espiritualidad y el estudio de la cábala.

El viernes en la mañana, Rav Yitz Jacobs nos dio una clase sobre “La Belleza de Shabat”. Me senté en la primera fila ansiosa por preguntarle todas las preguntas que había acumulado durante la última década. Difícilmente pude contenerme para no derramar todas mis críticas sobre Shabat en frente de todos, pero hice mi mayor esfuerzo para escuchar primero lo que él tenía para decir. Lo que escuché esa mañana me dejó alucinada.

“Shabat se trata de desconectarte para conectarte”.

“Shabat se trata de desconectarte para conectarte con Dios”, explicó Rav Jacobs. “Nos desconectamos de computadoras, teléfonos, televisión y electrodomésticos, para conectarnos con la espiritualidad y con nuestros seres queridos. En Shabat tenemos la habilidad de enfocarnos, de vivir el momento presente y de sentir gratitud por todo lo que tenemos”.

Yo había malentendido completamente el concepto de Shabat los últimos 23 años de mi vida. No se trata de “no trabajar”, sino que de estar con lo que ya existe y no crear nada nuevo por 25 horas. Se trata de detener esa constante obsesión por la construcción, la creación, y los arreglos por un día, y simplemente disfrutar las cosas maravillosas que tenemos y damos por sentadas, como nuestra relación con la familia y nuestra conexión con los amigos. Se trata de estar verdaderamente en el presente en vez de sentarse en la mesa pensando en nuestros trabajos, en las finanzas, en las tareas escolares o en los problemas y faltas que tenemos; en vez de eso, se trata de pensar en cuán bendecidos somos por todo lo que ya tenemos.

Me di cuenta que me estaba faltando esto en mi vida. Yo siempre estoy haciendo algo. Nunca paro. Raramente me tomo un momento para relajarme y disfrutar de las cosas simples y grandiosas que hay en mi vida: mis hermanas, mis amigos, mi casa, mi cama, mi capacidad para aprender, sentir el amor de Dios, todos mis logros. Tengo tanto por lo que estar agradecida, pero ni siquiera me doy un minuto incluso para apreciar estas cosas. ¿Cuándo fue la última vez que me paré en el jardín y observé detenidamente las flores para agradecer a Dios por haber hecho el mundo tan hermoso?

Las leyes de Shabat nos permiten aprender a apreciar los frutos de nuestra labor. Nos abstenemos de crear para poder obtener la habilidad de ver lo que ya existe en nuestras vidas.

Comencé a ver Shabat con una luz completamente diferente. Que gran concepto: un día de gratitud y conexión con los seres queridos.

Tenía curiosidad de probar un verdadero Shabat por primera vez en mi vida. Sin teléfono, sin laptop, sin TV, sin auto, sin iPod. Solamente conexión, solamente ser. Estar con la gente que quiero. Agradecer a Dios por todas las cosas con las que me ha bendecido.

Cuando llegó Shabat, tuve la paciencia y el foco para cerrar mis ojos, conectarme con mi mundo interno, con mi alma, y realmente agradecer por todas las bendiciones. Me pude enfocar y sentir conectada con la gente con la que hablaba. Tomamos vino, comimos jalá, disfrutamos de una cena de cinco platos, mantuvimos conversaciones íntimas, hicimos unos cuantos “Lejaims”, cantamos canciones de Shabat y conversamos hasta las 3 de la mañana. No teníamos teléfonos que nos distrajeran. En cambio, tuvimos interacciones humanas reales, cara a cara.

Shabat estaba justo en frente mío todo el tiempo; solamente tenía que experimentarlo de la forma apropiada para realmente poder verlo.