Jerusalem no tiene valor estratégico. Tampoco tiene importancia comercial o industrial, y no es un centro cultural.

¿Cómo fue que esta antigua ciudad, aparentemente sin importancia, se convirtió en el eje de la discordia entre Israel y los palestinos respecto al futuro de la tierra de Israel? ¿Por qué debe preocuparnos lo que ocurre con Jerusalem?

Tenemos que comenzar por entender la importancia de la memoria. La memoria no es historia ni recuerdos muertos. Por definición, los recuerdos del pasado crean el presente. La represión de los recuerdos crea enfermedades mentales. La salud llega con la recuperación de la memoria. Los dictadores consolidan su poder alterando la memoria. Stalin borró de las fotografías a Trotsky y a Bujarin. Los revisionistas niegan que el Holocausto haya sucedido. ¿Por qué esto es importante?

En hebreo, hombre se dice “zajar”. Memoria se dice “zejer”. El hombre es la memoria. La gente que sufre pérdida de la memoria por una enfermedad o un accidente no sólo olvida dónde puso las llaves. Pierden su mismo ser. Se pierden en el tiempo, están a la deriva, porque sin memoria el momento actual no tiene contexto ni significado.

La primera vez que los judíos fueron exilados de Jerusalem, el Rey David dijo: “Si te olvidara Jerusalem, que mi mano derecha pierda su fuerza. Que mi lengua se pegue a mi paladar si dejo de recordarte, si dejo de elevar a Jerusalem por sobre mi mayor alegría”. El recuerdo de Jerusalem de alguna manera está ligado a nuestro vigor actual como pueblo. ¿Pero de qué manera? ¿Cuál es el recuerdo de Jerusalem y qué es lo que él contribuye a lo que somos?

El recuerdo de Jerusalem de alguna manera está ligado a nuestro vigor actual como pueblo.

Londres viene de una palabra céltica que significa “un pueblo salvaje y de madera”. El Cairo es la versión española del nombre árabe de Marte, el dios romano de la guerra. París recibió su nombre por el París del mito griego, a quien los dioses le dieron a elegir entre amor, sabiduría y poder. Él eligió el amor, el amor de Elena de Troya.

El Talmud dice que Jerusalem recibió su nombre de Dios. El nombre tiene dos partes: Irá, que significa “ver” y shalem, que significa “paz”.

Jerusalem es el lugar donde Abraham fue a sacrificar a Itzjak, y Abraham dijo de Jerusalem: “Este es el lugar donde se ve a Dios”.

En cualquier otro lado, Dios es una teoría, pero en Jerusalem se ve a Dios, se lo siente, es una presencia tangible. En Jerusalem vamos más allá de la fragilidad y de la vulnerabilidad de nuestras vidas; sentimos y deseamos la trascendencia. En cualquier otro lugar buscamos a tientas el entendimiento. En Jerusalem anticipamos la claridad. París puede ser para los amantes, pero Jerusalem es para los visionarios.

En Jerusalem se ve a Dios, se lo siente, es una presencia tangible.

Jerusalem es una metáfora de un mundo perfeccionado, y nos da una perspectiva sobre nuestras vidas. Cuando Aldous Huxley dijo: “Cada uno tiene su Jerusalem”, se refirió a mucho más que a una ciudad temporal con taxis y embotellamientos de tránsito. Él aludió a una visión de lo que puede ser la vida.

Nos rendimos a la visión de la promesa de la vida porque nos da fuerzas para vivir. Durante los dos mil años de exilio, los judíos dijeron: “El próximo año en Jerusalem”, y en medio de la pobreza y la opresión preservaron el sueño de un mundo en el cual el hombre va a vivir por el amor y la justicia y no por el poder y los intereses personales.

Una parte del nombre de Jerusalem significa “visión”. La otra parte del nombre significa paz, pero la paz de Jerusalem no es la ausencia de conflicto. Jerusalem prácticamente no conoció otra cosa más que conflicto. La paz de Jerusalem es la paz en el centro de los rayos de una rueda, donde las fuerzas opuestas pueden estar delicadamente equilibradas y reconciliadas.

El Talmud dice que la creación comenzó en Jerusalem, y desde allí el mundo se expandió. Los mapas medievales muestran a Jerusalem en el epicentro de Asia, Europa y África. El mundo fluye desde ese sitio, y allí resuenan todas las fuerzas vitales. Desde este lugar, todo el mundo adquiere perspectiva.

Jerusalem, el centro que da perspectiva al resto del mundo. Jerusalem, donde se ve a Dios. Jerusalem, el mundo perfeccionado. La humanidad hace mucho ha entendido que quien controla a Jerusalem controla la memoria del mundo. Controla la forma en que se ve a Dios. Controla la manera en que las fuerzas vitales son puestas en perspectiva. Controla cómo vemos colectivamente nuestro futuro.

En una época, el Monte del Templo era el punto más alto de la ciudad de Jerusalem, pero en el año 135 los esclavos romanos sacaron la tierra de la montaña y la convirtieron en el valle que ahora nosotros observamos hacia abajo desde la Ciudad Vieja. Los romanos expulsaron a los judíos de Jerusalem y les impidieron volver a entrar bajo pena de muerte. Ellos proclamaron que la vida judía había terminado.

Los cruzados reescribieron la importancia de Jerusalem, ya no más el centro del drama nacional judío, sino el sitio de la pasión y muerte de Jesús. Al igual que los romanos, ellos expulsaron a los judíos y destruyeron las sinagogas.

Después llegaron los musulmanes, y al igual que sus predecesores volvieron a escribir la memoria de Jerusalem, expulsando a los judíos y a los cristianos. Sistemáticamente construyeron mezquitas en casa sitio sagrado judío. Borraron todo el pasado.

Al reescribir la historia de Jerusalem, cada una de estas culturas volvió a escribir nuestro lugar, el lugar judío, en la historia. Ellos creyeron consignarnos al basurero de la historia: una vez un gran pueblo, ahora abandonados por Dios. Superados por el tiempo.

En Jerusalem, cada cultura volvió a escribir el lugar judío en la historia.

Pero los judíos preservaron a Jerusalem como un recuerdo. Cuando construimos nuestras casas dejamos un cuadrado sin revocar y rompemos una copa en las bodas en recuerdo de Jerusalem. Desde todos los rincones del mundo nos damos vuelta y rezamos en dirección a Jerusalem, y debido a que ese recuerdo se mantuvo vivo, el pueblo judío vive.

Cuando Jerusalem fue liberada, el tiempo se confundió. El pasado se volvió presente. Lo que tanto ansiábamos se volvió nuestro. Lo que habíamos soñado se volvió real, y los soldados lloraron porque un país adolescente del Mediterráneo de repente recuperó la memoria perdida durante 2.000 años. El pasado instantáneamente fue el presente, increíble y trascendentalmente, transformando lo que sabíamos que éramos.

¿Quiénes somos? No somos itinerantes despreciados y pobres, que sobreviven gracias a la buena voluntad de otras naciones, No somos una nación de campesinos que recuperan pantanos, ni guerreros… aunque cuando es necesario somos todas estas cosas.

Somos una nación de sacerdotes y profetas, una luz para la humanidad. Nosotros le enseñamos al mundo “a transformar sus espadas en arados”, “a amar al prójimo como a ti mismo”, la igualdad ante la justicia, y que la admiración no pertenece a los ricos y poderosos sino al bueno, al sabio, al bondadoso. Hitler dijo: “Los judíos infligieron dos heridas a la humanidad: la circuncisión en el cuerpo y la consciencia en el alma”. ¡Cuánta razón tenía y cuánto más tenemos que hacer! ¡Qué trágico es cuando nos fallamos a nosotros mismos!

De por sí dividido por el lenguaje, la geografía e incluso por la religión, nuestro pueblo sólo está unido por los hilos de la memoria y de la esperanza. Estos hilos son sumamente frágiles. Si se cortan nos fragmentaremos, y el Talmud dice que el largo y amargo exilio de nuestro pueblo (que todavía no ha culminado por completo), es consecuencia de las disensiones que nos dividen.

A esta amenaza, Jerusalem provee un contrapunto, porque Jerusalem personifica nuestros recuerdos y esperanzas. Jerusalem es una memoria viva, una visión de Dios en nuestras vidas, una imagen de un mundo perfeccionado. Jerusalem nos da la fuerza para lograr lo que debemos hacer como pueblo, para unirnos y santificar este mundo.

Por eso Jerusalem es importante.