El verano pasado, a los 20 años, viví en un suburbio en las afueras de Tel Aviv en una calle llamada Ana Frank.

Lo que pasa con el verano, con la juventud y con la vida en general, es que uno pasa flotando a través de estas cosas.

Tu conciencia no se deja sorprender por puntos de referencia comunes o eventos ordinarios. Tu mente y tu energía están esperando notar nuevos fenómenos. Si estuvieras analizando constantemente los árboles y las flores, entonces no oirías el tigre en silencio arrastrándose detrás de ti.

Y así pasé mi verano en la calle Ana Frank. La dirección salía de mi boca en los momentos más mundanos: en mis conversaciones con los taxistas, cuando le pedía a la cajera que enviara mis víveres a casa, cuando la grabación automatizada del autobús anunciaba mi parada y yo repetía después de ella ‘Rejov Ana Frank’ sólo para saborear cómo se sentían las palabras hebreas en mi boca.

Yo me acostaba cada noche en el departamento de la calle Ana Frank, hervía agua para el café en el departamento de la calle Ana Frank, oía el tráfico desde la ventana del departamento de la calle Ana Frank. Reí, lloré, estornudé y viví cien mil momentos ordinarios en aquel departamento del segundo piso, en esa calle residencial llamada Ana Frank en el Estado de Israel.

Y entonces, de vez en cuando, sucedían algunas cosas que me sacaban del modo de piloto automático en el que estaba viviendo. De repente me di cuenta que estaba viviendo en la selva, que el tigre se arrastraba detrás de mí y que el sabor de la sangre ya estaba en su boca.

Corría y me agachaba cada vez que los terroristas palestinos lanzaban un cohete desde Gaza, en el refugio antibomba improvisado en la escalera del departamento de la calle Ana Frank.

Escuchaba, desde mi departamento de la calle Ana Frank, las oraciones recitadas por el bienestar de los tres jóvenes secuestrados.

Recibí la noticia que Eyal, Gilad y Naftali habían sido asesinados, mientras estaba sentado en un sofá con mis compañeros de habitación en el departamento de la calle Ana Frank.

Dime, querido Dios, ¿puedo ser más consciente?

Ana Frank: apasionada, talentosa, hermosa. Asesinada antes de su cumpleaños número 16 por ser judía.

Y casi 70 años después, Eyal, Gilad y Naftali, separados de Ana Frank por tiempo y espacio, asesinados porque eran judíos.

Oh, Dios mío, ¿cómo puedo no estar al tanto? Ser consciente de la suerte del judío es saber que el tigre nunca duerme; nunca deja de acechar. Tan cierto como que el sol sale cada mañana, así también el judío será cazado. Y así floto. Floto.

Y luego, cuando tomo consciencia, me acuerdo de lo que soy.

Tengo 20 años de edad, cuatro años más de lo que Ana Frank vivió, y pasé mi verano en una calle que lleva su mismo nombre en un estado judío soberano, un estado que no existía en la época de Ana, porque si hubiese existido, seguramente su vida —y la vida de otros seis millones de judíos— se habría salvado. Nuestros enemigos han cambiado de nombre y de rostro, pero su odio es igual de contundente; una vez fueron los Nazis persiguiendo a Ana, hoy son los radicales islámicos persiguiéndome a mí, e incluso antes de eso fueron los españoles y los griegos y los romanos y los persas y los egipcios. Cada nación nos escupió, pisó nuestra espalda, asesinó a nuestros hijos y asesinó nuestros sueños.

Y sin embargo aún estoy vivo. Estoy aquí. El verdadero Rey de la selva no permitirá que el tigre triunfe. A pesar de los temores, la incertidumbre y el cuestionamiento, de eso estoy seguro.

Me siento en el departamento de la calle Ana Frank y reflexiono sobre la vida de Ana, sobre la historia perdida y la historia registrada, sobre el destino de un judío —tanto individual como colectivo—. ¿Las palabras de una niña de 15 años pueden trascender la mortalidad? ¿El rasgueo de la pluma sobre el papel puede hacer eco del latido de un corazón de carne y hueso? Ana tenía una hermana mayor, Margot, que también escribía un diario. Nunca fue encontrado. Con el rasgueo de la pluma de una hermana, las palabras están grabadas en los anales de la eternidad. Pero, ¿qué hay de la otra hermana? Ana escribió en su diario que Margot soñaba con emigrar a Israel y convertirse en una partera. ¿Se cumplió el sueño de Margot?

Margot Frank nunca tuvo la oportunidad de traer a un bebé a este mundo. Murió a los 19 años y fue enterrada en una tumba sin nombre en el campo de concentración de Bergen-Belsen, en las tierras empapadas de sangre de Europa.

Y sin embargo, Dios nos ha traído al mundo a nosotros, el pueblo judío. Cientos de bebés judíos nacen cada día en la patria judía. Y mientras el goteo de nuestras lágrimas fertiliza el suelo donde Eyal, Naftali y Gilad fueron enterrados, hay algo de consuelo en saber que estos chicos están enterrados en Israel, en nuestro propio suelo, y que nosotros —sus hermanos judíos— seguimos viviendo como pueblo libre en nuestra tierra ancestral, en Jerusalem, en Netanya, en Beer Sheva, en Eilat, en Ariel, e incluso en una calle de Bat Yam llamada Ana Frank.

Y así el sueño de Margot vive, y así el pueblo judío vive, y así también estoy consciente.

El papel se quema, la gente fue quemada. Pero cuando el sueño es encendido por una llama eterna, el arbusto nunca se consume.