El día previo a Rosh HaShaná, mi hijo se dio cuenta de que necesitaba un nuevo par de zapatos para ir a la sinagoga. Como si yo no hubiese tenido suficientes cosas para hacer.

"Hoy no", le dije. "No tengo tiempo. El encendido de velas es en seis horas".

Mi hijo sostuvo los zapatos en el aire. No tenían suela.

"¿Aire acondicionado gratis para los pies?" dijo.

Suspiré. Luego le di nuestra tarjeta de crédito y mi teléfono celular.

"Anda. Por favor compra algo razonable". Luego recordé la última moda israelí de zapatos para niños de su edad, que terminan en punta como flecha. "Pero nada que pueda sacarle el ojo a una persona, ¿ok?"

Asintió. Yo confiaba en él.

Dos horas después vi por la ventana de mi cocina a mi hijo bajando la escalera en dirección a nuestro departamento. Esperé que entrase, pero no lo hizo. Salí por la puerta del frente y lo vi de hombros caídos contra la pared, con las rodillas en el pecho y lágrimas mojando su camisa blanca de algodón. Me acuclillé a su lado.

"¿Qué pasó?"

"No quiero decir", masculló.

Lo persuadí hasta que la historia salió a la luz. Resultó ser que, en algún lugar entre buscar los anteojos de mi marido en la óptica y la zapatería, su billetera había desaparecido, y junto con ella nuestra tarjeta de crédito.

"Lo siento tanto", dijo. "¿Estás enojada?".

"No", dije. "No estoy enojada. Estoy triste porque se perdió mi tarjeta de crédito. ¿Pero por qué debería estar enojada? Enojarse es para los comportamientos inapropiados. Enojarse es para los comportamientos irrespetuosos. Enojarse no es para los errores".

Se calmó. Luego esbozó una sonrisa.

"¿Entonces quieres ver mis zapatos?".

Yo levanté mi cabeza hacia el costado. "¿Tus zapatos?".

"Sí". Comenzó a palpar dentro de una caja color salmón, se oía el crujir del papel tissue contra sus dedos. "Ya había elegido el par que quería y estaba a punto de pagar; ahí es cuando me di cuenta de que había perdido la billetera".

Sacó los zapatos de la caja. Negros. Puntiagudos, pero no como si fuesen un arma blanca. Una fusión perfecta entre moda y subyugación. Si tan sólo no fuesen mercadería robada.

"Entonces había un hombre en la tienda y ofreció comprarme los zapatos porque yo no tenía dinero", dijo mi hijo. "Dijo que le paguemos cuando podamos. Traté de llamarte pero el teléfono estaba descolgado".

Me devolvió el teléfono celular. "Estaba apurado, así que no anoté su nombre. Guardé su número bajo la letra 'G'".

Lo miré con la boca abierta. "¿Él pagó por tus zapatos?".

Se encogió de hombros. "Sí. Fue realmente un lindo gesto".

Entré, todavía atontada, y después compartí la historia con mi marido, que llamó inmediatamente al Sr. G.

"No tengo efectivo conmigo ahora para devolverle el dinero…" dijo mi esposo.

"No se preocupe", dijo el Sr. G. "Tenga un buen Iom Tov. Su hijo se veía tan desilusionado que no podía dejar que se fuese de la tienda sin zapatos para las fiestas".

Bueno, por supuesto que no. Yo sé lo irresistible que es mi hijo, pero igual…

"Está bien," dijo mi esposo. "Tendremos que ver cómo hacemos porque tengo que cancelar mi tarjeta de crédito, lo que significa que mi cajero automático tampoco va a funcionar…"

El jadeo del Sr. G se escuchó por el teléfono. "No, no, no," dijo. "¡No cancele su tarjeta de crédito! ¡Es imposible que la billetera haya sido robada! Es justo antes de Rosh HaShaná, el día del juicio. Es imposible que alguien la haya tomado".

Bueno, la visión rosa de los israelíes que tenía el Sr. G seguro era refrescante. Con una saludable mezcla de optimismo y cinismo congelamos la tarjeta de crédito temporariamente en lugar de cancelarla.

Rosh HaShaná fue significativo e inspirador, sobre todo para mi hijo, que pasó largas horas rezando, engalanado con zapatos nuevos. Nos olvidamos de nuestra pequeña deuda con el Sr. G hasta el final de la festividad.

Después de Rosh HaShaná mi marido estaba ansioso por sacarse de encima su deuda antes de Iom Kipur. Quería todas las cartas a su favor antes del juicio final de Dios. Llamó al Sr. G.

"¿Encontró la billetera?" Preguntó el Sr. G.

"Aún no".

"Pronto", dijo el Sr. G. "Ya verá".

Mi marido ofreció tomar un autobús hasta la casa del Sr. G para devolver el dinero, pero el Sr. G no quería que mi marido se molestara tanto.

"Tengo auto, iré hasta su casa y lo buscaré".

¿No era eso conveniente? Y así fue. Le pagamos al Sr. G, cuyo nombre todavía no habíamos tenido la oportunidad de conocer.

Pero la billetera todavía estaba perdida.

A la mañana siguiente estaba preparándome para ir a mi clase de ejercicios cuando sonó el teléfono. Una mujer hablando hebreo con dificultad, con un débil acento ruso, hablaba del otro lado. Pero me las ingenié para entender lo que estaba diciendo.

"¿Usted perdió una billetera?".

"¡Sí!".

La mujer estaba eufórica. Explicó cómo había tratado de buscar nuestro número en la guía telefónica pero que nuestro nombre estaba mal escrito. Y había estado tan triste por no poder informarnos antes de las festividades para que no tuviésemos que pasar tres días sin saber dónde estaba nuestra billetera. Su hija la había encontrado en la calle en la tarde previa a Rosh HaShaná.

Ella no se estaba felicitando por hacer lo correcto, sólo se lamentaba por no haberlo hecho antes.

¿Y puedes creer que el lugar en donde hago ejercicio queda en frente de la casa de esta mujer?

Se dice que la presencia de Dios se encuentra más concentrada en la tierra de Israel. Pero no es sólo en las piedras y en los ladrillos, sino también en la carne y en los huesos, en los corazones y las almas de la gente que vive en este extraordinario país, en la tierra y la nación de Israel.