Hace sesenta y cuatro años, en la primavera de 1949, mi padre y su familia recibieron una carta desde Israel que cambió sus vidas para siempre.

"Nisht azoi shnell", decía, "Shver lieben du". No te apures, la vida aquí es dura.

La carta, escrita por el hermano de mi abuelo, debe haber sido recibida con bastante sorpresa. Refugiados de la Segunda Guerra Mundial, mi padre de 17 años, y su familia, fueron colocados en un campo de refugiados en Alemania Occidental. Ellos eran los "suertudos", los que sobrevivieron la máquina de guerra de Hitler huyendo de Polonia a principios de la guerra. Habiéndose refugiado en la Unión Soviética por cinco años, migraron más y más hacia el este, llegando eventualmente a Kazajstán. Estuvieron constantemente huyendo, hambrientos y sin un techo sobre sus cabezas; sin embargo, diez años después, ellos aun se sentían afortunados. Estaban vivos.

Israel o América – esa era la pregunta. Para mi adolescente padre, no había ninguna duda.

Después de una breve e infeliz estancia en Polonia después de la guerra, viajaron a Alemania, en donde los sobrevivientes de la máquina de exterminio de Hitler se reunieron para su próxima travesía. Israel o América – esa era la pregunta. Para mi adolescente padre, no había ninguna duda. A pesar de haber sido hijo de un judío ortodoxo, en la posguerra había rechazado la educación de Ieshivá por un ideal secular: el Sionismo.

En ese entonces, los movimientos juveniles y políticos israelíes estaban operando por toda Europa, y durante la mayoría de mi infancia él repetía sus nombres orgullosamente. Estaba el Mapaam, el ala socialista que formaría el núcleo del movimiento de los kibutzim, y el Mapai, el precursor del partido Laborista. A pesar de que mis padres finalmente decidieron no asentarse en Israel, el sentido de conexión e intensidad en relación a Israel fue un factor fijo en mi infancia. Además de las historias diarias sobre parientes perdidos y las luchas de quienes sobrevivieron, Israel era un símbolo de fortaleza. Israel era el lugar en donde vivían los judíos libres. Israel era el lugar de la salvación – para mi padre no tanto espiritual como física. Israel era el lugar en que los judíos lucharon y recuperaron el orgullo. A más de 10.000 kilómetros, en nuestro pequeño barrio, Israel era para mí nada más y nada menos que un milagro.

Mi familia y yo hicimos aliá hace ocho semanas. Mi esposa y yo tomamos la decisión después de mucho debate y discusión, pero en realidad el asunto daba vueltas alrededor de un solo tema. Durante nuestro año de prueba en 2009-2010, Raquel y yo, que estábamos estudiando en seminarios judíos, enviamos a nuestra niña de casi dos años a un jardín infantil en el barrio de Kiriat Moshé, en Jerusalem. Nuestra pequeña Jana no sabía hebreo cuando llegó; de hecho, tampoco podía hablar mucho en nuestro idioma materno, pero igualmente la enviamos a un jardín infantil en hebreo asumiendo que se adaptaría y aprendería con rapidez. Hacia el final de nuestro año de prueba, ella había superado nuestras expectativas: no sólo podía hablar hebreo, sino que ella ni siquiera nos respondía en otro idioma. Y había otra cosa: las canciones. Ella volvía a casa cantando las canciones en hebreo que había aprendido. Canciones patrias, salmos, canciones infantiles, canciones que mi esposa y yo jamás habíamos escuchado, pero que nuestra pequeña de dos años podía recitar de memoria. Nuestra pequeña niña cantando canciones en hebreo con tanta gracia y naturalidad fue lo que hizo la diferencia. Eso fue lo que nos convenció, lo que nos rompió el corazón. Es por eso que nos mudamos a Israel.

Después de 2.000 años, nosotros también participamos en el milagro del Israel moderno.

Por supuesto, había mucho más que eso, pero el resto no hacía falta. En ese momento, parada frente a nosotros, Jana había logrado el objetivo de nuestra aliá. El hebreo se había convertido en su idioma nativo. Después de 2.000 años, nosotros también podíamos participar en el milagro del Israel moderno. Mientras que mi esposa y yo nunca seríamos Israelíes de nacimiento, nuestros hijos sí podrían hacerlo, y eso era todo lo que queríamos.

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Pero esa no es toda la historia. Nuestros Sabios nos dicen que Dios nos da tres regalos que sólo pueden ser adquiridos con dificultad: Torá, Éretz Israel y el Mundo Venidero. Antes de venir, nos advirtieron que la aliá podía ser difícil. Casi todas las personas que conocemos nos dijeron que integrarnos sería un desafío y nosotros, por supuesto, conocíamos muchas familias que se habían vuelto después de una aliá infructuosa. Fue un poco sospechoso cuando el rabino de nuestra sinagoga nos bendijo para que nuestra integración no fuese "demasiado" difícil. Sin embargo, no fuimos disuadidos. ¿Qué tan difícil podía ser?

Es cierto, sólo hemos estado aquí ocho semanas, pero la sensación de desencajamiento y desorientación es profunda. Por supuesto, no estoy comparando la dificultad para asentarse que tuvo la generación de 1948 con la que tenemos nosotros. Nosotros vinimos en un avión y nos han ayudado generosamente en términos económicos. Nos mudamos de inmediato a un departamento e incluso trasladé mi trabajo conmigo. Pero hay una razón por la que los Sabios dijeron lo que dijeron. Los desafíos de Israel no son sólo físicos, sino también mentales. Y no son sólo mentales, sino también filosóficos.

El otro día tomamos el tren desde Beit Shémesh, donde vivimos, hacia Jerusalem. Es un viaje impactante. Las vías se meten en un valle verde coronado por cimas rocosas. Un turbulento río fluye en la base del valle y los ciclistas usan un camino de acceso de grava como camino alternativo para realizar sus incursiones. La línea misma es parte del ferrocarril Jerusalem-Yafo, completado en 1892 y considerado el primer ferrocarril moderno en Medio Oriente. En otras palabras, el viaje no sólo es imponente, sino que también se las arregla para evidenciar el orgullo por los logros sionistas del siglo pasado.

Pero con eso y todo, algo sigue faltando. Por más que quiera conectarme con la tierra, no tengo recuerdos de mi infancia con esas montañas. No tuve excursiones al zoológico de Jerusalem desde Beit Shémesh, tampoco historias de abuelos que anduvieron en los primeros viajes a Yafo. Sí, tengo memorias de Jerusalem (estudié y viví allí por dos años y medio), pero el resto del país se siente un poco extraño, como si estuviera transitando un capítulo del Altneuland de Herzl.

Hace muchos años, cuando estaba viviendo en mi ciudad natal, conocí a un jasídico de Gur en una comida de Shabat. En el curso de la conversación, él reveló que era un converso. El hombre que estaba sentado a mi lado con largas peot, una bata de Shabat y un shtraimel era un converso. Y luego me dijo algo que nunca olvidaré. Dijo que por mucho que hubiera transformado su vida, por mucho que rezara tres veces al día, que hubiese adoptado costumbres judías y que se hubiese casado con una mujer judía, por más que una persona en la calle nunca pensaría que él era otra cosa sino un miembro de una secta religiosa judía, él seguía siendo el hijo de un granjero de provincia. Y cuando volvía a aquella granja – allí era donde se sentía en casa. Lo sentía en sus entrañas, decía él. Esa era su tierra, de allí era él.

Después de estar aquí durante ocho semanas, ahora entiendo mejor por qué el pueblo judío estuvo forzado a vagar por el desierto durante 40 años. Dios sabía que los adultos que dejaron Egipto nunca sentirían completamente que Éretz Israel era su hogar. Pero sus niños, esa era otra historia.

Descubrimos que nada te prepara adecuadamente para la klitá, la integración. Una cosa es estar aquí siendo estudiante o turista, y otra muy diferente es vivir aquí. Una cosa es tener un boleto de avión para volver a casa, otra es poner los pies en la tierra y decir: "aquí es donde viviremos por el resto de nuestras vidas".

Antes de irnos, nuestras familias nos brindaron una fiesta de despedida. Cuando estaba terminando, ofrecí unas cuantas palabras para mitigar un poco la infelicidad que nuestra partida había creado. Les dije que, si bien entendía que los estábamos entristeciendo, también esperaba que estuvieran orgullosos.

Me faltó decir que yo sentía como si hubiera estado completando un círculo. En 1949, mis abuelos tuvieron boletos para Éretz Israel en sus manos. Una carta cambió eso. Nuestros rabinos nos enseñan que, paradójicamente, Dios controla nuestras vidas al mismo tiempo que nos permite hacer uso del libre albedrío. Nuestro libre albedrío, nos hizo tomar una decisión que mis abuelos no tomaron. Sólo el tiempo demostrará si fue la decisión correcta.

Este ensayo apareció originalmente en The Jerusalem Post.