El primer ministro Benjamín Netanyahu ha sido catalogado como belicoso, paranoico y como un enemigo de la paz a causa de sus políticas sobre Irán.

Esto es lo que dicen los críticos de Netanyahu: Sus advertencias sobre un mal acuerdo están diseñadas para socavar las medidas que buscan frenar el programa nuclear de Irán y poner a prueba su disposición ante soluciones de largo plazo. Su insistencia en fortalecer —en lugar de debilitar— las sanciones causaría un debilitamiento de los moderados de Irán y los sacará de la mesa de negociaciones, que es precisamente lo que Netanyahu quiere. Similarmente, sus demandas sobre el desmantelamiento de las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio y sobre la remoción de sus reservas nucleares no buscan más que reemplazar las opciones diplomáticas por opciones militares.

Los críticos argumentan que él está comportándose nuevamente como un pesimista que sólo quiere arruinar los esfuerzos que buscan evitar un conflicto.

¿Por qué un líder se sometería a sí mismo a semejante desaprobación? ¿Por qué se arriesgaría a sufrir un aislamiento por parte de la comunidad internacional y generar fricción con sus aliados? ¿Y por qué habría de poner en peligro, como argumentan algunos comentaristas, una solución pacífica a la amenaza nuclear iraní, arrastrando en cambio a su país —y quizás no sólo a su país— a una guerra?

La respuesta es muy simple.

Netanyahu está actuando en base a un profundo sentimiento de responsabilidad de defender a Israel ante una amenaza existencial. Ese tipo de peligros son inusuales para la mayoría de los países, pero son traumáticamente comunes para Israel.

Es más, al formular sus políticas respecto a los asuntos que son de vital importancia para Israel, el Primer Ministro consulta a la prestigiosa comunidad de inteligencia de Israel, la cual está compuesta por un consejo de seguridad nacional sumamente robusto y por unidades del ejército altamente especializadas. A veces pareciera como que Netanyahu está solo en su posición ante Irán, pero en realidad está respaldado por un grupo de expertos de clase mundial.

En el año 2011, estos mismos expertos predijeron que la Primavera Árabe, la cual fue ampliamente aclamada como el comenzar de la democracia en Medio Oriente, sería saboteada por extremistas islámicos. Ellos anticiparon que seguirían varios años de dura guerra civil. Netanyahu expresó estas conclusiones de forma pública y fue acusado de ser demasiado negativo por muchos de los mismos columnistas que ahora lo atacan por su posición respecto a Irán.

Y sin embargo, los especialistas han probado ser sumamente precisos particularmente respecto a Irán. Ellos fueron los primeros, hace más de 20 años, en revelar las actividades nucleares clandestinas de Irán. Y continuaron examinando el programa y haciendo hincapié en su fin militar incluso después del año 2003, cuando supuestamente había sido detenida la militarización.

A lo largo de varios intentos diplomáticos, estos expertos han revelado las formas en las que Irán ha obstruido sistemáticamente a los observadores de la ONU, le ha mentido a los líderes mundiales y ha escondido sus instalaciones nucleares —como la de Fordow— que no tienen fines pacíficos. La inteligencia israelí ha rastreado con precisión el apoyo que brinda Irán a algunas organizaciones terroristas, su rol en la masacre de miles de sirios y su responsabilidad en ataques en contra de civiles en decenas de ciudades alrededor del mundo.

Esto no significa que las predicciones israelíes sean infalibles. Desde la incapacidad de preveer la guerra de Iom Kipur en 1973, los oficiales de inteligencia son cautelosos con las concepciones de larga data y constantemente las cuestionan. Sin embargo, los expertos israelíes están de acuerdo en que para lograr sus fines hegemónicos y por un tema de seguridad interna, Irán quiere y necesita la bomba.

Consecuentemente, Irán está dispuesto a utilizar cualquier artimaña con tal de preservar su habilidad de producir un arma en cosa de semanas, mientras simultáneamente se saca de encima algunas sanciones.

Los israelíes no pueden creer en las especulaciones. Nuestro margen de error es nulo.

Los líderes iraníes saben —y los analistas israelíes están de acuerdo— que la suavización de la presión económica sobre Irán mandará un claro mensaje a las compañías transnacionales —muchas de las cuales buscan hacer negocios con Teheran— de que las sanciones que tomaron años en construir están llegando a su fin. Irán puede prolongar este periodo de creación de confianza de forma indefinida mientras produce el material necesario para varias bombas.

La inteligencia de primera clase ayudó a Israel a lidiar con los desafíos que presentaba la Primavera Árabe, pero lo que está en juego respecto a Irán —la vida de 8 millones de israelíes— es mucho más grande. Puede que los expertos digan que el presidente Hassan Rouhani es moderado, pero los israelíes no pueden creer en las especulaciones. Nuestro margen de error es nulo.

A sabiendas de esto, Netanyahu tiene el deber de alertar sobre la treta iraní y de insistir que Irán debe ceder sus centrifugadoras, detener el enriquecimiento, cerrar su planta de aguas pesadas y transferir su arsenal nuclear al exterior.

Él tiene la responsabilidad de explicar que a pesar de que Israel tiene mucho que ganar de la diplomacia, también tiene mucho que perder de su fracaso. Está obligado a resaltar que la decisión no es entre sanciones y guerra, sino que es entre un mal acuerdo y sanciones más fuertes. Y como el Primer Ministro del estado judío, Netanyahu debe hacer valer el derecho de Israel de defenderse ante cualquier amenaza existencial.

Los críticos lo pueden llamar belicoso o intransigente, pero Netanyahu sólo está haciendo su trabajo. Cualquier líder israelí que hiciera menos que eso sería estratégica y moralmente un negligente.

Este artículo apareció originalmente en el periódico LA Times, el 21 de noviembre del 2013.