Si esa tarde de viernes, mientras íbamos a nuestro destino para Shabat, no hubiese ocurrido un milagro, este artículo nunca hubiese sido escrito. En cambio, hubieses estado leyendo la descripción estándar de un horrible ataque terrorista. “Seis miembros de una familia fueron asesinados en Amona”. Las reacciones políticas hubieran sido inmediatas, los eulogios cortos y desgarradores.

Pero una mano guía desde el Cielo hizo que las cosas fueran diferentes, por lo que aquí estoy, y soy capaz de relatar lo que ocurrió ese día.

Estábamos camino a pasar Shabat en el programa de entrenamiento pre-militar en Nevé Zuf. Acabábamos de pasar la intersección cerca de la vieja estación de policía inglesa cuando, de la nada, comencé a pensar en varios ataques terroristas que habían ocurrido, y que habían aniquilado familias enteras. Pensé en la familia Zur, en la Secheveschov, en la Hutiel – y luego me pregunté por qué estaba trayendo a mi mente esos incidentes deprimentes en ese momento.

Apreté el acelerador una y otra vez, pero el motor había muerto.

A unos dos kilómetros al oeste de la intersección, tuve que bajar la velocidad por una curva pronunciada del camino. De repente, escucho disparos a corta distancia. Le grité a mi esposa e hijos: “¡Agáchense, nos están disparando!”. Al mismo tiempo apreté el acelerador para ganar velocidad y salir del área de peligro. Para mi horror, el motor no reaccionó. Bajé el cambio y presioné el acelerador otra y otra vez, pero me di cuenta que el motor había muerto. Estaba en shock. La primera bala debe haberle dado a algo mecánico bajo el capó (luego me enteré que la bala atravesó el radiador y la bomba de aceite, vaciando el tanque de aceite en segundos).

La situación parecía desesperada. Estábamos atrapados sin salida.

Los terroristas continuaron disparándonos sistemáticamente cada dos o tres segundos. Nuestro vehículo se había convertido en una trampa mortal, en la que mi esposa y nuestros cuatro aterrados hijos quedaron cautivos. Podíamos resultar heridos en cualquier momento.

Era una situación sin solución: si yo salía del auto y comenzaba a disparar con mi pequeño revolver hacia los terroristas, que no tenía idea dónde estaban, expondría a mi familia aún más. Y no había forma de huir con el motor roto.

Me di cuenta que los disparos venían de la montaña que estaba a mi derecha y al sur, por lo que giré el volante y guié el auto al carril opuesto, tan cerca a un peñón rocoso al costado del camino como pude, para salir de la visión de los palestinos.

Cuando el auto frenó salí en seguida, agarré a los niños y literalmente los tiré, uno tras otro, a los arbustos alrededor del borde de la montaña. La más pequeña comenzó a llorar llamando a la madre, y corrió histéricamente al medio del camino. Corrí detrás de ella, la agarré y la tiré a los brazos de la hermana. Recién en ese momento pude destrabar el gatillo de mi arma y buscar a los terroristas.

Hubo una pausa en los disparos e imaginé que debían haberse acercado para contar el número de víctimas que habían asesinado. Avancé en su dirección para evitar que se acercaran a mi familia, cuando de pronto, comenzaron de nuevo. Mientras volvía agachado cruzando el camino, pensaba: “¿Cómo voy a enfrentarme a ellos cuando no sé cuántos asaltantes hay y sólo tengo un pequeño revólver Glouck 26, que tiene diez balas en el cargador?”.

No vi ningún rastro de los atacantes, por lo que volví al auto y decidí frenar al primer auto que pasara para sacar a mi familia de allí. Los primeros dos autos a los que les hice señas eran palestinos. Casi me atropellaron, lo único que hicieron fue acelerar y huir de la escena en lugar de frenar para ayudarnos. Inmediatamente después de ellos pasó un rabatz (encargado de seguridad) de unos de los asentamientos, evaluó la situación y me ayudó a evacuar a mi esposa y a mis hijos. Luego llegó una patrulla de policía, cerró el camino y comenzó a barrer el área. Para ese entonces, el incidente ya había terminado para nosotros.

Simplemente no puedo entender cómo es que no nos apuntaron.

Pero no pude superar la experiencia. Claramente, habíamos sido salvados por un milagro. Cuando escudriño las características del lugar y las distancias involucradas, simplemente no puedo entender cómo es que no nos apuntaron. Estaban sobre el camino, a unos metros de nuestro vehículo que se movía con mucha lentitud, disparando sistemáticamente hacia nuestro vehículo. Y fallaron siempre (a excepción de la primera bala, que dañó el auto).

Para mí, esta fue una experiencia inquietante. Había tenido mi bautismo de fuego en el ejército, pero esto fue algo completamente diferente. Esa tarde de viernes miramos al ángel de la muerte a lo más profundo de sus ojos.

En este momento, que estoy sentado detrás de la computadora escribiendo estas líneas, podrían haber estado haciendo nuestros funerales. Podrían haber estado diciendo eulogios, contando cómo Ayelet estaba terminando un curso en entrenamiento y había comenzado su nuevo libro, cómo Maayan era una estudiante sobresaliente y escribía el diario semanal familiar, cómo Ateret finalmente había aprendido a andar en bicicleta sin rueditas, cómo Raanana amaba cantar, cómo Malají, la bebé, había comenzado a caminar esa semana.

Cuando pienso en ese desafortunado viernes, pienso en lo aburrido y convencional que hubiese sido el último día de nuestras vidas. Al igual que otra gente que ha tenido experiencias cercanas a la muerte, me doy cuenta lo corta y preciosa que es la vida, y lo importante que debería ser vivirla al máximo, sin desperdiciar tiempo y energía en fantasías y tonterías.

Pero más allá de mi historia personal, pienso que hay un mensaje más grande. En general la vida nos absorbe, es lo que yo llamo la Historia Pequeña. Estamos completamente sumergidos en nuestras carreras, familia y las urgentes demandas que hay constantemente sobre nosotros. Las noticias y la política nos pasan por arriba, no nos molestan ni interesan mucho. Pero en el fondo, la Gran Historia, la historia del pueblo judío siempre está allí: después de 2.000 años de exilio finalmente volvimos y establecimos un gobierno independiente. Y, como en todas las generaciones, no faltan quienes tratan de destruirnos.

Hay momentos en la vida en los que la Gran Historia le quita el lugar a la Pequeña. Estos son momentos de claridad, en los que lo importante se hace obvio, y la esencia de nuestro destino colectivo toma el mando.

La Gran Historia viene a la pantalla y nos recuerda la difícil verdad que tanto tratamos de ignorar: vivimos en un mal vecindario, rodeados por enemigos reales y peligrosos, y si no nos levantamos y nos protegemos, no podemos sobrevivir.