Después de votar en las elecciones de Israel, aprovechamos el día de asueto nacional para hacer una caminata por las Alturas del Golán y visitar Mapal Halaván (la cascada blanca). Aunque el terreno iba a estar lleno de barro y resbaloso por las últimas lluvias, no es una caminata difícil y es adecuada para todas las edades. No me imaginaba lo que nos esperaba.

Había una gran cantidad de familias disfrutando el día, incluyendo algunos vecinos de Moreshet, nuestro pueblo en la Galilea. Llevamos con nosotros a nuestro perro, Truman. En un momento nos encontramos detrás de una familia árabe y comenzamos a conversar. Sus hijos eran adorables y les encantaban los perros. Antes de llegar a las cascadas, todos nos detuvimos para sacar fotografías y admirar el paisaje.

La familia árabe nos preguntó si se podían sacar una foto con nuestro perro y también sacaron una foto de todos nosotros.

La caminata comenzó siendo muy placentera.

También nos encontramos con otra familia israelí que se acercó a preguntarnos sobre nuestro perro. Resulta que tenemos un poodle, una raza de la que hay muy pocos ejemplares en Israel, y también ellos tienen uno. Así fue que comenzamos a conversar. Nuestro pequeño grupo estaba a punto de conectarse más allá de las habituales conversaciones superficiales.

Primero descendí por un sendero que me llevó hasta la base de las cataratas de 14 metros. Al lado de la fuente de agua había un letrero advirtiendo no bucear porque hay rocas ocultas debajo del agua. “Imposible que alguien vaya a nadar hoy”, pensé. El agua estaba fría y después de la última lluvia la corriente era demasiado fuerte.

La familia árabe con nuestro perro.

Luego ascendí por el sendero que lleva a la cima de las cascadas, donde nos volvimos a encontrar con nuestros vecinos, la familia árabe y los israelíes con el poodle.

De repente, la niña árabe (que no debe haber tenido más de 9 años), se resbaló. Ella no estaba corriendo, simplemente se resbaló y comenzó a caer en dirección al agua. No había nada de lo que pudiera agarrarse y siguió descendiendo…

Su padre corrió tras ella, trató de alcanzarla… Pero también él siguió resbalando cuesta abajo, cada vez más cerca del agua.

Finalmente los dos cayeron al agua. La corriente era fuertísima y estaban a menos de 3 metros de las cascadas. El padre de la familia israelí reaccionó de forma automática y saltó al agua para salvarlos. Pero la corriente arrastró a los tres y cayeron por la cascada.

La mujer árabe y la esposa del hombre judío gritaban histéricas. Todos estábamos impactados. Pensamos que habíamos sido testigos de la espantosa muerte de tres personas.

Alguien llamó a los servicios de rescate y muchos corrieron por el sendero hacia la parte baja de las cascadas para ver si alguno había sobrevivido o para rescatar sus cuerpos antes de que fueran arrastrados más lejos por la corriente.

Entonces no pudimos creer lo que vimos. De alguna manera, después de caer hasta la base de la cascada el padre árabe logró atrapar a su hija y ambos lograron llegar a la costa. Lo mismo ocurrió con el hombre judío. Él tenía algunos cortes en la nariz, pero fuera de eso estaba en perfecto estado. La niña estaba congelada y temblaba, pero no se había lastimado. El padre de la niña sí se lastimó, pero pudo caminar desde la base de la cascada hasta la parte superior, donde todos descansaron y esperaron recibir más instrucciones de los servicios de rescate.

La sobreviviente.

Las hijas adolescentes de nuestros vecinos literalmente se sacaron la ropa que llevaban puesta (suéteres, camperas y medias) para dárselas a la niña que temblaba de frío y que había perdido sus zapatos en el agua. El padre abrazó a sus hijos con fuerza. La madre estaba en estado de shock. Cuando la mujer judía se reunió con su esposo, que había arriesgado su vida para ayudar a unos completos extraños, le comenzó a gritar: “¡¿Estás loco?! ¡¿Qué estabas pensando?!”. Ella continuó gritándole y llorando. Luego lo abrazó con fuerza, como sin nunca más fuera a separarse de él. Cuando estuvo segura de que estaba bien, se sintió muy orgullosa de su  heroísmo.

Como el equipo de rescate no llegaba, los hombres ayudaron a la persona herida y lentamente comenzaron a descender los 3 kilómetros hacia el estacionamiento. Tuvieron que detenerse varias veces porque tenía muchos dolores y estaba mareado.

La niña se recobró rápidamente. Yo le dije: “¡Hamdulilá!”, que en árabe significa Baruj Hashem, gracias a Dios. “¡Hamdulilá!”, me respondió con una enorme sonrisa que me llenó los ojos d elágrimas.

Caminando con el padre herido.

Éramos alrededor de 15 personas, bajando lentamente por el sendero y tratando de procesar la espantosa escena convertida en milagro que acabábamos de presenciar. Estábamos callados; en verdad aturdidos.

Eventualmente llegaron la policía y los equipos de rescate y llevaron al padre árabe en una camilla durante el resto del camino hasta la ambulancia.

No podía dejar de pensar que la fotografía que había sacado de la sonriente familia árabe 20 minutos antes podría haber sido la última foto de esa familia completa. Vi la muerte, el terror, la angustia, la desesperación, la redención, la alegría, la sorpresa y una cantidad de amor. Fui testigo de personas que se unieron sin importar su origen, se unieron porque todos somos parte de la raza humana y valoramos la vida y a nuestras familias. Vi personas dispuestas a ayudarse. Y fui testigo de un milagro. ¿Cómo es posible que tres personas, entre ellos una niña, sobrevivieran una caída de 14 metros sobre rocas?

Lo que vi en esa excursión el día de las elecciones de Israel fue espantoso y a la vez sumamente bello. Me siento muy agradecida de vivir en Israel y experimentar la vida con tanto significado. Dios, ¡gracias por todas las bendiciones que nos otorgas!