La Jihad islámica lanzó 450 misiles hacia las ciudades israelíes. Permítanme compartir cómo esto me afectó personalmente, como un psiquiatra que atiende en Jerusalem, durante un solo día de la semana pasada.

Mi día comenzó un poco diferente de lo habitual cuando en las plegarias matutinas dijimos algunos Salmos adicionales por la protección de nuestros hermanos en el Sur y en Tel Aviv, donde caían los misiles. Todavía no había visto las noticias y me sentía nervioso de oír que todo volvía a comenzar.

Cuando regresé a casa, mi esposa me dijo que hasta el momento parecía que los niños tendrían escuela ese día, aunque ella estaba preocupada porque muchas otras escuelas en las zonas vecinas habían cancelado las clases. La preocupación de estar en la mitad del camino mientras caen misiles afectaría el tráfico, por lo que llevé personalmente a mis hijos a la escuela en vez de dejarlos viajar como siempre en autobús.

Recibí mi primer mensaje de cancelación de un paciente que vive en Ramat Gan, una ciudad adyacente a Tel Aviv, donde por el momento recomendaban permanecer en los refugios y no salir a la calle. Ese día recibí otros tres mensajes similares.

Como tenía un poco de tiempo libre por los pacientes que no podían llegar, decidí llamar a un colega que vive en Ashkelon para saber qué pasaba por allí. Él estaba demasiado ocupado como para atender mi llamado, porque tiene un servicio de emergencias psiquiátricas llamado “unidad de psicotrauma” que se reúne con víctimas que sufren trauma emocional en el sitio mismo donde caen los misiles o donde hay cualquier clase de ataque terrorista. Él me envió un emoji de la mano con el pulgar hacia arriba: “un día ocupado pero estaremos bien. Dios nos ama”.

Me reuní con un paciente que llevaba 126 días de sobriedad y me dijo que los misiles le provocaban deseos de beber para calmar su ansiedad, pero que lo necesitaban como paramédico. Se rió nerviosamente, pero ambos sabíamos que era un miedo razonable y planeamos mantenernos en contacto cada día. Esa misma semana me envió un mensaje diciendo que su hermana había resultado herida con vidrios quebrados a causa de una explosión, pero que él seguía sobrio en el día 128.

Recibí una llamada de un hombre jasídico que necesitaba una cita urgente porque sufría ataques de pánico. Su hermana había sido asesinada en un ataque suicida años atrás y al oír que en su pueblo natal caían misiles, la ansiedad lo había incapacitado y necesitaba de inmediato un psiquiatra. Yo estaba libre porque un paciente de Tel Aviv (que debía permanecer en su refugio antibombas) había cancelado la cita de esa hora.

El hombre jasídico llegó acompañado por uno de sus nietos. Escuché su historia, hicimos un poco de ejercicios de respiración y mindfulness, y comenzó a relajarse. Cuando terminaron los 50 minutos de la sesión él estaba mucho más tranquilo y programamos otro encuentro para una semana más tarde.

Cuando acompañé al paciente y a su nieto hasta la puerta, ellos observaron el árbol de olivo que hay fuera de mi edificio y él dijo: “Este olivo vio muchas sequías, lluvias torrenciales y otros tantos desafíos, pero aún sigue aquí”.

Tenía razón. El árbol tiene por lo menos 200 años y sin duda es más antiguo que cualquier otro edificio de mi cuadra.

El hombre siguió diciendo: “Por eso es que nuestros sabios compararon al pueblo judío con el aceite de oliva. No importa qué clase de golpes el mundo trate de darnos, nosotros siempre nos mantenemos en pie. Pero aún más importante que eso, ¡nos mantenemos siempre unidos!”.