En cada generación todo individuo está obligado a verse a sí mismo como si hubiera salido de Egipto personalmente” — la Hagadá de Pesaj.

En los Sedarim de Pesaj de cada año, recitamos las instrucciones atemporales de la Hagadá de vernos a nosotros mismos como si hubiésemos vivido en persona los eventos del Éxodo. El Seder mismo está diseñado para ayudarnos a visualizar nuestra participación en la historia. Sumergimos perejil en agua salada para recordar las lágrimas que derramamos en Egipto, y comemos rábano picante y amargo en un intento por reproducir un poco de la miseria que vivimos como esclavos.

¿Pero qué tan lejos nos pueden llevar el agua salada y el rábano picante? Durante la mayoría de mi vida, cuando me imaginaba el antiguo Egipto, pensaba en la película épica Los Diez Mandamientos. Las ambientaciones eran opulentas, y amaba las espléndidas batas y los peinados de Anne Baxter cuando representaba a Nefertiti, la reina de Egipto.

Después de ver antiguos artefactos de Egipto, no creo que alguna vez pensaré en el antiguo Egipto de la misma manera.

Años después, cuando vi la exhibición ambulante del Rey Tut, mis prejuicios sobre el antiguo Egipto se confirmaron. La artesanía de los artefactos era impresionante. Sabía que el antiguo Egipto no era bueno para mis ancestros, pero era difícil imaginarlo como algo realmente no placentero. Al contrario, parecía fascinante, avanzado y hermoso.

Eso cambió recientemente, después de que mi familia y yo pasamos una tarde reveladora viendo artefactos del antiguo Egipto en el Field Museum of Natural History de Chicago. No creo que alguna vez pensaré en el antiguo Egipto de la misma manera.

Y los egipcios esclavizaron a los hijos de Israel con labor quebrantadora. E hicieron sus vidas amargas con trabajo duro, con barro y con ladrillos” – Éxodo 1:13.

El primer artefacto que contemplamos fue una magnífica tumba, transportada desde Egipto. Pudimos ver las provisiones que habían sido empacadas para los ricos ocupantes de la tumba: comidas, dinero, cosméticos… e imágenes de los cientos de esclavos que habían sido masacrados, para que sus almas pudieran acompañar a la de su amo en su viaje a la otra vida. Cada vez que un hombre de la nobleza moría, su grupo de esclavos era asesinado en masa.

Mientras miraba con atención las caras pintadas en esas paredes hace miles de años, traté de imaginar que eran el hijo o la hija de alguien, el padre o la madre de alguien. Las lágrimas comenzaron a brotar en mis ojos.

Lo siguiente que vimos en la exhibición era un fascinante surtido de ítems de uso diario: ollas para comida, balanzas y pesas para medir transacciones. Y luego aprendimos sobre los horrendos castigos impuestos a los comerciantes y a los esclavos que eran considerados culpables de dar menos de lo debido a sus amos: torturas horripilantes, mutilaciones, castigos públicos como golpes, ser atravesados con estacas, arrancar los ojos… la lista seguía. Las clases altas estaban protegidas, pero la gente de clase baja el en antiguo Egipto era considerara objeto de burla para los tratamientos más terribles que se puedan imaginar.

Mi familia y yo estábamos comenzando a sentirnos un poco incómodos, pero continuamos con nuestra visita. Vimos ejemplos de vestimenta del antiguo Egipto. Mientras que los más prósperos utilizaban largas batas blancas ondeadas, la ropa se encogía a medida que descendíamos en la escala social. Los trabajadores de clase baja y los esclavos andaban completamente desnudos, luchando con el caliente sol de Egipto, al igual que con las serpientes y los escorpiones.

Finalmente, vimos imágenes de luchas públicas: siempre había asociado las muestras de gladiadores con la antigua Roma, pero cientos de años antes, en el antiguo Egipto, los esclavos eran forzados a luchar contra bestias salvajes como leones, en lo que aparentemente era un espectáculo muy popular.

Mientras salía del Field Museum, completamente sacudida por las horripilantes imágenes que habíamos visto, me pregunté: ¿Cómo puedo yo, que vivo en una cómoda situación en el siglo 21, imaginar lo que era ser un esclavo, lo más bajo de lo bajo, en una sociedad cruel y sádica como el antiguo Egipto? Preocupada en todo momento de que mi trabajo no sería considerado suficiente, y de que en cualquier momento yo o aquellos a quienes amo podrían ser torturados, golpeados o asesinados sólo porque sí?

Y pasó en esos días que Moshé creció y salió a sus hermanos, y vio sus cargas, y vio a un hombre egipcio golpeando a un hombre hebreo. Miró hacia uno y otro lado, y vio que no había hombre, y mató al egipcio y lo enterró en la arena” – Éxodo 2:11-12.

La Torá nos brinda un ejemplo extraordinario sobre cómo podemos superar la distancia entre nosotros y nuestros antiguos antepasados que estaban esclavizados en Egipto: Moisés.

Todos conocemos la historia: Buscando destruir al pueblo judío definitivamente, el Faraón decretó que todos los niños judíos fueran ahogados cuando nacieran. Sin embargo, la Torá explica que las parteras judías desafiaron a Paró, y secretamente salvaban y escondían a los bebés judíos. Una de estas parteras, Yoheved, ayudó en el parto de un niño durante este terrible período. Mantuvo su nacimiento en secreto, lo puso en una canasta de cañas, y lo puso a flotar en el Nilo en lugar de dejar que fuera asesinado por los soldados egipcios. La hija del Faraón, Batia, encontró la canasta, rescató al bebé que había en su interior, lo llamó Moisés, y lo educó como si fuera su propio hijo.

Así, Moisés creció en los confines del palacio, disfrutando de todas las comodidades y la opulencia de la vida en la casta más alta de la sociedad egipcia (¡Piensa en esos tesoros del Rey Tut!).

Y sin embargo, la Torá enseña que Yoheved fue contratada para amamantar al bebé Moisés por casualidad. Durante sus primeros años, la propia madre de Moisés pudo enseñarle, murmurándole al oído la verdad de que era judío.

El mensaje forjó profundamente a Moisés. Años después, cuando este robusto joven, el nieto adoptado del Faraón, miró a los humildes esclavos hebreos, no los vio como sabandijas, sino como sus “hermanos”.

¿Cómo podemos hoy en día alcanzar el mismo nivel de identificación con nuestros ancestros judíos en la esclavitud?

Tanta pobreza –física y espiritual— aflige a nuestra comunidad hoy en día.

Tanta pobreza aflige a nuestra comunidad hoy en día. ¿Cuántos de nosotros podemos verdaderamente decir que tenemos en cuenta el ejemplo de Moisés y decimos “hermano” y “hermana”? En la ciudad en que vivo el 20% de los judíos son pobres, al igual que el impactante 24% de los israelíes hoy en día. Muchos voluntarios toman pasos para abordar esta horrenda necesidad en nuestras comunidades, sus ejemplos pueden inspirarnos.

Espiritualmente, nuestra comunidad hoy en día está aún más hambrienta. Los judíos de hoy están sedientos por una conexión con Dios y con nuestro legado judío, pero el camino a esas riquezas nos elude muy a menudo. ¿Cuántos de nosotros tenemos el nivel de conocimiento judío que quisiéramos? Sin embargo, aquí también, encontramos rabinos y educadores inspiradores que trabajan para propagar el conocimiento judío.

Este Pesaj, en medio de todos los cantos, las visitas y la comida, recordaré las crueldades y la degradación que significó la esclavitud para nuestros ancestros. Recordaré cómo Moisés pudo mirar a un compañero judío, un esclavo, y decir “mi hermano”.

Y recordaré que cada uno de esos judíos se mantuvo fiel a su fe judía, para que yo también pudiera algún día sentarme alrededor de una mesa de opulencia y traer a la memoria esos días de esclavitud en Egipto.