Mi hijo de 17 años lamenta habernos llamado a las 2 de la madrugada.

"Pasó algo en Merón, hay muchas víctimas. ¿Alguien de nuestra familia está allá?", preguntó.

Salté de la cama. Tres de mis hijos estaban en Merón.

Me llevó 20 minutos de agonía hasta que pude comunicarme con Zalman Nóaj, mi hijo mayor. "No te preocupes, ni siquiera alcanzamos a llegar al lugar. Ya estamos regresando, estaremos en casa muy pronto".

Eso fue un alivio. Uno de mis tres hijos estaba a salvo. ¿Pero dónde estaban los otros dos?

Las líneas telefónicas colapsaron. No es sorprendente, todos tenían a alguien cercano en Merón, todo el país estaba llamando al mismo tiempo.

Pero eso no evitó que tratara de llamar a mis hijos. Una y otra vez.

Tomé un libro de Tehilim y me senté en una silla. El miedo no ayudaba para nada, lo sabía. En verdad podría haber vuelto a dormir, pero ¿cómo podía hacerlo cuando no sabía qué había pasado con mis hijos?

Comencé una rutina que continuó durante muchas horas: Recitar algunos capítulos de Tehilim. Volver a discar. Unos capítulos más. Intentar llamarlos nuevamente. Asumir el compromiso de mejorar en un área específica de mi vida. Llamar de nuevo. Más Tehilim. Marcar otra vez.

Dos agonizantes horas más tarde, llamó un vecino. Él estuvo en el autobús hacia Merón con mi hijo menor, Aryeh Zeev. Llegaron a la cima de la montaña y vieron pasar ambulancias y vehículos de emergencia. Estaban atascados, pero a salvo.

Fue un pequeño milagro que hubieran podido llamar. Pero entonces me preguntó por otro de mis hijos. "¿Supieron algo de Shlomo Jaim? Está en Merón y no pudimos comunicarnos con él".

¡Dios mío! ¡Shlomo Jaim está allí!

Más minutos de agonía. Más Tehilim. Más pensamientos. Muchas clases de pensamientos diferentes: "¿Tengo la fuerza necesaria para enfrentar una tragedia sin cuestionar la voluntad Divina? ¿Me voy a derrumbar? ¿Saldré adelante?".

Y la angustia de comprender que incluso si mis hijos volvían a casa sanos y salvos, los hijos de muchas otras madres no regresarían.

Unos pocos minutos más tarde, que parecieron una eternidad, una nueva y milagrosa llamada del vecino para informarnos que habían localizado a Shlomo Jaim. Él estaba en una tienda cerca del lugar de la tragedia, pero no en la desdichada zona. Estaba traumatizado, pero a salvo.

Horas más tarde, mis hijos estaban en casa.

Ahora, mi hijo de 17 años se siente culpable por habernos despertado. ¿Estuvo bien que nos llamó?

De no haberlo hecho, mi esposo y yo hubiéramos dormido durante toda la noche y sólo nos hubiésemos enterado de la tragedia a la mañana siguiente, cuando mis hijos regresaran a casa.

Nos hubiéramos ahorrado las horas de angustia y trauma emocional.

Le dije a mi hijo que no hubiera querido perderme esas horas.

En primer lugar, horas de intensas plegarias por mis hijos, por todos los hijos de nuestra nación, por todos los heridos en Merón. No es algo a lo que se le deba quitar importancia.

Pero más que nada, esas horas me llevaron al centro de la tragedia. Y cuando la tragedia azota a mi nación, quiero sentirla.

No es fácil: un tiroteo en la Ciudad de Jersey, otro en una sinagoga en Pittsburgh y en Poway, California.

Cada vez tengo que hacer un esfuerzo, recordar mi amor por mis semejantes para sentir la tragedia como algo personal. Para sentir realmente el dolor de mi nación.

Esta vez no tuve que esforzarme. Fue algo visceral.

Esas horas de verdadero dolor personal se transformaron en un verdadero sentimiento por cada familia que sufrió una pérdida, por cada madre en duelo.

Cualquiera de ellos podría haber sido yo.

Esa es la forma en la que quiero sentir el dolor de mi nación.

Que ameritemos compartir en alegrías con los demás y no en tragedias. Sólo en alegrías.