Era un día de sol en Netanya. Estaba de vacaciones con mi esposa y mi mamá y decidimos ir a un café del barrio. Faltaba poco para el atardecer y los habitantes locales comenzaban a llegar al lugar.

La mesera nos ofreció una mesa adentro, pero el volumen de la música y el televisor encendido en la pared nos llevaron a preferir una mesa al aire libre, en un rincón tranquilo. Nos sirvieron nuestras bebidas y yo disfrutaba mi capuchino.

Entonces lo vi. Era un hombre anciano, probablemente de unos setenta y tantos años, corpulento, con grandes anteojos de sol y una gorra de béisbol. Estaba sentado a dos mesas de distancia y acababa de terminar de leer el periódico. Nuestros ojos se encontraron y nos saludamos educadamente con la cabeza.

De repente empecé a escuchar música. Canallas, pensé. Habíamos elegido esa mesa para evitar la música dentro del local y también afuera teníamos que oírla. La música dificultaba nuestra conversación. ¿De dónde venía esa música? La verdad es que sonaba bastante fúnebre.

Traté de localizar la fuente de la música y me di cuenta que el anciano jugueteaba con su celular y me observaba. La música salía de su celular. Estaba escuchando alguna clase de show y le había subido demasiado el volumen. Bastante rudo y molesto, pero nos esforzamos por ignorarlo y seguir conversando.

Aparentemente para él eso no era suficiente. Había decidido que yo también tenía que escucharlo. Se paró, se me acercó y comenzó a hablarme en hebreo.

Ani rotzé shetishmá lashir hazé (quiero que escuches esta canción).

Lo miré sorprendido. ¿Por qué se acercó a mí, un perfecto extraño? No tenía ganas de escuchar esa música triste y lo estaba pasando muy bien conversando con mi familia.

Pero el hombre era insistente.

—De acuerdo. ¿De qué se trata?

—¡Escúchala! —me dijo y arrojó su celular sobre mi mesa, justo frente a mí.

Miré a mi madre y a mi esposa y encogí los hombros. Esta canción debía ser muy importante para ese hombre.

—Muy bien, la voy a escuchar.

¿Eran lágrimas lo que vi en sus ojos?

En el café parecía que a nadie le importaba lo que estaba ocurriendo. Quizás ya lo conocían.

En la pantalla había un hombre con uniforme del ejército israelí cantando con un micrófono. Tenía una voz muy bella. Detrás de él había un coro de soldados israelíes.

—¡Presta atención a las palabras! —me dijo el anciano.

Entendí que el cantante era el jazán (cantor) principal del ejército y que estaba cantando el Mi Sheberaj lejaialei Tzahal, la plegaria para que Dios proteja a los soldados del ejército israelí. Era una plegaria que yo valoraba mucho pero nunca antes la había oído cantada. Por lo general se recita en la sinagoga, pero sin una melodía particular. La música era emotiva y bella. Me conmovió.

Le agradecí y le dije que la canción me había gustado mucho. Lo acompañé hasta su mesa y nos sentamos unos minutos. En verdad tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Entiendo que usted estuvo en el ejército —le dije.

—¡Bétaj! (Por supuesto) —sonrió.

—¿Qué hizo usted en el ejército?

Guidalti tzanjanim (entrené paracaidistas) —me dijo con otra sonrisa.

Me siguió contando que era un teniente coronel retirado de los famosos paracaidistas del ejército israelí y que había luchado en cada guerra importante desde la Guerra de los Seis Días, en la que se encontró entre los soldados que liberaron Jerusalem. A lo largo de los años había entrenado a generaciones de soldados combatientes.

El hombre era literalmente un héroe que había arriesgado su vida innumerables veces por nuestro pueblo.

Y yo me sentí molesto por su intromisión.

Él pasaba sus años de retiro en la ciudad turística, profundamente conectado con su glorioso pasado defendiendo a su país y luchando sus batallas. Además, reconocía la protección de Dios y la necesidad de nuestras plegarias para proteger a los valientes soldados israelíes.

Le agradecí profusamente por su servicio militar y por compartir con nosotros la bella música. Pareció sentirse agradecido de que mi familia valorara la emotiva versión de esa plegaria especial. Nos despedimos con un apretón de manos y nos fuimos del café.

Mientras caminábamos, me di vuelta para para observar al viejo soldado.

Él estaba perdido en sus pensamientos sobre batallas pasadas. Sobre sus soldados en misiones arriesgadas. Sobre la protección de Dios.

Y pensar que casi pierdo la oportunidad de conocer a uno de los héroes comunes y corrientes de Israel...


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