El autor es comandante (en reserva) en la Fuerza Aérea Israelí.

Volando en círculos sobre el mediterráneo en la cabina de mi F-16 tengo mucho tiempo para pensar.

Aunque toma solamente minutos llegar a Gaza (Israel es del tamaño de Nueva Jersey), tengo tiempo mientras las FDI implementan su serie de chequeos de alta tecnología para verificar que el objetivo esté libre de civiles. Porque a pesar de utilizar variadas advertencias para que los civiles dejen la zona —panfletos, llamadas telefónicas y un explosivo de advertencia conocido como “golpe en el techo”— para Israel, aún queda un cálculo más por hacer.

¿Es moral atacar?

Suena simple: si el objetivo es un asesino que lanza misiles, ataca rápido y duro. Si es un civil, no hagas daño.

La realidad, desafortunadamente, no es tan simple. Con la matriz militar de Gaza —lanzamisiles, fábricas de armas y depósitos de municiones— peligrosamente incrustados en barrios, escuelas, mezquitas, hospitales y hogares (además de los túneles terroristas que las FDI están neutralizando), el ejército israelí invierte gran cantidad de dinero, tiempo y esfuerzo para asegurar que en cada objetivo haya “permiso de atacar” (confirmar que es un objetivo militar que puede ser atacado).

Me enfurece cómo la asimétrica guerra de Hamás —atacando deliberadamente a civiles israelíes mientras se esconde cínicamente detrás de civiles palestinos— significa que Israel debe trabajar el doble para minimizar bajas civiles en ambos lados. Como piloto yo doy el ok final y puedo cancelar un objetivo en el último momento si advierto la presencia de niños, quienes no tienen ninguna culpa y siempre deben mantenerse fuera del conflicto. Me entristece la pérdida de vidas inocentes. Sin embargo tengo claro que Hamás es el único culpable por la muerte de cualquier “escudo humano” que se haya cruzado en el camino. Y estoy orgulloso de que el daño colateral en esta guerra ha sido mucho menor que, por ejemplo, los ataques de NATO a Serbia en 1999.

Miro hacia mi ala para inspeccionar las municiones especialmente escogidas para cada objetivo. Con la densidad urbana de Gaza presentando un alto riesgo de daño colateral, estos misiles guiados por GPS están diseñados para golpear con máxima precisión. Más aún, están construidos con un detonador retardado, permitiéndoles cavar profundo dentro de los edificios para producir una explosión más contenida (por eso las fotos a menudo muestran columnas de humo elevándose hacia arriba justo sobre los objetivos).

Miro la hermosa línea costera de Gaza y reflexiono sobre cómo no tenía que ser de esta forma. Recuerdo los anhelos de paz que yo y muchos otros teníamos en el 2005 cuando Israel retiró cada uno de sus soldados y civiles de Gaza, dándole a los palestinos la oportunidad de crear una soberanía pacífica y próspera que podría haberse convertido en el nuevo Singapur.

En vez, Hamás tomó el poder, lanzando un reinado de terror y cleptocracia en donde billones de dólares de ayuda internacional fueron utilizados —no para infraestructura civil (¿alguien puede decirme por favor por qué todavía hay “campos de refugiados” en Gaza?)— sino para construir una operación militar que se asocia con los peores terroristas del mundo.

Irán, la amenaza global actual más peligrosa, le entrega fondos, entrenamiento y armamento a Hamás. Cuando un misil M-302 llegó hasta Haifa en el norte de Israel —además de misiles enviados desde territorio libanés, sirio y egipcio— Irán estaba extendiendo sus tentáculos hacia nosotros. Dimos un suspiro colectivo de alivio justo hace algunos meses cuando las FDI interceptaron el barco Klos-C que traía decenas de estos avanzados misiles directo desde un puerto iraní.

Me lleno de gratitud por aquellos alrededor del mundo quienes con rezos, campañas en línea y pronunciamientos, valientemente apoyan a Israel. Estoy especialmente agradecido por mi F-16 estadounidense mejorado por el ejército israelí, y le agradezco a Estados Unidos por ayudar a financiar el sistema de defensa contra misiles ‘Cúpula de Hierro’, sistema que fue desarrollado —por necesidad— muy rápidamente, y pasó de ser un mero concepto a un sistema completamente operacional en tan sólo siete años.

Y cuestiono los motivos de aquellos que apoyan a Hamás y sus valores.

Reflexiono sobre las noticias en Francia, violentas multitudes atrapando a judíos en su sinagoga, y recuerdo tiempos oscuros de la historia judía. Me maravillo de cómo, en solamente 66 años, Israel ha recibido inmigrantes de más de 90 países, y estoy agradecido de ayudar a proveer un refugio seguro en nuestra eterna patria.

Pienso en el trauma de mis pequeños hijos en casa, corriendo hacia los refugios antibombas cada vez que suena una alarma. Con Hamás lanzando misiles deliberadamente e indiscriminadamente hacia el 75% de la población israelí, es nuestra obligación moral detenerlos. Y recuerdo que si bien hay personas que nos apuntan con un dedo acusador por la incursión en Gaza y las fatalidades, nunca debemos avergonzarnos por proteger a los civiles israelíes.

Finalmente, si durante mi excursión de dos horas ningún objetivo de Hamás pasa las rigurosas pruebas de las FDI, y por lo tanto, regreso a la base sin haber atacado a los terroristas, lo hago con la serenidad de saber que incluso bajo tan desafiantes circunstancias, Israel es guiado por el atemporal valor judío de que “todos los hombres son creados iguales”, y tomamos todas las precauciones posibles para proteger la santidad de toda vida humana.