Cuando me comprometí con Guy, el coronavirus era la cosa que estaba más lejos de mi mente. Una epidemia en China… Lamentable, por supuesto, pero no algo que pudiera afectarme de forma personal.

Dos meses y medio más tarde, comencé a entender mi gran error cuando mi abuela llamó a mi madre para decirle que su vuelo a Israel había sido cancelado. Una llamada siguió a la otra, y en menos de una hora entendí que nadie fuera de mi familia inmediata podría llegar a mi boda.

No sé cuáles llamadas fueron más difíciles, si las de los miembros de la familia que lloraban y yo tenía que consolarlos o las de los que me consolaban a mí. La llamada que más fuerza me dio fue la de mi abuela desde Florida, que es una sobreviviente del Holocausto: “Todo lo que pasa es para bien, no tiene sentido llorar”, me dijo con un tono alegre. “¡Consigue alguien que se conecte con FaceTime y yo me voy a vestir para participar en tu boda!”.

Unos pocos días más tarde el gobierno israelí limitó todos los eventos a 100 personas, incluyendo el personal de servicio. Eso nos dejaba con 40-45 invitados de cada lado.

Rápidamente hicimos una lista de las personas más cercanas y comenzamos a enviar de forma masiva WhatsApp y hacer llamadas telefónicas para informar a la gente que, desafortunadamente, no podrían asistir a nuestra boda.

De alguna manera logramos mantener bajo control un evento más pequeño. La semana previa a la boda todo parecía marchar sobre ruedas. Finalmente comenzábamos a respirar normalmente cuando nos enteramos que después de Shabat, dos días antes de la boda, dictarían nuevas leyes.

A las 9 de la noche toda la familia se reunió ansiosa alrededor del televisor para escuchar a Bibi. Él habló sobre la importancia de la higiene, de lavarse las manos, y entonces dejó caer la bomba: a las bodas no podían asistir más de diez personas.

No podía creerlo. Nadie podía. Dos días antes de la boda todo se derrumbaba.

Pero mis padres de inmediato entraron en acción.

—¡No te preocupes! —Me consoló mi madre con una sonrisa— ¿Sabes dónde te vas a casar?

—¡Aquí mismo, en esta casa! —agregó mi padre.

Los miré a ambos.

—Pero… Yo quería casarme en Jerusalem —fue lo único que atiné a decir.

—No podemos hacer nada al respecto —dijo mi padre con delicadeza— No puede ser en Jerusalem, pero será aquí y será una boda maravillosa.

—¡Nosotros vamos a ayudar! ¡Les haremos la boda más maravillosa de la historia! —intervinieron mis hermanos menores.

El domingo a la mañana todos se levantaron temprano y comenzaron a trabajar, construyendo una jupá en nuestro patio usando el esqueleto de una sucá y cortinas, cocinando, acomodando las mesas y decorando la casa. Tendríamos en total 20 invitados, no más de 10 en cada ambiente, de acuerdo con la ley. Antes que pudiera darme cuenta, mi familia obró maravillas con velas y flores. La casa se veía más hermosa que todos los salones de fiesta que yo conocía.

El lunes a la mañana comenzamos a prepararnos como para cualquier boda. Peinados, maquillaje, todo marchaba sobre ruedas. Mientras me preparaba podía escuchar a mi padre en el patio, siguiendo las órdenes de la esposa de su amigo que tiene una florería. Parado en puntas de pie, él enhebraba cuidadosamente las flores en el marco de la jupá mientras ella lo dirigía: “Un poco más arriba… a la derecha… más largo… ¡ahí! No lo muevas, ahora tienes que atarlo… ¡Perfecto!”

Mi madre estaba terminando de acomodar todo con ayuda de mis hermanos (el improvisado equipo del catering) y de mi amiga Shani, que era una verdadera dama de honor en una boda surrealista.

Alrededor de las cuatro de la tarde llamaron a la puerta. Yo estaba terminando mi maquillaje, haciendo turnos con mi madre que continuamente tenía que revisar la comida en el horno. Alguno de los niños va a abrir la puerta, pensé.

Me sorprendió oír una voz parecida a la de una de mis amigas. Un grupo de mis amigas entró a la casa con globos, gritando “¡Mazal tov!”.

Salté de la silla con un grito y corrí a abrazarlas. Ellas habían decidido venir para estar conmigo antes de la boda. Algunas estaban vestidas de fiesta, otras no, pero para mí eran el grupo de personas más bello del mundo.

“No llores, no llores, vas a arruinar tu maquillaje”, me dijeron riendo, pero era pedir demasiado. No podía creer que todas estuvieran allí, en ese loco día de mi boda.

En ese momento llegó el fotógrafo y me sacó algunas fotografías con mis amigas. Luego fue el momento de las fotos familiares, en nuestro patio que había sido transformado en un maravilloso salón de fiestas. Mientras sacábamos las fotos, noté que la maquilladora sacaba la comida del horno.

—Mami, por favor págale a la maquilladora para que se pueda ir —le susurré a mi madre.

—Le pagué hace tres horas —me respondió con una sonrisa—, pero no quiere irse. Dice que esta es la boda más maravillosa en la que tuvo oportunidad de participar y que está tan emocionada por la atmósfera y toda la ayuda de amigos y vecinos, que también quiere ayudar y ser parte.

Así fue que mi maquilladora se convirtió en el catering.

Fue la jupá más bella del mundo, pequeña, íntima, sólo con la familia más cercana, la gente que más nos ama. Mientras el rabino hablaba observé a mi alrededor, a la jupá construida por mi padre y nuestros amigos, el jardín decorado por mis hermanos, las mesas y la comida que preparó mi madre, y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Ese día hubo muchas lágrimas, de alegría cuando llegaron mis amigas, de tristeza cuando hablé con mi familia en el exterior por FaceTime. Pero las lágrimas que derramé debajo de la jupá fueron las más potentes de todas. Eran lágrimas de gratitud, de amor, de asombro.

Mi boda no se pareció en nada a lo que había imaginado. Pero fue especial, bella y única. El coronavirus no arruinó mi boda, sino que nos dio a mí y a mi esposo una oportunidad histórica por la que realmente estamos agradecidos.